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En Tokio. El testimonio sobre Japón de un diplomático mexicano en un chirimen-bon del siglo XIX


En Tokio. The Account of a Mexican Diplomat on Japan in a 19th Century Chirimen-bon

Roberto Aceves Ávila*

* El Colegio de Jalisco, Jalisco, México, racevesa@hotmail.com



Resumen

Artículo que presenta un texto prácticamente inédito de literatura de viaje, En Tokio, escrito en 1899 por el mexicano Ramón G. Pacheco -tercer secretario de la representación mexicana en Japón de 1899 a 1901, además de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México en ese país de 1907 a 1913-, y contiene sus impresiones personales sobre el Japón de finales del siglo XIX. Este texto tiene doble interés: refleja las percepciones de un diplomático que años después de haber escrito el libro habría de convertirse en elemento clave de las negociaciones comerciales ante Japón, como embajador plenipotenciario de nuestro país; por otro lado, la obra de Pacheco es una rareza bibliográfica impresa en Japón en un tipo de papel crepé y con una encuadernación tradicional que lo hace quizá uno de los primeros textos de su tipo impreso por un mexicano en Japón.



Abstract

This paper presents a practically unknown travel literature text, En Tokio, written in 1899 by Mexican diplomat Ramón G. Pacheco, third secretary of the Mexican Embassy in Japan from 1899-1901, and special envoy and ambassador from 1907 to 1913. His work contains personal impressions of Japan in the late 19th century. It has a double relevance: it reflects the perceptions of a diplomat that, years after writing this book, as ambassador, became a key element in Mexican and Japanese commercial negotiations, and it is also a bibliographical rarity, printed in Japan on crepe paper and with a traditional Japanese binding that makes it one of the first books of its kind printed by a Mexican in Japan.

Recepción: 26.11.19 / Aceptación: 21.04.20

bg01.Sep.20; 3(2)

Palabras clave: Ramón G. Pacheco, chirimen-bon, Japón, orientalismo, literatura de viaje.
Keywords: Ramón G. Pacheco, chirimen-bon, Japan, orientalism, travel literature.

Introducción

En el estudio de la cultura escrita, la llamada “literatura de viaje” es un elemento prominente, ya sea que esté inspirada por el placer, el peregrinaje, la migración, el desempeño oficial de labores, la exploración geográfica, la ganancia económica o cualquier otro motivo. Estas narrativas de viaje en general no pretenden ser científicas, por lo que combinan diversas disciplinas y categorías literarias, mezclando incluso elementos etnográficos y autobiográficos con literatura y ficción. No obstante, también cumplen con la función más pragmática de sacar a la luz temas referentes a la identidad, las representaciones culturales y las relaciones de poder entre ellas, y en última instancia ayudan a conformar un imaginario que influye, en buena medida, en los intercambios culturales, políticos y socioeconómicos entre sociedades.

Este artículo presenta y analiza un texto prácticamente inédito de literatura de viaje con las impresiones personales sobre el Japón de finales del siglo XIX, titulado En Tokio y escrito por Ramón G. Pacheco, quien se desempeñó como tercer secretario de la representación mexicana en Japón de 1899 a 1901, fue su primer secretario en 1901, y enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de México ante Japón de 1907 a 1913. El texto de Pacheco es interesante pues -a pesar de haber sido escrito desde un punto de vista personal- refleja las observaciones de un diplomático en funciones que años más tarde habría de convertirse en el embajador plenipotenciario de nuestro país ante la corte japonesa. Por otra parte, la originalidad del texto de Pacheco también reside en que fue impreso en Japón en un tipo de papel crepé y con una encuadernación tradicional que lo hacen quizá uno de los primeros textos de su tipo (chirimen-bon) impreso por un mexicano en Japón.

La literatura de viaje y su tradición como llenado de espacios en el imaginario

Desde finales del siglo XIV hasta los inicios del XIX, el mundo occidental ensanchó su conocimiento de los confines del orbe, a través de la realización de grandes empresas de exploración y descubrimiento. En este largo periplo las fronteras del mundo se expanden y definen poco a poco, aún cuando en el interior de sus cartografías y descripciones comienzan a aparecer, al mismo tiempo, zonas inexploradas cuyos contenidos es necesario llenar con nuevas exploraciones o incluso con la imaginación, por medio de la literatura de viaje y posteriormente mediante la descripción etnográfica. Tim Youngs1 define bien este proceso llamándolo el “llenado de espacios en blanco”. Youngs cita el testimonio del periodista y explorador Henry Morton Stanley, quien en su libro de 1878 Through the Dark Continent narra las peripecias de su exploración del África central:

Ahora mira aquí, la última carta con que los europeos han dibujado esta región. Es un espacio vacío, perfectamente en blanco… Te aseguro, Frank que este enorme vacío está a punto de ser llenado. Vacío como está, tiene una singular fascinación para mí. Nunca el papel en blanco ha poseído tanto encanto para mí como el que éste tiene, y mentalmente ya lo he poblado, llenándolo con las más fabulosas imágenes de pueblos, villas, países y tribus -todo en la imaginación-, y ardo en deseos de ver si estoy en lo correcto o no.2

Este pasaje ilustra muy bien algunas de las principales características de la literatura de viaje escrita en el siglo XIX. En primer lugar, destaca el hecho de que a finales de ese siglo grandes extensiones del mundo permanecían sin ser descritas o cartografiadas con precisión, y era, por tanto, necesario llenarlas.

En segundo lugar, muestra que la aparente motivación que tenían los viajeros era la de proporcionar la información correspondiente a dichos espacios en blanco aunque, como veremos, dicha motivación no era (ni es) neutral ni desinteresada, o motivada por un simple deseo de conocimiento. En un trabajo ya clásico sobre este tema, Mary Louise Pratt ha señalado que las convenciones y estrategias de escritura del género de viajes reflejan la visión que de una cultura tiene otra dominante, a través de sus “ojos imperiales”. Pratt nos dice que:

Los libros de viajes […] le dieron al público europeo una sensación de posesión, dominio y familiaridad con respecto a las distantes partes del mundo que estaban siendo exploradas, invadidas, utilizadas como objeto de inversión y colonizadas. Los libros de viajes fueron muy populares. Crearon un sentimiento de curiosidad, excitación, aventura e incluso de fervor moral, acerca del expansionismo europeo. Fueron […] uno de los instrumentos clave que hicieron que los europeos se sintieran parte de un proyecto a nivel planetario; en otras palabras fueron un instrumento clave para crear al “sujeto doméstico” del Imperio.3

Estas formas de expresión las adoptaron, mediante un proceso de transculturación, muchos pueblos que anteriormente fueron colonizados, y sirvieron a su vez para describir las distintas culturas con las que entraban en contacto, a medida que se fortalecían los nuevos estados nacionales y se generaban los elementos de nuevas culturas nacionales. Este discurso se plasmó en modas literarias como la del discurso orientalista y sus variantes, de las cuales se hablará más adelante.

