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Thackeray en el México del siglo XIX: la primera traducción al español de La feria de las vanidades, y más allá


Thackeray in 19th Century Mexico: The First Spanish Translation of Vanity Fair, and beyond

María del Rocío Gómez Ruiz*

* Universidad de Oxford, Oxford, Reino Unido, marociogr12@gmail.com



Resumen

Este artículo presenta un estudio de la recepción del novelista victoriano William Thackeray en el México decimonónico. Se considera la traducción mexicana de La feria de las vanidades (1848) publicada por la Imprenta de Andrade y Escalante en 1860, y posteriormente la recepción crítica de la obra de Thackeray durante el Porfiriato. Los detalles de publicación de la edición mexicana de La feria de las vanidades (la primera traducción de la novela al español) ponen en evidencia la mediación cultural francesa en el país durante la primera mitad del siglo. Por otro lado, la conversación crítica y literaria en torno a Thackeray a la vuelta del siglo XX señala la emergencia de una República de las Letras genuinamente mexicana.



Abstract

This paper presents a study on the reception of Victorian novelist William Thackeray in 19th century Mexico. It also undertakes the Mexican translation of Vanity Fair (1848) printed by the publishing house Imprenta de Andrade y Escalante in 1860, and the subsequent critical engagement with Thackeray’s work during the Porfiriato period. The 1860 edition is noteworthy because it is the first translation of Thackeray’s novel into Spanish, significantly preceding the version published in Spain. The details surrounding its publication highlight the prevalence of French influence on Mexican culture during the first half of the century. Conversely, the literary and critical engagement around Thackeray in the final decades of the century signals the emergence of a truly Mexican Republic of Letters, in its distinctly Mexican negotiation with European culture.

Recepción: 22.02.20 / Aceptación: 18.05.20

bg01.Sep.20; 3(2)

Palabras clave: William Makepeace Thackeray, La feria de las vanidades, circulación transnacional de libros, literatura victoriana, México, siglo XIX.
Keywords: William Makepeace Thackeray, Vanity Fair, transnational book circulation, Victorian literature, 19th Century Mexico.

Introducción1

El reciente giro hacia la globalización de la historia del libro ha contribuido a la creciente exploración sobre la circulación transnacional de textos británicos.2 Los estudios que exploran la movilidad de estas obras entre naciones se han concentrado especialmente en la esfera anglosajona y los confines del antiguo imperio británico. Sin embargo, como prueban los trabajos de Alfredo Michel Modenessi sobre Shakespeare, existe un terreno propicio para investigaciones académicas acerca de la diseminación y recepción de literatura británica en América Latina, una región en la que las artes del mundo angloparlante han tenido una preponderante influencia cultural durante largo tiempo.3

En 1964, Marianne O. de Bopp inauguró el estudio de la circulación de libros británicos en México.4 Pocos años después, en el centenario de la muerte de Dickens, el Departamento de Letras Inglesas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) publicó una colección de ensayos que incluía un artículo pionero de Arturo Zentella Mayer sobre la recepción de Dickens en México.5 Desde entonces, estudios sobre la influencia, adaptación y apropiación de autores como Chaucer y Shakespeare han contribuido a la exploración de la historia de la literatura británica en México.6

Uno de los capítulos más intrigantes de esta historia fue descubierto por el investigador español Marcos Rodríguez Espinosa al tratar de localizar la primera traducción de Vanity Fair (1848) al español. Para su desconcierto, descubrió que una traducción anónima publicada en la Ciudad de México en 1860 precedía por mucho a la primera edición de la novela de Thackeray publicada en España (una traducción de 1900 hecha por Pedro González Blanco).7 Aunque el interés de Rodríguez Espinosa en el Vanity Fair mexicano está limitado al papel que desempeñó en la recepción de la obra de Thackeray en España, su descubrimiento allana el camino para la investigación que he desarrollado en este ensayo. Mi objetivo es ilustrar cómo la incursión de Thackeray en el México decimonónico es representativa de los cambios culturales experimentados por este país durante la centuria convulsa que siguió a su emancipación de España.

Como mostraré, los detalles que rodean la publicación de la traducción de Vanity Fair en 1860 subrayan la prevalencia de la influencia francesa en el gusto mexicano durante la primera mitad del siglo. En contraparte, el compromiso literario y crítico con Thackeray en las décadas finales del siglo sugiere la emergencia de una república mexicana de las letras, en una muestra de la singular relación de México con la cultura europea. Para contextualizar con propiedad la circulación y la influencia de la obra de Thackeray durante este periodo de la historia mexicana, resumiré brevemente el amplio patrón de recepción y diseminación de libros británicos en México.

