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Si El Renacimiento tendía la mano, de El Libre Pensador asomaba el acero. Antagonismo en la República Restaurada


If El Renacimiento reached out a Hand, El Libre Pensador Wielded the Sword. Antagonism in the Restored Republic

Francisco Mercado Noyola*

* Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, franciscomn@unam.mx



Resumen

Este artículo expone las condiciones históricas que, durante la República Restaurada en México, dieron origen a un proyecto editorial como la revista El Renacimiento (1869), cuya consigna era acoger en su seno las producciones literarias de todas las plumas conspicuas del país, sin importar su filiación o pasado político. Este esfuerzo, liderado por Ignacio Manuel Altamirano, tuvo considerable cuórum por parte de los principales literatos, tanto liberales como conservadores. Un año más tarde, ante la virulencia del periódico católico La Voz de México, aparece El Libre Pensador. El presente trabajo pretende contrastar los textos y posturas de ambas publicaciones liberales.



Abstract

This article shows the historical circumstances that, during the Restored Republic period in Mexico, gave birth to an editorial project such as the magazine El Renacimiento (1869), whose principle was to welcome in its pages literary productions from all the brilliant writers of the country, no matter their political past or membership. This effort, headed by Ignacio Manuel Altamirano, had a considerable quorum from liberal and conservative renowned literary figures. One year later, confronting the Catholic journal La Voz de México, El Libre Pensador appeared. This paper aims to contrast the texts and political stances of both liberal publications.

Recepción: 29.05.18 / Aceptación: 07.01.19


Palabras clave: El Renacimiento, El Libre Pensador, República Restaurada, Ignacio Manuel Altamirano, liberalismo, conservadurismo.
Keywords: El Renacimiento, El Libre Pensador, Restored Republic, Ignacio Manuel Altamirano, liberalism, conservativism.

Introducción

De la conciliación a la suspicacia hay un solo paso…

Durante los primeros años de la República Restaurada en México, la opinión pública de todas las tendencias políticas comenzó a manifestar un clamor unánime: la paz debía ser ya perentoria y extendida en todo el país. Hasta la más férrea guardia liberal vio con indulgencia la moderación de algunos de sus principios políticos más radicales. Todo régimen recién instaurado, al finalizar una conflagración civil que deja heridas profundas en el tejido social ­-para ganar legitimidad y apoyo por parte de disímiles fuerzas políticas­-, se ve en la situación de transigir hasta con los antagonismos ideológicos más opuestos. No obstante, el gobierno liberal de Benito Juárez tuvo, quizá con razón, muy poca confianza en la voluntad de concordia de sus adversarios; de tal modo que el Ejecutivo federal comenzó a tomar medidas que procuraran la gobernabilidad desde su entrada a la Ciudad de México en julio de 1867. El Congreso atribuyó al presidente facultades extraordinarias bajo la razón cierta de que aún no se había firmado la paz con Francia. Juárez debió enfrentar, desde la victoria republicana hasta su muerte en 1872, una oposición virulenta y diversificada en la prensa nacional, así como el peligro latente de que nuevamente surgieran levantamientos caudillistas en el interior de la República. Sólo sus colaboradores más cercanos -conocidos como los “Inmaculados de El Paso”- comenzaron a formar a su alrededor un blindaje de irreprochabilidad moral y heroísmo broncíneo. Por el contrario, algunos periodistas, inclusive de filiación liberal -aunque radical y pura, los llamados “rojos” o “jacobinos”-, continuaron ejerciendo una crítica incisiva y aun cáustica de los actos de gobierno de la administración juarista.