En tercer lugar, destaca el hecho de que la descripción que se hace de un lugar es un producto cultural que se origina en el viajero y no necesariamente desde el objeto descrito, como se desprende de la importancia que tiene la imaginación para llevar a cabo este proceso. Edward Said ha señalado cómo la manera en que nos imaginamos los lugares no es una cuestión individual o privada, sino que depende de las representaciones culturalmente construidas con los elementos de la civilización a la cual pertenecemos. Así, la descripción se convierte en un proceso de traducción de la cultura ajena, a partir del bagaje cultural propio. En el caso del Oriente, Said señala la manera en que:

William Beckford, Byron, Goethe y Victor Hugo reestructuraron Oriente por medio de su arte y lograron que sus colores, sus luces y sus gentes fueran visibles a través de las imágenes, los ritmos y los motivos que ellos utilizaron para describirlos. El Oriente “real”, a lo sumo, provocaba la visión de un escritor, pero raramente la guiaba. El orientalismo respondió más a la cultura que lo produjo que a su supuesto objetivo, que también estaba producido por Occidente.4

La literatura de viaje es un concepto muy amplio que abarca diversos géneros literarios e incluso científicos y que, como hemos dicho, busca llenar espacios en blanco del imaginario social con respecto a un lugar físico y sus habitantes. En este sentido, la definición ampliada del viaje puede incluir múltiples prácticas culturales y espaciales que implican el desplazamiento del cuerpo o de la mente, y que van más allá del mero traslado por razones de placer o con el afán de satisfacer una curiosidad personal. Por ello, algunos autores prefieren usar el término de “literatura de la movilidad” en vez de literatura de viaje, que tiene connotaciones más periodísticas.5

El género, no importa cómo se le llame, tiene que ver con el descubrimiento, la descripción y explicación de la otredad, usualmente identificada con lo exótico, lo diverso, lo ajeno, que se lleva a cabo en lo que Pratt llama “zonas de contacto”, es decir, espacios sociales de encuentro en donde culturas diferentes se encuentran y chocan entre ellas, por lo general bajo condiciones altamente asimétricas de dominación y subordinación.6 Uno de los puntos más relevantes del encuentro lo constituye la presencia real o imaginaria del viajero en la otredad, lo que le confiere a su testimonio autoridad etnográfica y valor descriptivo.

Debe resaltarse que, si bien la función aparente de este tipo de literatura es contribuir al llenado de la cartografía del imaginario social, lo que a su vez recrea un nuevo mapa cultural del mundo, con sus propias certezas, y nuevos huecos, este llenado de espacios no es inocente ni neutral, pues siempre implica una intencionalidad por parte del viajero. Por ello tradicionalmente a este género se le vincula con el colonialismo.

La literatura de viaje comparte una larga tradición de similitudes y complicidades con la descripción etnográfica, pues en ambas se realiza una combinación de narrativa personal con la descripción de las personas y su entorno físico y cultural, que pretende ser objetiva. Como lo hace notar Pratt, la narrativa personal propia del viajero permite mitigar la angustiosa contradicción entre el involucramiento con la comunidad que exige el trabajo de campo etnográfico, con el distanciamiento que también requiere la misma disciplina, al introducir en el texto la autoridad etnográfica que proporciona la experiencia personal en campo.7 Estas similitudes entre lo científico y lo literario le han dado cierto valor a estos textos, que de otra manera en muchos casos no pasarían de ser considerados meras invenciones o descripciones subjetivas.

Por otra parte, James Clifford ha señalado que el viaje y los contactos que genera son elementos fundamentales de una modernidad en constante transformación.8 Desde que el orbe ensanchó sus confines, la historia ha dejado de verse solamente como una sucesión de hechos que ocurren en un conjunto de sitios estáticos, para considerarse además como un escenario de contactos entre diferentes experiencias humanas que se articulan en el desplazamiento y la movilidad.

Así, la literatura de viaje juega un papel importante en la cultura, al tratar de explicar los procesos de contacto entre las distintas realidades del hombre, e incluso cumple con funciones más pragmáticas, por ejemplo la de servir como instrumento para interpretar una sociedad y una cultura extranjera en función de las necesidades de la cultura receptora. Sobre ello me referiré más adelante al hablar de lo que denomino “orientalismo pragmático”.

En Tokio, el orientalismo periférico y la manía de las odaliscas

La mirada del viajero latinoamericano hacia el extremo oriente (Japón e India principalmente) a lo largo del siglo XIX y principios del XX es tradicionalmente caracterizada como superficial. Es así como Hernán G. H. Taboada habla del orientalismo periférico, y Mauricio Tenorio-Trillo de la “manía de las odaliscas”.9 Taboada define el orientalismo periférico de la siguiente manera:

La dependencia de las fuentes europeas, la falta de originalidad, la posición marginal en el conjunto de la producción cultural, son características que nos remiten a un “orientalismo periférico”, es decir, a uno que toma prestadas sus categorías centrales de las que habían sido difundidas en Europa. A diferencia de Estados Unidos, que muy pronto contó con arabistas o sanscritistas, el arcaísmo del desarrollo moderno en América Latina hizo que estos estudios fueran inexistentes hasta la segunda mitad de nuestro siglo. En las culturas donde la misma imagen americana derivaba de las elaboradas en Europa, debía necesariamente darse una dependencia mayor de los estudios orientalistas: el resultado fue un fárrago reiterativo y superficial, cubierto por la típica verborrea criolla.10