Literatura británica en México (1521-1900)

La literatura de Gran Bretaña arribó por vez primera a costas mexicanas durante el periodo colonial español (1521-1821).8 De acuerdo con Bopp, obras británicas, tanto en traducción francesa como en inglés, estaban entre las mercancías traídas a Nueva España por los navíos comerciales europeos.9 Éstas, sin embargo, no fueron muchas, porque durante este periodo la oferta de libros estaba estrictamente controlada por el Santo Oficio de la Inquisición. Anne Staples afirma que las autoridades eclesiásticas de Nueva España incluso eran más inflexibles que sus contrapartes peninsulares en su adherencia a las censuras del Index Librorum Prohibitorum.10 Así, en su intento de proteger la moral novohispana de la corrupción y degeneración engendrada por la lectura de libros, los representantes de la Iglesia hicieron particularmente difícil que textos no católicos llegaran a Nueva España.

A partir de los decretos del Santo Oficio publicados en periódicos novohispanos, Bopp refiere que Sketches of the History of Man (1774) de Lord Kames fue prohibido, junto con las obras de Pope, Sterne y Richardson. Por otro lado, tanto History of the Decline and Fall of the Roman Empire (1776) de Gibbon como The Wealth of Nations (1776) de Adam Smith estaban disponibles en traducción al español.11 Staples señala asimismo que History of America (1777) de William Robertson figuraba en el Index y que la atenta lectura de The Vicar of Wakefield (1766) de Goldsmith trajo al político mexicano Lucas Alamán pleitos con las autoridades inquisitoriales.12

La desintegración de la Inquisición española a principios del siglo XIX permitió la publicación de obras anteriormente prohibidas. Por ejemplo, Bopp afirma que una traducción de Paradise Lost (1667) estuvo disponible en librerías mexicanas en 1824.13 Sin embargo, el celo inquisitorial de proteger a los lectores mexicanos de la inmoralidad de la literatura del Viejo Mundo sobrevivió a la institución misma.

Durante la primera mitad del siglo, los impresores-editores, los libreros y los escritores mexicanos mantenían el tácito acuerdo de defender los valores de la Iglesia y salvaguardar la moral católica. Figuras conservadoras como Lucas Alamán (cuyas lecturas rebeldes podrían sugerir lo contrario) denunciaban regularmente el libertinaje de obras extranjeras.14 Las novelas eran un punto particular de disputa. En efecto, la conservadora actitud mexicana hacia la lectura de ficción durante la mayor parte del siglo hace eco de muchas de las preocupaciones que habían acompañado el ascenso de la novela en Gran Bretaña durante el siglo anterior.

El escrutinio del periódico conservador La Sociedad permite un vistazo al estatus cultural de la novela en el México de mediados de siglo. Un artículo sobre algunos estudiantes involucrados en la política, publicado en 1858, sugiere que la lectura de ficción era generalmente percibida como una ocupación de ociosos: “unos cuantos alumnos de este colegio se habían desentendido completamente de los estudios, no para dedicarse a lecturas de novelas ni para vivir en la holganza de una recreación perpetua, como suele suceder en la juventud, sino para dedicarse a la política”.15

El recelo por los peligros morales de la ficción extranjera es lugar común en las publicaciones periódicas de la época. Por ejemplo, los editores del periódico El Conservador prometen una apropiada selección de la literatura publicada en una próxima entrega, enfrentando lo que consideran un alarmante influjo de novelas extranjeras.16 También fue el caso, durante el siglo anterior, en Gran Bretaña, que parte de la preocupación concernía a la influencia de la ficción en las jovencitas: “Las novelas de Dumas, Süe y otros escritores de esta clase, que andan en manos de las jóvenes mejor educadas, no pueden traer, por cierto, sino la espantosa corrupción de ideas y de costumbres que estamos palpando”.17

A pesar de estas preocupaciones, la literatura británica encontró de todas formas una audiencia en el México decimonónico. La publicidad en las ediciones periódicas da cuenta de la publicación y circulación de algunas obras populares del siglo XVIII durante esta centuria: Clarissa (1748) de Richardson es anunciada por la Imprenta de Ignacio Cumplido en 1843 (“Clara Harlowe por Richardson”);18Lectures on Rhetoric and Belles Lettres (1783) de Hugh Blair es anunciada por la Librería Galván en 1860 (“BLAIR, lecciones de retórica”);19 en 1866, la Imprenta de los Bajos de San Agustín promociona lo siguiente: Louisa; or the Cottage on the Moor (1787) de Elizabeth Helme (“Luisa o la cabaña en el valle, novela inglesa”); Robinson Crusoe (1719) de Daniel Defoe (dos versiones anunciadas, una en inglés, la otra, se presume, en español); Tom Jones, a Foundling (1749) de Henry Fielding (“Tom Jones, o el expósito, por Sielding” [sic]); Gulliver’s Travels (1726) de Jonathan Swift (“Viajes de Gulliver, obra inglesa”), y Mysteries of Udolpho (1794) de Ann Radcliff (“Misterios de Udolpho, Ann Radcliff”).20

