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Libro de Horas de la Biblioteca Nacional de México


Josefina Planas*

* Universidad de Lérida, España, josefina.planas@hahs.udl.cat

Salgado Ruelas S, Saldaña Torres TS. Libro de Horas de la Biblioteca Nacional de México. México: Fondo Editorial Estado de México (FoeM), Secretaría de Educación del Gobierno del Estado de México, 2016 (Colección Fundiciones), 152 pp. ISBN 978-607-495-504-0.

Recepción: 10.11.17 / Aceptación: 27.11.17



Para el investigador que se dedica al tema, la presencia de un libro de horas iluminado en el fondo de la Biblioteca Nacional de México se convierte en una grata sorpresa, quizá por la ausencia de noticias relativas a su existencia, al menos en el marco de la historiografía tradicional.

Se desconocen los cauces que condujeron a este libro de horas hasta la Biblioteca Nacional mexicana. El primer dato referente al manuscrito aparece en el catálogo redactado por Jesús Yhmoff (Catálogo de obras manuscritas en latín de la Biblioteca Nacional de México, UNAM, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 1975). Si la llegada de este libro de horas (ms. 1820) al Fondo Reservado de la Biblioteca Nacional de México está envuelta en tinieblas, ocurre un fenómeno similar respecto a la identidad de su promotor original, ante la inexistencia de cualquier referencia (heráldica, iconográfica, nominal, etcétera) alusiva a su personalidad.

Esta situación se ve agravada porque en realidad es un fragmento mutilado, constituido por los Sufragios de los Santos, los Siete Salmos Penitenciales y las Letanías. La omisión de elementos tan significativos en un libro de horas ―como el calendario, las Horas de la Virgen o el Oficio de Difuntos― impiden definir con mayor precisión el centro de creación artística donde fue iluminado. No debemos olvidar que la lectura del calendario ayuda a identificar las principales festividades y en ocasiones permite reconocer con precisión la diócesis para la cual fue elaborado, si existe, por ejemplo, la fecha de dedicación de una iglesia determinada. Las Horas de la Virgen, núcleo esencial de cualquier lectura pía de estas características, se suelen articular según el uso universalmente difundido, es decir el de Roma o la curia romana, pero a veces se ajustan a la tradición de una sede específica. Por otra parte, los ciclos de imágenes que ilustran las ocho horas del oficio mariano siguen unos cánones establecidos, aunque también admiten una serie de modificaciones que proponen, grosso modo, vínculos con una zona determinada. A estos elementos se suma el lenguaje artístico de las representaciones figurativas, claro indicio sobre la procedencia del miniaturista o taller de miniaturistas que intervinieron en el proceso de iluminación. Estas reflexiones se hacen extensivas al Oficio de Difuntos, siempre parco en cuanto al número de imágenes que lo ilustran, pero rico por el amplio abanico de sus propuestas iconográficas. Otro factor que dificulta determinar los orígenes del manuscrito es la ausencia de la oración mariana Obsecro te, puesto que elimina cualquier posible información relativa al antropónimo o al género de su promotor.

En las condiciones presentes, la organización interna de este libro de horas no respeta el orden seguido por este tipo de lectura pía. De forma habitual, los Siete Salmos Penitenciales y las Letanías suelen preceder a los Sufragios de los Santos, situados en la parte final de los libros de horas. Este factor plantea la posibilidad de haber sido manipulado en una fecha indeterminada, quizá cuando el códice original fue desmembrado con la finalidad de introducirlo en el mercado de arte. El Libro de horas de la Biblioteca Nacional de México (ms. 1820) se inicia con los Sufragios de los Santos (f. 1r-12v) y más en concreto con la oración de San Sebastián (f. 1r) sin que se hayan conservado la antífona, el versículo ni tampoco la representación del santo oriundo de Narbona. Sorprendentemente, san Sebastián precede a san Juan Bautista, santo Precursor que tiene mayor rango por su parentesco con Cristo. Otro aspecto digno de mención es que no existen sufragios dedicados a santas, indicio bastante evidente de que el objeto que tenemos en nuestras manos fue compuesto arbitrariamente. Los Salmos Penitenciales (f. 13r-22v) se ilustran con un episodio relacionado con el rey David, supuesto autor de los salmos. Les suceden las Letanías, que actúan como colofón (f. 23r-26r).

A pesar de las dificultades que entraña emitir juicios sobre este libro de horas debido a su naturaleza fragmentaria, compartimos la opinión expuesta por Salgado y Saldaña, y consideramos que es un ejemplar relacionado con los territorios septentrionales de Francia. La presencia de san Adrián, san Fiacrio, san Eligio de Noyon, san Edmundo o san Dionisio apunta en esta dirección, del mismo modo que lo hace santa Genoveva en las Letanías. La existencia de san Antonio Abad, san Martín de Tours o san Nicolás de Mira hace referencia a advocaciones de carácter universal que también fueron veneradas en el solar francés. La caligrafía, por su morfología, tiende analogías con un tipo de escritura utilizada por los escribas de la zona septentrional de Francia.