En esencia, el libro En Tokio de Ramón G. Pacheco ­-cuya descripción completa se hace más adelante-11 puede parecer un ejemplo representativo de este orientalismo periférico, pues si bien prescinde en lo esencial de la “típica verborrea criolla”, hace uso de categorías europeas para describir e interpretar la cultura japonesa, a medida que el autor recorre Tokio. El libro consta de cinco secciones, cada una de ellas dedicada a un tema diferente: I) Impresiones sobre la configuración general de la ciudad y movimiento comercial y de personas en la calle de Ginza (pp. 1-15); II) A partir de una visita al parque de Shiba y su templo budista, el autor reflexiona sobre las características e importancia del sintoísmo y budismo en la vida de los japoneses. Posteriormente describe los espectáculos teatrales que se presentan en el parque y finaliza describiendo la visita a un restaurante también dentro del parque, junto con la comida, música y baile de geishas que le toca presenciar (pp. 16-34); III) Pacheco visita el barrio Yoshiwara de Yedo, donde se ejercía la prostitución, y describe tanto su disposición y costumbres como los distintos tipos de prostitutas existentes en Tokio, junto con las condiciones sociales que las llevaron a ejercer ese oficio (pp. 35-42); IV) El autor hace un relato histórico de la llegada del cristianismo a Japón en el siglo XVI, y sobre la situación que enfrentaron los misioneros y mártires hasta la primera mitad del siglo XVII (pp. 43-49); y, por último, V) Pacheco hace un fervoroso panegírico de la modernización y progreso reciente de Japón bajo el Mikado (pp. 50-52).

Las descripciones de la ciudad que hace Pacheco son un interesante testimonio de primera mano acerca de la vida y el entorno urbano de Tokio a fines del siglo XIX, cuando ya se había consolidado el desarrollo del llamado conjunto social de los chōnin (literalmente habitantes de la ciudad), que apoyaron con sus actividades comerciales y servicios el florecimiento de las ciudades-castillo japonesas. Amaury García Rodríguez señala:

Agruparíamos pues bajo el denominador chōnin […] a aquel sector de la población urbana conformado básicamente por comerciantes, artesanos, ex campesinos, productores de servicios, y en mucho menor escala ex samurái, que es generado como consecuencia de la serie de reformas que se llevan a cabo en Japón con motivo del fin del periodo de guerras intestinas, la pacificación y finalmente la implantación del shogunato Tokugawa.12

A pesar de que su texto es breve, a Pacheco -observador minucioso- no se le escapan en él los detalles de las vestimentas, las costumbres de los habitantes y la etiqueta de comportamiento que se observa en las calles, los parques y establecimientos. Y es que no obstante ser un extranjero, Pacheco ya ha conocido de alguna manera Tokio, a través de los relatos de otros viajeros que lo han antecedido, por lo cual procura describir con objetividad lo que observa y comprobar la certeza de lo que otros han visto. Así, comienza su relato señalando que:

Siguiendo las calles de Tokyo, desiertas unas y llenas de gente otras, desde la estación de Shimbashi hasta llegar al primer puente del foso lleno hasta cerca de las dos terceras partes de su altura de un agua cenagosa, que rodea, como las espirales de un gigantesco boa, el área inmensa que ocupan los jardines y el palacio imperial, la capital del imperio japonés presenta muchos y variados aspectos para el extranjero que pisa por primera vez esta ciudad, ansioso de ver de relieve los cuadros fantásticos que su imaginación concibió antes de conocerla, inspirándose en el atractivo que tiene el extremo oriente. Al llegar a Tokyo todo es conocido, y sin embargo, todo también es nuevo.13

Al caminar por la calle de Ginza, Pacheco no sólo muestra su interés en las costumbres y vestidos de los japoneses, sino que también se asombra de las reacciones que él mismo despierta en ellos, al transitar por sus calles.

En esta calle principalmente es en la que el extranjero se ve casi siempre, de día o de noche, seguido por un grupo de curiosos que va aumentando conforme adelanta; se empujan unos a otros impulsados por una inocente curiosidad de ver de cerca al extranjero que, por la diferencia de traje, y otras muchas, atrae su atención. Un policía se acerca reprochando su poca cortesía al grupo que se disuelve luego, para reunirse de nuevo un poco más lejos, aumentado ya, y, como no siempre se encuentra un policía que lo disuelva, hay que resignarse a caminar varias cuadras seguido de esa muchedumbre de hombres, mujeres, jóvenes y niños de ambos sexos, que se comunican sus impresiones respecto al transeúnte perseguido por su curiosidad, a quien consciente o inconscientemente molestan con ella, pero nada más, pues no se toman la más mínima libertad ni le faltan en manera alguna.14

En todos los capítulos, Pacheco manifiesta simpatía por lo que observa, tanto para los habitantes como para sus costumbres, y en todo momento se muestra respetuoso de ellas, incluso al hablar de los misioneros martirizados en Japón. Al explicar estos hechos pone más peso en el “desprecio a la muerte y la sed de martirio tan en boga en aquellos tiempos, a lo que se añadía la actitud resuelta de los convertidos, y la no menos resuelta de las misiones”. El texto de Pacheco comparte muchas simpatías y diferencias con las crónicas de otros viajeros antecesores suyos.15 Ciertamente sus descripciones siguen estando mediadas por la cultura positivista de la época, pero a diferencia de varios de sus predecesores, evita el uso de la descalificación cultural del otro en aras de promover o defender la civilización de Occidente. De hecho, a pesar de su afán de objetividad, no puede disimular su simpatía por los locales. Por ejemplo, al narrar un recorrido por las calles de Tokio a bordo de una rikisha arrastrada por un conductor kurumaya, al describir su esfuerzo casi sobrehumano al tirar del transporte por las empinadas calles de Tokio, ante la falta de caballos para usos más mundanos en Japón, y “sin otra recompensa que una exigua paga a veces altaneramente satisfecha”, Pacheco se permite una observación muy personal: “Se dice que los kurumayas son malignos… ¿no será que se sienten humillados, vejados en el desempeño de ese oficio?”.16 Por otra parte, cuando describe en la sección tercera de su obra la situación de las prostitutas en el barrio de Yoshiwara, enfatiza la descripción de las condiciones sociales y familiares que llevaron a las cortesanas a adoptar dicho oficio, y no entra en los aspectos más escabrosos de su labor, absteniéndose de realizar juicio moral alguno al respecto. Cierra sus observaciones sobre este tema con una recomendación personal, fruto de sus experiencias como paseante y “orientalista periférico” que contempla a la ciudad nipona con ojos occidentales:

La mejor hora para ver el Yoshiwara es en la noche, a eso de las diez, cuando las mujeres ya vestidas, pintadas y peinadas con estricta observancia de las reglas japonesas, salen de los cuartos interiores que ocupan en la casa y vienen a colocarse, alineadas una junto a otras, en una especie de jaulas con rejas de madera que dan a la calle y desde donde el público puede verlas. Allí se sientan durante horas, luciendo sus Kimonos bordados de oro y plata cuyos dibujos representan dragones, ibis, flores; mudas e inmóviles como figuras de cera, enharinado el rostro, el labio inferior de la boca pintado de rojo, fumando a intervalos una larga pipa; esperando pacientes y resignadas a que sus encantos lleguen a llamar la atención de los grupos de hombres que, de tiempo en tiempo llegan a apoyarse contra las rejas de la jaula, para verlas y continuar su paseo de observación.17

Sin embargo, más que orientalismo periférico en la obra de Pacheco nos encontramos ante un caso de lo que podríamos llamar “orientalismo pragmático”. Estas visiones exóticas de Japón en ocasiones esconden un propósito más utilitario, implícito en estas descripciones estereotipadas de las culturas orientales. Mauricio Tenorio-Trillo hace notar que el proceso de modernización de Japón en el siglo XIX constituyó un ejemplo notable para la visión porfirista del progreso, aplicable a México:

Entre 1880 y 1930 Japón se convirtió en un punto de referencia común en los círculos intelectuales, políticos, científicos y artísticos de México. El científico mexicano Francisco Díaz Covarrubias, quien había viajado al Japón en una misión astronómica, reportó a su gobierno que el Japón era un país que había alcanzado en ocho o diez años lo que al “mundo civilizado” le había tomado cuatro siglos para lograrlo. Además, en Japón el poderoso Emperador había cedido voluntariamente poder absolutista a favor de arreglos constitucionales. Japón era un verdadero modelo apropos que el México porfirista podía perseguir.18

El texto de Pacheco se inscribe en esta tradición de trabajos de carácter más pragmático, que aunque aparentemente son obras de un viajero “inocente”, están relacionados con la ciencia, la política y la diplomacia, y comenzaron a escribirse a finales de la década de 1870, cuando Japón empezó a abrir sus fronteras a Occidente y México vio una oportunidad en ello para ampliar sus relaciones diplomáticas con otros países.

Daniel Cosío Villegas señala que a partir de 1867 Benito Juárez expresó los lineamientos de la política exterior mexicana que luego seguirían los gobiernos de Sebastián Lerdo de Tejada, Manuel González y Porfirio Díaz hasta 1888, y “después de la Intervención, México descubrió que la ‘penetración pacífica’ de Estados Unidos era, o amenazaba ser, arrolladora, y pronto, en consecuencia quiso equilibrarla con otras fuerzas o influencias”.19

Si bien en términos cuantitativos las perspectivas de intercambio comercial con Japón no eran muy importantes, la larga tradición de intercambio cultural iniciada desde los siglos XVI y XVII sí era relevante dentro del imaginario mexicano. Recordemos que la memoria del primer santo mexicano Felipe de Jesús está vinculada con su suplicio junto a otros 25 mártires en Nagasaki en 1597, y ya desde 1611 el virrey Luis de Velasco había nombrado una embajada para que fuera a Japón a invitar al sogún a tener relaciones comerciales y a abrazar la fe católica.20

Como parte de este proceso de ampliación de las relaciones diplomáticas, en 1874 el presidente Lerdo de Tejada nombró una Comisión Astronómica Mexicana para que realizase un viaje a Japón, al igual que a otros países europeos, para observar el tránsito del planeta Venus por el disco del Sol. Francisco Díaz Covarrubias, presidente de esta comisión, publicó en 1876 el informe con los resultados científicos de dicho viaje,21 en el cual compartieron sus conocimientos astronómicos con los japoneses, así como sus impresiones sobre la población en general y las posibilidades de mayores intercambios con Japón.22 Este trabajo de Díaz Covarrubias es otro ejemplo de “orientalismo pragmático” que va más allá de un simple reporte de resultados científicos o de la mera descripción de impresiones de un viajero inocente. Como lo señaló Kishiro Ohgaki en sus notas introductorias al texto de Díaz Covarrubias:

El punto más interesante de este libro, tal vez, sería su aportación no solamente a las relaciones científicas con el Japón de la época de Meiji, sino a las diplomáticas que se causaron entre los dos países. Se cree que las impresiones de Francisco Díaz Covarrubias sobre el Japón de Meiji resultaron muy favorables para la iniciación de la emigración japonesa a México y también para el Tratado Nipomexicano (1887), que llegó a ser el primero que Japón, después de terminar el periodo de aislamiento de tres siglos, logró contraer con los países extranjeros a base del principio de igualdad.23

Después de mencionar la apertura de Japón hacia Occidente y las reformas llevadas a cabo en la sociedad, Díaz Covarrubias se muestra entusiasta respecto al futuro del pueblo japonés:

el Gobierno y el pueblo japonés han entrado con entera decisión en la senda de progreso. Admirablemente preparada la nación, por una paz moralizadora que duró tres siglos, para recibir la civilización de Occidente, se la asimila de buena fe, y de todas maneras trata de ponerse a la altura de los pueblos que se la trajeron. Si algunos espíritus fanáticos, obedeciendo a la voz de un patriotismo ardiente pero extraviado, fueron al principio hostiles a las relaciones internacionales, la gran mayoría del pueblo ha secundado las nobles miras de su ilustrado Emperador actual; y hoy puede decirse que el partido reaccionario casi ha dejado de existir, a lo que también puede haber contribuido la experiencia de las ventajas que ha comenzado a hallar el país en su nuevo género de vida.24

Veinte años después, Pacheco da testimonio del cambio y la apertura que señaló Díaz Covarrubias, y que estaban acaeciendo en el Japón de finales del siglo XIX. La parte V de su opúsculo es un panegírico al progreso del pueblo japonés, como puede apreciarse a continuación:

Así como en la conservadora Albión las viejas leyes son sustituidas con otras nuevas, dejando caer aquellas en desuso sin que un decreto expreso las derogue, como sucede con la que condena a muerte a todos los franceses que se encontraren en territorio inglés y que no ha sido derogada, así en el Japón el decreto de Yyemits [sic] expulsando a los misioneros y a todo extranjero con ellos, pesa todavía sobre todo aquel que no es hijo del país, lo cual no impide que hoy al inmigrado se le reciba con verdadera cordialidad y que desde hace veinte años las relaciones internacionales sean cada vez más estrechas gracias al genio del Mikado y a los poderosos esfuerzos del gobierno Imperial, quienes desde su restauración en el año 1871 suprimieron el régimen feudal dividiendo el Japón en Fous y en Kens. Hoy la reconciliación es completa y sincera como lo prueba la ratificación de los tratados suprimiendo las capitulaciones desde el 1º de agosto de este año, y tanto Europa como América, despreciando aquellas añejas prevenciones, podrán seguir contribuyendo a la regeneración completa del antiguo Imperio.
El conjunto de los progresos realizados hasta hoy por los japoneses inspiran respeto y admiración. En muy pocos años han transformado la faz del país. Desde que el soberano legítimo reina en Yedo, convertido en el Tokio de nuestros días, la administración camina ya no en [la] oscuridad como antes sino en plena luz, derramando la instrucción, declarando la independencia de la prensa, encargando a las grandes naciones, sus enemigos antes, de organizar el ejército, la marina y el servicio público. Toda la indemnización de guerra pagada por China se invierte en mejoras y en más reformas y el regalo personal de veinte millones de yens hecho al Mikado, éste, con gran desprendimiento y admirable patriotismo lo ha distribuido generosamente entre sus ministros y las personas que lo rodean, a fin de que ellos lo empleen a su vez en fomentar el progreso y las reformas, de que hay una sed inextinguible en este país que ha dado y está dando pruebas todos los días de tener una facultad de asimilación admirable.25

Pacheco fue un protagonista de primera línea en estos procesos de apertura y acercamiento diplomático con Japón. De acuerdo con la breve reseña biográfica publicada por la Secretaría de Relaciones Exteriores, Ramón G. Pacheco nació el 10 de febrero de 1872 y se desenvolvió en el ambiente diplomático a muy temprana edad, pues entró a trabajar a la misma secretaría a los 14 años, desempeñando a partir de entonces los siguientes cargos:

Meritorio en la Secretaría de Relaciones Exteriores, 6 de marzo de 1886; Escribiente interino en la Sección especial de Reclamaciones México-guatemaltecas, 1º de agosto de 1890; Tercer Secretario en los Estados Unidos de América, 18 de septiembre de 1890; en comisión en la Secretaría de Relaciones Exteriores, 16 de abril de 1891; Traductor suplente de inglés, 1º de marzo de 1893; Tercer Secretario en los Estados Unidos de América, 26 de mayo de 1893; Segundo Secretario en comisión en la Secretaría de Relaciones Exteriores, 20 de noviembre de 1895; Tercer Secretario en el Japón, sin perjuicio de su categoría de Segundo, 30 de enero de 1899; Primer Secretario en el Japón, 5 de noviembre de 1901; Primer Secretario en Roma, 20 de junio de 1903.26

A partir de 1907, Pacheco fue llamado a cubrir las funciones del ministro residente Carlos Américo Lera, nombrado en este puesto el 3 de enero de 1899 y que terminó su misión el 1º de febrero de 1907. Entonces Pacheco volvió a Japón, para ocupar el puesto de enviado extraordinario y ministro plenipotenciario hasta el año 1913.27 Recordemos que en 1910 Pacheco, como responsable de la legación mexicana ante Japón, fue el encargado de plantear y negociar las modificaciones al Tratado de Amistad, Comercio y Navegación con Japón, vigente desde 1888 y del cual México prácticamente no obtenía beneficios. Pacheco, en su nota a la Cancillería mexicana titulada “Modificaciones al antiguo Tratado” del 25 de julio de 1910, hacía notar el gran desconocimiento que todavía existía en México acerca de las condiciones económicas, sociales y políticas que imperaban en Japón, a pesar de existir dicho tratado desde hacía 21 años.28 En este sentido, su opúsculo En Tokio (escrito hacia 1899, cuando fungía como secretario de la embajada mexicana en Japón), puede ser visto como un esfuerzo realizado por el entonces joven y recién llegado diplomático a Japón una década después de la firma del tratado, con el propósito de solventar, en su momento, este desconocimiento del país.

Ramón G. Pacheco y su opúsculo En Tokio

El discurso orientalista de Pacheco contenido en su libro En Tokio29 se ve reforzado por el medio en que está impreso y la forma tradicional de su encuadernación, pues se trata de un ejemplo de chirimen-bon o libro japonés de finales del siglo XIX impreso en papel chirimen (crepé o crespón) con textura similar a la tela y un tamaño de 10 x 15 centímetros.

Su portada (que contiene el título y el nombre del autor) es una xilografía a color que representa al fondo la silueta del monte Fuji, a cuyo pie florecen iris blancos que surgen de un estanque. Es una rareza bibliográfica que no está registrada en ningún catálogo en línea de las bibliotecas de México, Estados Unidos o Japón (Figura 1).


Figura 1. Portada del libro En Tokio, de Ramón G. Pacheco (ca. 1899). Fotografía del autor, Roberto Aceves Ávila.