Charles Dickens fue el primer novelista victoriano publicado en México. En 1852 una traducción de The Cricket on the Hearth (1845) apareció en La Semana de las Señoritas Mexicanas, publicación para mujeres jóvenes impresa por la Imprenta de Navarro (“El grillo del hogar, por Carlos Dickens”).21 El año anterior había aparecido una biografía anónima de “Carlos Dickens” en el segundo volumen de La Ilustración Mexicana, una revista literaria pionera publicada por la Imprenta Ignacio Cumplido.22 Mientras que Bopp interpreta esta biografía como evidencia de la temprana recepción de Dickens en México, el texto indica claramente que fue escrito pensando en una audiencia española, lo cual sugiere que fue tomado directamente de una publicación española.23

Un anuncio de suscripción a una colección de novelas importadas de Nueva York que presentaba Too Strange not to Be True (1864) de Lady Georgiana Fuller aparece en La Sociedad en 1866 (“Demasiado extraño para no ser cierto”).24 A pesar de esto, la mayoría de las novelas extranjeras publicadas en México durante las primeras seis décadas del siglo XIX parecen ser francesas, españolas o americanas.

En general, los autores británicos decimonónicos no son discutidos por los letrados mexicanos sino hasta el Porfiriato (1877-1911), tras el surgimiento de lo que Gabriel Zaid llama “la primera república de las letras del México independiente”.25 Diversas valoraciones críticas de escritores ingleses aparecen en periódicos y revistas literarias durante este periodo: un estudio sobre novelistas ingleses que incluye a Thackeray, Dickens, Edward Bulwer-Lytton y Benjamin Disraeli fue publicado en 1875 (“Novelistas ingleses contemporáneos”);26 una reseña de la carrera de Charlotte Brontë apareció en 1878 (“Estudios sobre literatura inglesa: Carlota Bronté” [sic]);27 una retrospectiva sobre Lord Byron publicada en 1893 (“Los románticos ingleses: Lord Byron”);28 y un ensayo de 1897 acerca de la estética de Ruskin (“Las ideas estéticas de Ruskin”).29

La República Mexicana de las Letras se desarrolló durante el periodo conocido como la República Restaurada (1867-1876), que comprende los años que siguen al triunfo de la República de Benito Juárez sobre el Imperio de Maximiliano. Los intelectuales de la etapa, liderados por Ignacio Manuel Altamirano, inauguraron el primer escenario artístico y literario distintivamente mexicano. Altamirano, considerado el padre de la literatura mexicana, apadrinó la creación y la crítica literaria dentro del marco del nacionalismo liberal de la República Restaurada; promovió la creación de sociedades literarias y cenáculos, fundó periódicos y revistas literarias -que incluyen El Correo de México (1867), El Renacimiento (1869), El Federalista (1871), La Tribuna (1875) y La República (1880)- y se dedicó a la traducción, edición y promoción de la literatura extranjera.30

Zentella Mayer detalla el interés particular de este escritor por promover las obras de Dickens en México. Presenta a Altamirano como el introductor del novelista británico a la sociedad mexicana: “un maestro introduce a otro maestro”.31 En un artículo publicado en El Renacimiento en 1869, que Zentella Mayer reproduce completo, Altamirano alaba generosamente a Dickens y expresa un deseo sincero de que el “género” de éste sea cultivado en México.32

El sueño de Altamirano era una literatura mexicana que se esforzara por emular, e incluso mejorar, el ejemplo de los grandes de Europa introducidos en la floreciente escena crítica y literaria del Porfiriato. En este contexto, los escritores mexicanos comenzaron a relacionarse con la literatura británica por primera vez en sus propios términos.

William Makepeace Thackeray, sin embargo, se abrió camino a México antes del establecimiento de esta República Mexicana de las Letras, durante la convulsa primera presidencia de Juárez. La Imprenta de Andrade y Escalante, casa editorial de la Ciudad de México, comisionó y distribuyó una traducción de Vanity Fair en 1860. Esta edición no sólo precedió a la publicación de la obra en España, sino que también antecedió por décadas a la publicación de otros autores canónicos victorianos en México. Como mostraré, la peculiaridad de esta temprana traducción mexicana sólo se distingue al examinar de cerca las prácticas de venta de libros a mediados del siglo XIX en México, particularmente de la imprenta mencionada.

La feria de las vanidades (1860): la traducción mexicana de Vanity Fair

Después de identificar la mexicana La feria de las vanidades (1860) como la primera traducción al español de la obra maestra de Thackeray, Rodríguez Espinosa rastrea la segunda en Chile, en 1865. Después de un cuidadoso estudio de las traducciones hispanoamericanas y de la hecha en España por Pedro González Blanco, concluye que tanto la versión chilena como la española se han basado ampliamente en La feria de las vanidades (1860) que, afirma, ha seguido a su vez la traducción francesa de 1855 de Georges Guiffrey.33

Existen dos ejemplares de La feria de las vanidades (1860), uno resguardado por la Biblioteca Británica y el otro en la Biblioteca Nacional de México. Rodríguez Espinosa preparó una nueva edición que fue publicada en el archivo digital “Archivo digitalizado y edición traductológica de textos literarios y ensayísticos traducidos al español”, una colección de nuevas ediciones de traducciones españolas decimonónicas comisionada por la Universidad de Málaga. Una versión con introducción revisada para esta edición fue también publicada en Traductores y traducciones de literatura y ensayo (1835-1919) (2007).