El lenguaje artístico de las miniaturas que integran este libro de horas es un eco lejano de las aportaciones efectuadas por François le Barbier (Maître François), uno de los maestros parisinos más prolíficos de la segunda mitad del siglo XV, cuyo efervescente taller tuvo continuidad con su hijo homónimo. Las imágenes de los santos correspondientes a los sufragios se constriñen en el interior de los límites espaciales impuestos por los trazos de las iniciales y sólo emergen parcialmente. Cada una de estas oraciones se enriquece mediante orlas bidimensionales constituidas por elementos vegetales, flores o frutos que forman en ocasiones composiciones geométricas rectilíneas o lobuladas. Esta situación no tiene réplica en la escena situada al frente de los Siete Salmos Penitenciales, puesto que los dos protagonistas, David y el gigante filisteo Goliat, quedan integrados en un paisaje de clara inspiración nórdica, rodeados por una decoración mar­ginal compuesta por hojas de acanto y diversos tipos de flores que se disponen sobre los cuatro márgenes del folio.

El estudio de Silvia Salgado Ruelas y Tonantzin Stephani Saldaña Torres se articula en nueve capítulos. El primero se denomina “Un libro, dos historias” y en él describen las dos directrices fundamentales de su contenido: la historia de la Biblioteca Nacional de México y el análisis del libro de horas (ms. 1820), el códice más antiguo conservado en ese fondo de libros.

De acuerdo con estas pautas preestablecidas, en el segundo capítulo, titulado “Una breve historia de la Biblioteca Nacional de México”, se desgrana la historia de esta institución, desde la finalización de la guerra de independencia de México (1810-1821) hasta nuestros días. Se trata de un elaborado resumen que desvela un complejo panorama histórico, especialmente gráfico para aquellos lectores que por vez primera tienen contacto con este importante fondo bibliográfico. A su vez, el texto también informa sobre el origen de las colecciones de libros que lo nutrieron, provenientes del mundo novohispano y decimonónico.

Sigue a continuación el capítulo “De los libros de horas manuscritos e iluminados”. En esta sección las autoras desarrollan la evolución del libro manuscrito desde la caída del Imperio Romano hasta la ocupación de Constantinopla por los turcos otomanos y los últimos restos del Imperio Bizantino, para reflexionar sobre el papel protagonista desempeñado por los libros de horas durante los últimos siglos medievales. El éxito de estas lecturas piadosas fue consecuencia de una nueva sensibilidad religiosa, asociada a la devotio moderna practicada en los Países Bajos del Sur, que proponía un tipo de plegaria silenciosa e interiorizada. Los libros de horas, usados por los laicos y en menor medida por los hombres de religión, alcanzaron una difusión extraordinaria debido a la variabilidad de plegarias que los configuraban, establecidas al margen del ciclo litúrgico, en paralelo con las inclinaciones religiosas de la persona que los encargaba. Para acceder al análisis de su contenido, Salgado y Saldaña invocan el trabajo todavía imprescindible de Víctor Leroquais, investigador galo que clasificó el conjunto de plegarias que constituyen los libros de horas en elementos esenciales, secundarios y accesorios. Sin embargo, esta clasificación meritoria del abate Leroquais se sustenta únicamente en los libros de horas conservados en la Biblioteca Nacional de Francia y por ese motivo, posteriormente han surgido publicaciones que matizan la ordenación jerárquica impuesta por el erudito francés, en especial cuando son objeto de estudio ejemplares iluminados en los territorios meridionales de Europa.

El último párrafo de este capítulo resulta sugerente porque aborda un tema poco considerado: la revalorización de la que fueron objeto los manuscritos medievales a partir de los trabajos de Jean Mabillon (1632-1707) y Bernard de Montfaucon (1655-1741). A esta breve relación se debería sumar Jean-Baptiste-Louis-Georges Séroux d’Agincourt (1730-1814) y la controvertida figura del abbé Rive (1730-1791), ambos interesados en la reproducción sistemática de las imágenes que decoraban los manuscritos medievales, mediante la aplicación de métodos que prefiguran a las ediciones facsímiles actuales.

El capítulo más extenso y núcleo esencial de este trabajo se titula “Sobre el libro de horas de la Biblioteca Nacional de México” y está consagrado a analizar desde una perspectiva amplia este libro de horas. Una de las características más significativas de esta publicación es el rigor con el que las autoras han afrontado el análisis codicológico. En él se describen con sumo detalle todos los aspectos materiales que afectan su composición. El mismo rigor analítico se proyecta sobre la paleografía y las letras capitales que jalonan el texto. En contrapartida, uno de los temas que queda relegado a un segundo plano es el análisis estilístico de sus ilustraciones. Si bien las autoras reconocen que el libro de horas (ms. 1820) fue iluminado en el área septentrional francesa, se echa en falta la consulta de publicaciones recientes que aportan nuevos datos sobre centros de creación artística de la categoría de la ciudad de París durante la segunda mitad del siglo XV e inicios del siguiente. No obstante, el estudio sobre la producción de libros de horas en Francia cuenta con la participación de prestigiosos investigadores, sumamente especializados, quienes a partir de este excelente trabajo podrán aquilatar con mayor precisión la figura del artista o el taller de miniaturistas que intervinieron en su iluminación.

El análisis del libro de horas de la Biblioteca Nacional de México se complementa mediante una tabla de inicio de textos ―imprescindible para establecer la relación texto-imagen en un códice de estas características―, un alfabeto, un índice iconográfico del manuscrito, un glosario y la bibliografía.

Por último, sólo cabe subrayar de nuevo el tono riguroso y metódico impuesto por las autoras a este estudio. En cualquier caso, es de esperar que tienda puentes de unión con la comunidad científica internacional dedicada a estudiar libros de horas, con el objetivo de que el ejemplar custodiado en la Biblioteca Nacional de México sea incluido entre la producción miniada del área parisina, en torno al tercer cuarto del siglo XV.