Su descripción bibliográfica es como sigue:

Pacheco, Ramón G. En Tokio. [Tokio]: s. p. i., s. f. i. [¿1899?]. Port. grabada en madera, + 1 h. en blanco + 26 folios con caracteres occidentales, impresos por un lado, doblados por la mitad, que arrojan un total de 52 pp. impresas por un lado con numeración seguida y a su reverso 52 pp. en blanco + 2 h. en blanco, una de las cuales funciona como cubierta posterior. Dedicatoria manuscrita del autor en la primera página. La portada presenta una mancha de humedad que afecta al grabado en su ángulo superior derecho.30

Por lo general, estos chirimen-bon venían ilustrados, tanto en sus portadas como en su interior, con ilustraciones a color hechas a partir de grabados en madera originales, en un estilo llamado ukiyo-e.31 En el caso del libro de Pacheco la única ilustración es el grabado en madera de la portada, el cual aparece sin firma. Está encuadernado en una variante del estilo tradicional japonés llamado fukuro toji (encuadernación fukuro), formado por pliegos impresos por un solo lado con el texto de dos páginas, plegadas de tal forma que el texto impreso de cada página queda por fuera, y el interior del pliego doblado queda en blanco. Los pliegos así doblados se apilan uno sobre el otro y quedan unidos en el lomo con una delgada capa de papel con pegamento. Los folios apilados se unen por su extremo abierto mediante una costura con un cordón de seda que se hace pasar a través de dos agujeros en cada extremo, y finalmente se anuda por el frente para evitar que se salga de las costuras. Con ello se dejan los bordes externos del libro cerrados, y así el el lector no tiene que enfrentar páginas en blanco al tornar las páginas impresas. A diferencia de esta encuadernación estilo fukuro-toji tradicional, en el ejemplar que describimos los pliegos apilados están cosidos por su extremo "cerrado", haciendo que a dos páginas enfrentadas con texto impreso le sigan dos páginas en blanco, lo que hace de éste un libro con 52 páginas impresas y el mismo número de páginas en blanco, más las guardas (Figuras 2 a 5).32


Figura 2. Cubierta posterior. Fotografía del autor.


Figura 3. Lomo del libro. Fotografía del autor.


Figura 4. Páginas interiores impresas. Fotografía del autor.


Figura 5. Páginas interiores en blanco. Fotografía del autor.

A diferencia de otros chirimen-bon que hemos podido revisar, éste carece de pie de imprenta, por lo que no conocemos al editor ni la fecha de impresión. Sin embargo, podemos deducir la fecha gracias a dos elementos. El primero es que casi al final del libro, al describir la situación de las relaciones del Mikado con las potencias extranjeras, Pacheco señala que “Hoy la reconciliación es completa y sincera, como lo prueba la ratificación de los tratados suprimiendo las capitulaciones desde el 1º de Agosto de este año”. Esta frase hace referencia a la revisión de los tratados de Paz, Comercio y Navegación entre Japón y diversas potencias extranjeras -Austria-Hungría, Bélgica y Estados Unidos, entre otras, pero principalmente Gran Bretaña- que regulaban desde mediados del siglo XIX las relaciones consulares entre dichas naciones.

La revisión del tratado con Gran Bretaña (que posteriormente sirvió como modelo para las constituidas con otras naciones) se firmó el 16 de julio de 1894, y en él se especificaba que dicho tratado revisado -en el que se eliminaban los privilegios de la jurisdicción consular de las potencias extranjeras- no entraría en vigor sino hasta cinco años después de ser firmado. Antes de ese término, Japón ya había logrado acuerdos similares con otras potencias extranjeras, por lo cual los tratados revisados entraron en vigor en julio de 1899, dando inicio su aplicación el 1o. de agosto, como lo señala Pacheco.

El segundo elemento es que el ejemplar en nuestro poder está dedicado por el autor en la primera página: “Al Sr. Lic. D. Luis Grajales, recuerdo del autor, Agto. de 1900. R. G. Pacheco” (Figuras 6 y 7), por lo que el libro debe haber sido impreso alrededor de los últimos meses de 1899 y principios de 1900.33 Recordemos que, de acuerdo con el escalafón publicado en 1903 por la Secretaría de Relaciones Exteriores, Pacheco fue nombrado tercer secretario de la representación mexicana en Japón el 30 de enero de 1899, por lo que debe haber sido en dicho año cuando Pacheco, llegado a Tokio a la edad de 29 años, comenzó a recorrer sus calles y a escribir sus impresiones. Mucho debe haber sido el entusiasmo que lo embargó y el impacto que tuvo la cultura en él para publicar sus reflexiones ese mismo año, en un exótico libro-objeto que fuese el vehículo ideal para la expresión de sus impresiones culturales.


Figura 6. Dedicatoria de Pacheco en el libro En Tokio. Fotografía del autor.


Figura 7. Detalle de la dedicatoria. Fotografía del autor.

La dedicatoria a Luis Grajales es significativa, pues de acuerdo con Roderic Ai Camp,34 entre 1898 y 1900 Grajales fue diputado suplente de la XIX Legislatura a nivel federal por parte del estado de Baja California, supliendo al diputado Dr. Antonio Salinas y Carbó, quien antes se desempeñó como regidor de Cárceles y presidente de la Junta de Vigilancia de Cárceles en la Ciudad de México.

Baja California fue una de las principales entidades de recepción de la inmigración asiática en México, por lo que las impresiones de Pacheco probablemente estaban encaminadas a generar en Grajales una visión favorable para las relaciones con Japón. Es posible que el libro de Pacheco se distribuyera estratégicamente entre personajes del Porfiriato relacionados con la diplomacia, la inmigración y las relaciones comerciales con el oriente, específicamente con Japón.

Recordemos que, de acuerdo con Moisés González, entre 1895 y 1910 la inmigración asiática en México tuvo un crecimiento muy importante, pasando de 1 433 individuos a 20 194 hacia finales de dicho periodo; entre ellos, la japonesa fue la migración más importante después de la china. Pasaron de ser una veintena de individuos en 1895 a 2 216 en 1910. Los asiáticos -chinos y japoneses principalmente- vivían en su mayoría en los estados del Pacífico norte (Baja California, Sonora y Sinaloa) y, como lo señala el mismo González, “en vista de la escasa población de esas entidades, representaban un uno por ciento modesto pero apreciable del total de sus habitantes, sobre todo del Pacífico Norte”.35

La falta de pie de imprenta en el texto que nos ocupa indica que se trata de una edición de autor, con un tiraje seguramente de entre 300 a 500 ejemplares, que era el normal para este tipo de obras.36 Sin embargo, podemos conjeturar sobre quién fue el impresor. De acuerdo con la Biblioteca Nacional de Japón,37 se cree que estos libros fueron inventados en 1885 por el impresor y grabador Takejiro Hasegawa (1853-1936), quien decidió iniciar esa clase de impresiones con una serie de cuentos populares japoneses para niños, mandándolos traducir e imprimiéndolos en inglés, francés y alemán, y posteriormente en español,38 italiano, portugués, ruso y danés. Los cuentos tuvieron tal éxito que luego su temática se amplió y muchos escritores occidentales residentes en Japón, como Lafcadio Hearn, editaron algunos de sus escritos en este formato.