La portada del ejemplar en la Biblioteca Británica de La feria de las vanidades (1860) no identifica a un traductor, pero provee el nombre y la dirección de la editorial: “Imprenta de Andrade y Escalante, Calle de Cadena, núm. 13”, así como el año de publicación. La sección preliminar de la edición de Rodríguez Espinosa (que está basada en el ejemplar de la Biblioteca Nacional de México) incluye una página adicional que revela que la novela fue editada por La Sociedad como parte del segundo volumen de una colección intitulada “Colección de novelas contemporáneas de distintos autores”.

Rodríguez Espinosa apunta que el texto de La feria de las vanidades (1860) usa convenciones ortográficas que difieren del español moderno. Palabras ahora escritas con "j", como "jefe", se escriben normalmente con "g", "gefe"; la preposición "a" se escribe "á"; el verbo "fui" se escribe "fuí", mientras que el verbo "había" se escribe "habia"; y la letra "x", en palabras como "extraño", es sustituida normalmente por la letra "s", "estraño".34 Una lectura atenta de las publicaciones periódicas mexicanas del siglo XIX sugiere que estas prácticas ortográficas eran lugar común en aquel tiempo.

Además, Rodríguez Espinosa cataloga las divergencias textuales entre la traducción y el original.35 Anota que un número significativo de los capítulos y momentos clave de Vanity Fair están o abreviados u omitidos por completo, ausencia compensada por la adición de breves resúmenes y párrafos conectores. En tanto que algunas de estas omisiones y resúmenes pueden rastrearse en la traducción francesa, aísla algunos que son propios de la edición mexicana. Pienso que algunos de los cambios -por ejemplo, la exclusión de una escena en el capítulo tres en la que Rebecca Sharp es engañada para que se coma un chile- son altamente sugestivos y podrían iluminar una futura investigación de la apropiación mexicana de la ficción británica.

Nancy Vogeley ha notado que el proceso de traducción en el México decimonónico no implicaba “a faithful and full-rendering of the original text in another language”, sino que, afirma, “the translator paraphrased the author’s ideas and, especially, omitted troublesome passages”.36 Por otra parte, Rodríguez Espinosa discute que los cambios en ambas ediciones de Vanity Fair, tanto la francesa como la mexicana, son producto del empuje conservador de purgar la novela para el sano consumo del público.37

Al catálogo exhaustivo de divergencias textuales de Rodríguez Espinosa sólo puedo agregar que la traducción mexicana no incluye ninguna de las ilustraciones de Thackeray y que algunos de los nombres en la novela han sido hispanizados: Jos Sedley a José Sedley, George Osborn a Jorge Osborne y Rebecca a Rebeca.

Rodríguez Espinosa no tiene en cuenta la temprana aparición de la obra de Thackeray en la América española, pero debe apuntarse que sus observaciones sobre las traducciones hispanoamericanas de Vanity Fair dan vía libre a los especialistas de estos países interesados en la influencia de la traducción en sus literaturas nacionales.38

Cuando acometí por primera vez el estudio de la recepción de Thackeray en el siglo XIX en México, tenía la esperanza de que la edición mexicana de Vanity Fair de 1860 arrojara algo de luz sobre la relación cultural anglo-mexicana a mediados de siglo. Sin embargo, nuevas investigaciones han hecho evidente que las relaciones culturales entre México y Gran Bretaña en la época estaban todavía fuertemente mediadas por Francia y España. Para ilustrar esto, mostraré brevemente la historia de la imprenta que produjo La feria de las vanidades (1860), y una visión de conjunto del tipo de obras que publicaba.

Imprenta de Andrade y Escalante: impresores-editores a mediados del siglo XIX en México

El desarrollo de la industria editorial en el México decimonónico estuvo circunscrito por el más amplio proyecto nacional de auto-constitución. Según Laura Suárez de la Torre, el rápido crecimiento de la industria en el siglo XIX fue estimulado por la riqueza de las publicaciones generada por el movimiento de independencia.39 De acuerdo con ella, en las décadas que siguieron a la instauración de la primera república mexicana, los impresores-editores en la Ciudad de México representaban a una élite letrada dedicada a amparar un cambio cultural que posicionara a México al nivel de sus contrapartes europeas, al tiempo que preservaba los valores sociales heredados de España. Las editoriales de este periodo eran usualmente talleres familiares que imprimían obras nacionales y extranjeras. Conforme crecía la demanda en los primeros años de la República, introdujeron técnicas más modernas de impresión y establecieron redes más amplias de distribución para los libros publicados en la capital.