Este tipo de publicaciones servían como elementos auxiliares de la enseñanza de lenguas extranjeras para niños y adultos japoneses, y además satisfacían el gusto por lo exótico y lo típico que caracterizaba a muchos de los viajeros que llegaron a Japón a finales del siglo XIX. Para éstos, nada era tan representativo de la cultura local como estos productos híbridos, que combinaban las técnicas japonesas tradicionales de impresión, grabado y encuadernación con el uso de tipos móviles propios de la imprenta occidental.

Hubo otros impresores que siguieron el ejemplo de Hasegawa, por ejemplo la editora Shimbi Shoin de Tokio (ca. 1899-1938) en la que, en 1907, el mexicano Efrén Rebolledo, a un año de haber llegado a Japón, imprimió la primera edición de sus Rimas japonesas, en una bellísima edición ilustrada en papel crespón de 300 ejemplares, con ilustraciones de Shunjo Kihara (véanse Figuras 8 a 10).39 Por ello, consideramos que fue en alguna de estas dos imprentas en las que Pacheco imprimió su libro, convirtiéndose quizá en el primer mexicano en publicar un chirimen-bon en español en Japón.


Figura 8. Cubierta del libro Rimas japonesas, de Efrén Rebolledo (1907). Fotografía del autor, Roberto Aceves Ávila.


Figura 9. Cubierta posterior de Rimas japonesas (1907). Fotografía del autor.


Figura 10. Portadilla de Rimas japonesas. Fotografía del autor.

Consideramos que el trabajo de Pacheco tiene una intencionalidad particular, condicionada por su labor diplomática. Más que presentar una serie de impresiones personales para consumo de las amistades íntimas, su libro pretende dar a conocer una visión más generosa de los japoneses y favorecer de esta forma el contacto entre ambas naciones, siendo Pacheco el mediador oficial entre ellas. Su labor dentro del servicio exterior mexicano, al que ingresó desde los 14 años, fue el tamiz a través del cual filtró sus vivencias personales, interpretándolas a la luz de su experiencia como diplomático. Es posible que dicho opúsculo, seguramente repartido entre sus amistades y conocidos dentro del gobierno porfirista, haya reforzado la idea en los lectores acerca de su competencia para ocupar puestos en la legación mexicana en Japón, dado su conocimiento del país.

Conclusiones

Michel Foucault señaló que existe una compleja y sutil relación entre las modalidades de adquisición y transmisión del saber -por ejemplo, mediante la recolección de testimonios presenciales, de lo cual el libro de Pacheco es muestra- y las modalidades de ejercicio del poder, que requiere de los saberes para autenticar la verdad y, por consiguiente, justificar su ejercicio.40En Tokio, aunque formalmente es una variante de la literatura de viaje, también es un documento que busca indagar la verdad de la vida en Japón a partir del saber occidental, permeado por un orientalismo que además de ser periférico es pragmático.

Como se ha señalado, el discurso del texto de Pacheco no es “inocente” en el sentido de que no es un simple relato de las impresiones casuales que hace un viajero ocasional, fascinado por lo oriental. Se trata de un texto con una orientación más práctica, a pesar de parecer un mero divertimiento literario. En Tokio es un un testimonio interesante y prácticamente desconocido de la literatura de viaje de la época, escrito por un funcionario prominente que -al igual que otros viajeros importantes de la época- trató de influir en la opinión de las élites mexicanas sobre la visión de Japón, para favorecer el intercambio comercial y cultural entre ambos países.

Es curioso que el nombre de México no aparezca ni una sola vez en el texto de Pacheco. Sin embargo, la descripción del país oriental, sus costumbres y desarrollo están dirigidos a un público mexicano41 que años más tarde tendría que enfrentar, en las primeras décadas del siglo XX, los fenómenos de la inmigración de ciudadanos orientales hacia México y el ensanchamiento del comercio con Oriente.

La cuidadosa impresión del texto de Pacheco en un formato exótico para sus lectores seguramente buscaba reafirmar la veracidad del discurso generado por un viajero atento, pues el soporte físico del discurso daba fe de que había estado en el sitio de sus observaciones, y el chirimen-bon era un testimonio de ello. Es posible que el libro de Pacheco haya sido el ejemplo que inspiró a Efrén Rebolledo a imprimir la primera edición de sus Rimas japonesas en 1907. Pero también la obra es una muestra palpable de la atracción por lo oriental que fascinó a escritores y viajeros de Occidente a lo largo del siglo XIX. En última instancia, el texto de Pacheco contribuye con su granito de arena a la comprensión de las dimensiones multiculturales que contribuyeron a definir las relaciones diplomáticas entre México y Japón durante las siguientes décadas.


Notas al pie
1

Tim Youngs, ed., Travel Writing in the Nineteenth Century. Filling the Blank Spaces (Nueva York: Anthem Press, 2006), 2. La traducción al español de ésta y otras citas en inglés es de mi autoría.

2

Citado por Youngs, ibid., 1.

15

Véase por ejemplo el testimonio sobre Japón del doctor Carlos Glass, médico mexicano del buque escuela Zaragoza de la Armada de México, nave que entre 1894 y 1897 tuvo como objetivo dar la vuelta al mundo como parte de la enseñanza a cadetes mexicanos que formaron parte de su tripulación. En Guillermo Quartucci, “Un mexicano visita Japón a fines del siglo XIX”, Estudios de Asia y África 29, núm. 2 (1994), 305-321.

22

Otro viajero que participó en dicha expedición a Japón fue el político y escritor Francisco Bulnes, quien también escribió una relación del viaje. Véase Daniar Chávez Jiménez, “Viajeros del siglo XIX: el linaje mexicano y las 11 mil leguas de Francisco Bulnes por el hemisferio norte”, Estudios 12, núm. 108 (2014): 53-72.