Uno de estos negocios era la editorial propiedad de José María Andrade, una figura clave en el temprano desarrollo cultural del país. Andrade era un reconocido bibliófilo y bibliógrafo; resguardó el Archivo Nacional durante la Intervención estadounidense en México (1846-1848) y compiló una colección personal de libros tan valiosa que el emperador Maximiliano la compró para inaugurar la proyectada biblioteca imperial. Acérrimo conservador, Andrade apoyaba la instauración del Segundo Imperio mexicano y estaba comprometido con la promoción de las buenas costumbres católicas en su labor editorial.40 Su librería, ubicada en Agustinos número 3, servía como punto de encuentro para prominentes conservadores de mediados de siglo, como Lucas Alamán, Manuel Orozco y Berra y Joaquín García Icazbalceta.41

En 1854, Andrade y su socio, el impresor Felipe Escalante, adquirieron un taller de impresión ubicado en la Calle de la Cadena número 13, previamente propiedad del impresor catalán Rafael de Rafael, y le cambiaron el nombre a “Imprenta de Andrade y Escalante”. Aunque el número de libros publicados por esta editorial es desconocido, Miguel Ángel Castro ha localizado 135 en los archivos de la Biblioteca Nacional de México,42 y afirma que la obra más significativa publicada por Andrade y Escalante fue el Diccionario universal de historia y de geografía (1853-1855), una labor colosal coordinada por Manuel Orozco y Berra que codificaba el conocimiento existente sobre geografía e historia de México.43 La Imprenta de Andrade y Escalante también dirigió la publicación del periódico católico La Cruz (1855-1858), el efímero boletín informativo imperial El Diario del Imperio (1865-1867) y el periódico conservador La Sociedad (1857-1867).

Los anuncios en La Sociedad revelan que muchos libros publicados por Andrade y Escalante fueron financiados mediante suscripciones. Nuevas ediciones eran anunciadas un mes o dos antes de que el libro fuera impreso y conforme salía un nuevo volumen, se avisaba en el periódico. Los ejemplares también eran vendidos en la librería de Andrade, en la calle Agustinos número 3.

Algunas de las obras en el catálogo de esta librería fueron promocionadas en La Sociedad continuamente durante el año. Por ejemplo, en ejemplares del año 1860, los siguientes títulos ocupan consistentemente una porción significativa de la sección de anuncios del periódico: Historia de la Iglesia desde su fundación hasta el pontificado del Sr. Gregorio XVI, por Mr. Receveur; La vida o la muerte o la primera comunión, por Francisco Javier Miranda; Vida de nuestro señor Jesucristo con la historia de su siglo, por Janer, e Historia de los papas desde San Pedro hasta nuestros días, por el conde Beaufort.44

Todas estas son obras religiosas, que reflejan los compromisos católicos de Andrade y Escalante. Y tres de ellas son traducciones de obras francesas. En cambio, la colección de “Novelas contemporáneas por diferentes autores” que incluía Vanity Fair no es anunciada en las páginas de La Sociedad en 1860.45 Esto sugiere que la publicación y promoción de ficción fue más una ocurrencia tardía que una prioridad para esta editorial.

Un examen más atento de la lista de Castro de las obras publicadas por Andrade y Escalante enfatiza la peculiaridad de la impresión de La feria de las vanidades (1860). La mayoría de los libros enlistados son de no ficción, y engloban los temas siguientes: gramática, retórica, apologías cristianas, política e historia. También hay libros escolares, manuales, libros de oración y documentos oficiales.

Hay cuatro obras de poesía en la lista: Poesías líricas (1859) de José María Roa Bárcena, Poesías del Sr. doctor don Manuel Carpio (1860), Lecturas de José Zorrilla (1864) y la antología Corona poética: Las musas españolas, a la emperatriz de los franceses (1863); también se encuentra una versión abreviada de la Gerusalemme liberata (1581) de Tasso, Fragmentos de la Jerusalem libertada (1860), y dos novelas: Doña Mercedes de Castilla: novela escrita en inglés (1857-1858) de James Fenimore Cooper46 y La feria de las vanidades (1860) de William Makepeace Thackeray.

Los libros impresos por Andrade y Escalante están todos en español, excepto Une sirène comme il en existe toujours, ou L’École des coquettes (1865), de Mathieu de Fossey. De 135 obras, siete son traducciones de textos extranjeros, la mayoría franceses. Sólo hay tres autores angloparlantes en la lista: el americano Fenimore Cooper, Thackeray y Thomas Babington Macaulay (Memorias de Barère, 1860). La publicación del ensayo de Lord Macaulay sobre el político francés Bertrand Barère destaca especialmente, y puedo concluir que la Imprenta de Andrade y Escalante también la obtuvo en su traducción francesa.47 Aunque ninguna de estas obras da cuenta de un traductor, Castro refiere que Andrade leía y escribía en francés, así que es posible que él mismo se hiciera cargo de esta labor.48

La lista de Castro no contiene el resto de las novelas en la “Colección de novelas contemporáneas de distintos autores”, sin embargo, un anuncio de la tienda de libros de la Ciudad de México, la Librería Madrileña, publicado en El Constitucional en 1868, promueve las nueve obras siguientes, impresas en dos volúmenes en cuarto, con encuadernación holandesa, por el precio de 3 reales:

Magdalena, por Jules Sandeau.- El ahijado del escribano, por Emilio Renaut.- Un viage redondo, por Baldomero Menendez.- Olivia, por Manuel Murguía.- Los ojos negros, por P. A. de Alarcon.- La buena Ventura, por el mismo.- El asistente, por el mismo.- La feria de las vanidades, por W. Thackeray.- El fauno de Coysevox, por Molery. Estas nueve obras puestas en dos tomos 4º holandesa […] $3.49

Dado que el registro bibliográfico digital para La feria de las vanidades (1860) en la Biblioteca Nacional refiere que el volumen contiene “La feria de las vanidades / por W. M. Thackeray -El faune de Coysevox / Moleri”, puede asumirse, sin temor a equivocarse, que esta es la “Colección de novelas contemporáneas de distintos autores” publicada por la Imprenta de Andrade y Escalante en 1860. Vanity Fair de Thackeray es la única novela británica en la colección, la cual incluye cuatro títulos hispanos y tres franceses.

La información disponible sobre los libros publicados por Andrade y Escalante, anunciados en La Sociedad, sugiere que esta editorial se dedicó sobre todo a obras religiosas y académicas, y que las novelas no fueron su principal preocupación. Por otro lado, el hecho de que su colección de novelas contemporáneas incluyera sobre todo obras francesas y españolas parece indicar que Francia y España, más que Gran Bretaña, eran los principales mediadores de la cultura europea en México en ese tiempo. Los anuncios de novelas en La Sociedad de 1860 a 1866 lo comprueban.50

En términos generales, si las novelas extranjeras que circularon en el país durante las primeras seis décadas del siglo XIX son indicativas de algo, es de la influencia cultural de Francia.51 Parece ser el caso de la edición mexicana de Vanity Fair, la traducción de una obra británica relativamente reciente, que fue publicada únicamente porque su editor se hizo con la traducción francesa junto con otras obras galas que había adquirido para publicar.

Hasta donde he podido averiguar, La feria de las vanidades (1860) no tuvo más ediciones y, en general, no parece haber sido una publicación especialmente digna de atención. Se vendió sin distinción como parte de una colección de novelas heterogéneas. Un anuncio en El Constitucional demuestra que, al menos un ejemplar de la edición original en dos tomos de esta colección todavía estaba disponible para su venta ocho años después de su publicación. Una década más tarde, un artículo publicado en La Voz de México, que apoya las novelas británicas como antídoto contra el exceso de francés, expresa el deseo de la juventud del país de leer las mejores novelas de “Mr. Evans (George Elliot) [sic], Thackeray y Charles Dickens”, en aparente ignorancia de la traducción mexicana de Vanity Fair publicada 20 años antes.52

La incursión de Thackeray en México en 1860 fue efímera y ordinaria porque no había una “república mexicana de las letras” como tal para recibirlo en ese momento. En tanto que, como sugiere Suárez de la Torre, los escritores mexicanos, editores y libreros de la primera república hicieron mucho para elevar y transformar el paisaje cultural de México, la clase letrada de ese tiempo tenía todavía el compromiso de preservar su herencia hispánica. No fue sino hasta después de la cruzada de Altamirano en el tiempo de la República Restaurada cuando comenzó a emerger un escenario literario y crítico verdaderamente mexicano.

Thackeray en las publicaciones periódicas mexicanas: 1860-1900

Las menciones a Thackeray en las publicaciones periódicas mexicanas en la última parte del siglo XIX pueden agruparse, a grandes rasgos, en tres categorías. En primer lugar, las referencias a Thackeray son lugar común en los periódicos dirigidos a las comunidades de expatriados europeos y norteamericanos en el México de ese siglo. En su conjunto, dichas referencias son un indicio del estatus cultural de que gozaba Thackeray a lo largo del siglo en Estados Unidos y Francia.

Thackeray es frecuentemente mencionado en uno de los periódicos franceses más prominentes, Le Trait D’Union (1868-1889), ya fuera en las noticias o en artículos críticos.53 De forma semejante, referencias tanto a Thackeray como a su obra son frecuentes en The Two Republics, una voz para la comunidad norteamericana en la Ciudad de México, publicada entre 1867 y 1900. Las alusiones a Thackeray son comunes en artículos reeditados a partir de periódicos norteamericanos que promovían nuevas publicaciones sobre su vida y obra, o anunciaban el descubrimiento de nuevos manuscritos y la negligencia en su tumba.54 Como muestra, en un encabezado de 1898 se lee: “Thackeray’s Grave. An Object of Interest to All Lovers of Literature”.55 Otros periódicos en lengua inglesa que incluyen este tipo de menciones son The Mexican Times,56Daily Anglo American57 y The Mexican Herald.58

La segunda categoría engloba lo que podríamos llamar “un conocimiento importado de Thackeray”. Se trata de referencias a este autor en periódicos mexicanos que son directamente reimpresas o citadas de publicaciones británicas, norteamericanas, españolas y francesas. Algunas de estas incluyen historias reimpresas sobre las muertes de la esposa de Thackeray y de Dickens.59

Por último, al finalizar el siglo, el periodo de atípica estabilidad política y crecimiento económico, fomentado por la dictadura de Porfirio Díaz, permitió que escritores, artistas y editores mexicanos como Altamirano, Justo Sierra, Francisco Sosa, Antonio Vanegas Arroyo, Guillermo Prieto, Manuel Gutiérrez Nájera y Francisco Díaz de León elevaran el tono de la conversación en las publicaciones periódicas de México. Una colección de obras críticas inequívocamente mexicana en la que la literatura, tanto nacional como extranjera, se discute de forma seria y regular, se distingue por primera vez en las publicaciones del Porfiriato. Fue en este momento cuando los letrados mexicanos comenzaron a relacionarse de manera directa con Thackeray, normalmente reconociendo su estatus como uno de los grandes maestros europeos de la literatura.