28

Pacheco señalaba: “Este Tratado […] se pactó sin conocimiento del país, a larga distancia y en tiempos en que no podía saberse el desarrollo de relaciones que pudiesen efectuarse más tarde”. Citado por Carlos Uscanga, Después del Tratado de Amistad, Comercio y Navegación de 1888: la dimensión económica. Reporte de investigación. Proyecto SEP-Conacyt de Ciencia Básica 150933. Número 1 (México: SEP / Conacyt, 2012), 23 y ss., acceso el 11 de junio de 2020, https://issuu.com/uscanga/docs/tratado_amistad.

29

Si bien en la primera página el título dice En Tokyo, grafía que se repite a lo largo del texto.

30

Para efectos de documentar la procedencia del ejemplar, fue adquirido en la antigua librería Medina que se localizaba en la calle Madero, en la Ciudad de México, a finales de los años 80 del siglo XX. Estaba incluido en un lote de libros propiedad de un coleccionista no identificado, interesado en la literatura mexicana influida por el orientalismo, e incluía primeras ediciones de Efrén Robolledo y José Juan Tablada, entre otros. El ejemplar se encuentra a disposición de los interesados para su análisis, y se puede solicitar una transcripción por correo electrónico al autor.

31

Ukiyo-e (o “imágenes del mundo flotante”, en japonés) es el nombre que se le da a un estilo particular de manifestaciones artísticas visuales a partir del periodo Tokugawa (1603-1868) en Japón. De acuerdo con Julie Nelson Davies: “En el periodo, el término ´ukiyo-e´ definió una categoría de producción, estilo y forma de representación como género, e incluía tanto imágenes pintadas como impresas por medio de bloques de madera. […] el término ukiyo se derivó originalmente de un término budista que describía a la existencia humana como transitoria y dolorosa. Para el siglo diecisiete el término había sido apropiado y transformado […] para describir lo efímero del placer”. Véase Julie Nelson Davies, Partners in Print. Artistic Collaboration and the Ukiyo-e Market (Honolulu: University of Hawaii Press, 2015), 1-2. Así, este estilo se caracterizó por representar escenas cortesanas, cotidianas, paisajes, flores, aves y un sinfín de otras representaciones que expresaran la belleza de la vida capturada en escenas pasajeras de lo diario. Para un texto escrito en español sobre el tema, véase el libro citado de García Rodríguez, Cultura popular y grabado en Japón: siglos XVII a XIX.

32

Para una descripción más amplia de este tipo de encuadernación tradicional japonesa y sus usos, véase el libro de Peter Kornicki, The Book in Japan. A Cultural History from the Beginnings to the XIX Century (Leiden, Países Bajos: Brill, 1998), 44. El autor señala que este tipo de encuadernación de origen chino, que se popularizó en Japón a partir del siglo XVI, se convirtió en la forma estándar para 90% de los libros y manuscritos japoneses.

36

Véase, por ejemplo, Hasegawa Publishing Co., Catalogue of Japanese Colour Prints, Illustrated Books, Etc. (Tokio: Hasegawa Publishing Co., 1920), acceso el 11 de junio de 2020, www.koitsu.com/Research/Catalogs/Hasegawa/Catalog_A/Hasegawa_Cat_A-01.htm, un catálogo con varias muestras de la impresión y los costos de este tipo de libros, similares al que describimos.

39

Rebolledo trabajó como diplomático en la Secretaría de Relaciones Exteriores en 1905, cuando fue enviado a Guatemala. En 1906 pasó a la Embajada en Japón, donde desempeñó diversas funciones tras el regreso de Pacheco en 1907 a la Embajada de México en Japón. En 1912 todavía fungió como secretario técnico de dicha embajada, cuando Pacheco ejerció las funciones de embajador plenipotenciario. Véase The Hong Kong Daily Press Office. The Directory & Chronicle for China, Japan, Korea, Indo-China, Straits Settlements, Malay States, Siam, Netherlands India, Borneo, The Philippines, &c. with which Are Incorporated “The China Directory” and “The Hong Kong Directory and Hong List for the Far East” for the Year 1912 (Hong Kong: The Hong Kong Daily Press Office, 1912), 622, acceso el 11 de junio de 2020, https://books.google.com.mx/books?id=o4tEAQAAMAAJ&pg=PA622&lpg=PA622&dq=%22ram%C3%B3n+g.+pacheco%22+jap%C3%B3n&source=bl&ots=dScNy57mk3&sig=ACfU3U2iC2Y0lTHYjUH6qimvxfEFCobuVQ&hl=en&sa=X&ved=2ahUKEwiRxsKNjpLlAhW9IjQIHWV3CXEQ6AEwDXoECAgQAQ#v=onepage&q=%22ram%C3%B3n%20g.%20pacheco%22%20jap%C3%B3n&f=false. En 1913 Rebolledo regresó a México. En 1915 rehizo sus Rimas Japonesas y las convirtió en un libro muy diferente al primero. La nueva edición también se publicó en Japón, pero ahora impresa en un formato occidental tradicional, con tiraje de 500 ejemplares. Esta nueva versión, que mide 16.5 x 10.5 cm y tiene 40 páginas, está ilustrada con pequeñas viñetas y dibujos japoneses, y fue impresa en Tokio por The Tokyo Tsukiji Type Foundry, en 1915.

41

Al inicio del apartado IV, al hablar del desarrollo del catolicismo en Japón, Pacheco hace referencia concreta a san Felipe de Jesús, primer santo canonizado nativo de México, protomártir del país y patrono de la Ciudad de México y del arzobispado, una alusión específica que sería especialmente sensible para los lectores mexicanos: “En Zukiji, no lejos de la larga calle de Ginza y ya cerca del mar, existe una Iglesia de humilde y limpio aspecto, cercada por un muro bajo de ladrillo pintado de blanco como la Iglesia. Si algo de extraordinario tiene, no es seguramente para el artista, ni para el arqueólogo; porque el primero sólo vería un edificio de una arquitectura relativamente moderna y bien sencilla, construido en un país lejano; y el segundo apenas sí se detendría a mirar una construcción de ayer, cuyos muros no ofrecen ningún detalle a sus investigaciones. Sólo para el creyente tiene interés este templo católico que le recuerda toda la sangre que hay en los cimientos de esta esbelta catedral. Los nombres de San Francisco Xavier y de San Felipe de Jesús le vienen a la memoria juntamente con los de otros mártires”, Pacheco, En Tokio, 43.

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