Mílada Bazant apunta que la prosperidad económica en el Porfiriato tuvo como consecuencia el florecimiento de la escena literaria y artística como no se había visto antes en México.60 El periodo vio nacer un grupo de renombradas revistas literarias. La Revista Azul y La Revista Moderna, comúnmente consideradas las mejores revistas literarias del México moderno, se fundaron en 1895 y en 1898, respectivamente. La Juventud Literaria, una influyente publicación editada por Enrique Sort de Sáenz y José Peón del Valle, comenzó su tiraje en 1887, mientras que la Revista Nacional de Letras y Ciencias, una publicación dirigida por los prominentes letrados Justo Sierra, Francisco Sosa, Manuel Gutiérrez Nájera y Jesús Valenzuela, imprimió su primer número en 1889.61

A lo largo de las décadas de 1870 y 1880, Thackeray a menudo es mencionado al lado de grandes artistas europeos en lo que yo llamaría “despliegues de culturalidad”. Por ejemplo, un artículo sobre los deberes culturales y educativos de los periodistas, publicado en La Iberia en 1875, lamenta el hecho de que la sociedad mexicana, moral e intelectualmente hablando, represente el más triste de los paisajes, “digno del pincel de un Goya, del Espagnoleto, o de la pluma de Balzac y de Thackeray”.62

En un artículo de 1889 para El Tiempo, el escritor Adolfo Carrillo compara el John Falstaff de Shakespeare con el Sancho Panza de Cervantes y anota que desde entonces ni siquiera Thackeray había sido capaz de crear personajes tragicómicos tan bien definidos.63 De nuevo en 1889, el escritor Leopoldo Zamora menciona a Thackeray junto a Sterne y a Swift como “los más grandes humoristas” en un estudio sobre Carlyle publicado en la Revista Nacional de Letras y Ciencias.64 Ese mismo año una breve reflexión anónima sobre “el genio” publicada en La Patria incluye a Thackeray en una lista de genios que incluye a Shakespeare, Napoleón, Miguel Ángel, Gladstone, Goethe, Victor Hugo, Balzac y Walter Scott.65

En 1874, una serie de retrospectivas sobre novelistas británicos, titulada “Novelistas ingleses contemporáneos” y atribuida a Ed. S. Herrera, fue publicada en El Artista (1874-1875), una revista literaria dirigida por el escritor Jorge Hammeken y el periodista Juan M. Villela.66 Thackeray es el primer novelista discutido, seguido por Dickens, Edward Bulwer-Lytton y Benjamin Disraeli.

En este artículo Herrera distingue a Vanity Fair por su genialidad, “esta obra, más que cualquiera otra obra suya lleva el sello de un genio”, y elogia sus bien delineados personajes.67 Asegura que Becky Sharp es la personificación de una “inteligencia insensible”, mientras que “Amelia Sedly” [sic] encarna el sentimiento sin inteligencia, y argumenta que el libro invita al lector a simpatizar con “la desesperada empresa” de Becky y a burlarse de la “inalterable ternura” de Amelia.

La novela es referida por su título en inglés, con una nota al pie que la traduce como “La Feria de la Vanidad” en lugar de La feria de las vanidades, como fue titulada en la edición de 1860 y como ha sido llamada en las subsecuentes traducciones de la novela al español. Esto sugiere que el mismo Herrera tradujo el título y, por ello, que sus observaciones sobre la novela están basadas en la lectura atenta del original y no en una traducción.

Herrera alaba el estilo de Thackeray para describir a los personajes “no por sus grandes cualidades, ni por costumbres dominantes, sino por pequeñas peculiaridades, afectaciones o debilidades”.68 Aun así, pone pequeñas objeciones a la cortedad de miras de Thackeray, afirmando que el autor conoce a la humanidad “por haberla visto en los salones, en los comedores, en los clubs, y en las casas de campo”.69 Sin embargo, en última instancia, elogia sus cuadros sociales debido a su potencia moral. Herrera arguye que “la carencia de buen gusto” de Thackeray para subrayar el lado cómico del vicio es ocultada por el indicio de un ideal, del que sus héroes y heroínas se desvían. Es esta yuxtaposición la que, según él, da su gracia a las novelas de Thackeray: “de esta antítesis moral surge el encanto que hallamos en todo lo que ha escrito, la mezcla de alegría y de amargura, de sentimiento y de cinismo, de sarcasmo y de sentimentalismo, de ternura y de malignidad con que contempla a la vida humana”.70

Conclusiones

En la década de 1890, los escritores mexicanos muestran un reconocimiento generalizado y respeto por el talento novelístico de Thackeray. Su ingenio, en particular, es muy admirado. En un artículo publicado en El Universal, un autor que cavilaba sobre las posibilidades del humor en México elogia The Book of Snobs (1848) por su sátira mordaz, y lo enaltece como representante de “los altos fines que el humorismo está llamado a desempeñar”.71 Un análisis sobre el novelista español Benito Pérez Galdós, publicado en El Tiempo en 1892, elogia la calidad inglesa de su escritura, que se asemeja a las de Dickens y Thackeray.72

La crítica mexicana de la literatura británica durante el Porfiriato a menudo opone la novela inglesa a la francesa. Defiende y critica a la vez a la primera por ser esencialmente moral y didáctica, mientras que caracteriza a la última como su disoluta antítesis. Por ejemplo, en su retrospectiva sobre Dickens, Altamirano afirma:

Muy al contrario de algunos novelistas franceses […] que procuran conmover aún sacrificando la moral, presentando a veces a la vista de inocentes lectores, cuadros de repugnante disolución, o pintando el vicio con colores brillantes, Dickens describe con verdad, omite toda escena que pudiera herir el pudor, y se afana en anatemizar lo malo, haciendo amar la virtud por los admirables encantos de que sabe rodearla.73

Esta clase de interpretación también tiene una influencia sobre la recepción de Thackeray. Un artículo de 1890 en El Universal alaba a los humoristas ingleses “del siglo presente y del pasado” por encontrar siempre un tono moral y procurar la ilustración de su sociedad. Debido a esta tendencia moral, el autor concluye que “siempre serán grandes en las letras y leídos en el mundo: Addison y Lamb, Carlos Dickens y Thackeray”.74

En ese mismo año, un artículo que apareció en La Patria, titulado “La novela inglesa y la francesa”, defiende la novela inglesa de las críticas sobre su frecuente nacionalismo, devoción y didactismo arguyendo que estas características sólo la hacen “especialmente insípida” cuando no es escrita por genios como “Scott, Bulwer o Thackeray”.75 El artículo afirma que la novela francesa es devorada en cuanto se publica, pero luego es descartada, mientras que “la inglesa se lee y se guarda”.

En las conclusiones de su investigación sobre las traducciones de Vanity Fair, Rodríguez Espinosa enfatiza la peculiaridad de que Thackeray se haya abierto paso en México antes que Dickens y de que esto haya ocurrido sin haber sido introducido oficialmente a la conciencia mexicana por un prominente hombre de letras.76 No obstante, como he mostrado, tanto obras de Dickens como de Thackeray fueron publicadas en México durante la primera mitad del siglo XIX y, de hecho, la publicación por entregas de The Cricket on the Hearth en 1852 precede a la de La feria de las vanidades en 1860. Sin embargo, ninguno de estos ejemplos tempranos puede ser considerado particularmente significativo, porque en el tiempo de su publicación -un periodo en el que la naciente república mexicana luchaba por definirse- no hubo una interacción crítica o literaria con ellos.

Como he argumentado, la aparición de Thackeray en México en 1860 no fue especialmente digna de ser tenida en cuenta. La Imprenta de Andrade y Escalante parece haber elegido publicar Vanity Fair por casualidad, dada su conveniente disponibilidad en una traducción francesa, como una novela entretenida que podría venderse bien después de ser adecuadamente modificada para satisfacer la tradicional moral católica de su editor.

La obra de Thackeray alcanzó al “lector común” mexicano (de hecho, a un lector poco común en un país mayoritariamente analfabeto) a mediados del siglo XIX, pero no al ámbito de la crítica literaria. Al finalizar el siglo, sin embargo, Thackeray volvió a México. Fue traído de vuelta a las conversaciones de la primera República Mexicana de las Letras, como un ejemplo de maestría literaria para leer, admirar y emular.


Notas al pie
1

Traducción al español de este artículo para Bibliographica: Andrés Íñigo Silva.

8

En esta sección utilizo el término “literatura” con su sentido anterior al siglo XVIII, que significaba el conocimiento general de las letras.

44

Véase, por ejemplo, La Sociedad, 1 de mayo de 1860.

45

Los números de La Sociedad correspondientes a 1861 y 1862 faltan en la Hemeroteca Nacional Digital de México.

46

Mercedes of Castile; or, The Voyage to Cathay (1840).

50

Véanse, por ejemplo, los anuncios de la Librería Galván en La Sociedad, 20 de abril de 1860; de la Imprenta de Ignacio Cumplido, ibid., 28 de julio de 1860; en El Correo de Ultramar, 28 de septiembre, 10 de octubre, 2 de diciembre de 1860, 26 de julio de 1863, e Imprenta de los Bajos de San Agustín, ibid., 5 de octubre de 1866.

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