Uno de estos últimos fue Hilarión Frías y Soto, redactor en jefe del periódico satírico de tendencia liberal La Orquesta, asistente a las Veladas literarias y colaborador del periódico literario El Renacimiento, quien a finales de 1867 publicó en aquel un editorial tan virulento que provocó que Vicente Riva Palacio ­-anterior editor­- se deslindara del asunto. Frías y Soto equiparaba ahí, desde su óptica acaso extremista, las prácticas -por él consideradas autocráticas- del Ejecutivo a los entonces recientes decretos imperiales de Maximiliano de Habsburgo, de tal modo que se veía cuestionada la superioridad moral de la República sobre el Imperio: “­-Nada, no hemos podido arrancarnos la costumbre, monarquía tuvimos: y su lenguaje, su tecnología, sus hábitos, todo se nos ha quedado como un resabio de mala ley que nos lastima el paladar aún después de tragada la píldora”.1

Días después, el crítico social del Álbum fotográfico publicó “Obertura a toda orquesta”, editorial donde presentaba con ingenio un cuadro de costumbres que describía la escena de una tradicional posada, haciendo mofa de la “Convocatoria” que Juárez había dirigido al pueblo para los comicios de ese año en el Boletín Republicano (en realidad un plebiscito, considerado por algunos inconstitucional, que pretendía lograr la atribución de nuevas facultades al Ejecutivo). Dentro del texto Frías intercalaba versos satíricos, a modo de letanía: “Quién les da posada / a estos peregrinos, / que vienen cansados / de hacer desatinos. / Los héroes del Paso / no cuidan su gloria, / por traer en sus hombros / la convocatoria. / El ángel se cansa, / también el jumento; / dejad que descansen / siquiera un momento”.2

La caricatura de Constantino Escalante que contenía esta entrega de La Orquesta muestra al Benemérito y sus ministros llevando en hombros un pequeño lechón que representaba la mencionada convocatoria, pidiendo posada a las puertas del Congreso. En este mismo sentido, el doctor Frías y Soto, en otro de sus textos en primera plana de La Orquesta, diserta sobre la cuestión en boga de la amnistía, la cual había dado origen a una polémica con Francisco Zarco. Éste, desde las columnas de El Siglo Diez y Nueve, pugnaba por una justicia implacable y meticulosa, mientras que don Hilarión -en su editorial “Traidores y traidorcillos”- sostenía la aplicación estricta de la ley penal, considerando las condiciones atenuantes para aquellos de menor rango y cuantía en sus atentados a la patria durante el episodio imperial. Escribe el médico queretano: “De aquí es que la conciencia pública no ha quedado satisfecha, y que toda la sociedad ha clamado al ver a los grandes criminales irse ricos y tranquilos al extranjero, mientras algunos traidorcillos insignificantes sufren aún la prisión más severa”.3

Pocos días después, el autor de Vulcano ­-considerando la “adoración sistemática” que se tributaba a la figura de Juárez­- menciona todas las presidencias basadas en recursos legales del brillante jurista a través de la era de la Reforma, así como la última que acababa de asumir: interina como presidente de la Corte, de la era constituyente, de la era constitucional, con facultades extraordinarias, convocante y constitucional. Escribe Frías: “Se entiende, si puede haber tomado posesión del mando antier, el que lleva catorce años de poseer. Pero nos conformamos muy fácilmente nosotros con que nos cambien el nombre de las cosas, aunque siempre nos den las mismas”.4

En febrero de 1868, el redactor en jefe de La Orquesta publicó un editorial para hacer justa remembranza del general Ignacio Comonfort (caído en una emboscada de las huestes conservadoras en 1863), cuyos restos habían sido conducidos unos días antes al panteón de San Fernando e inhumados ahí. El periodista rojo y puro recordó entonces lo que él había considerado la timorata huida de Juárez y su séquito, lo cual más tarde sería reconocido como un episodio honroso de nuestra historia, la Presidencia Itinerante hasta Paso del Norte: “Pero el gobierno había perdido la fe y pensaba confiar en la fuga la salvación de los poderes de la República, escribiendo en sus maletas de viaje la célebre frase de Luis XIV: ‘el Estado soy yo’”.5

Lo anterior es muestra de lo que ocurría en el areópago. La prensa nacional era la forjadora de la opinión pública que no fue unánime -en la beatificación de Juárez en el panteón nacional- sino sólo a partir del 18 de julio de 1872, el día de su muerte. Las fuerzas políticas seguirían su cauce natural de ambición, discordia y oportunismo, antes de tomar por bandera lo que el historiador estadounidense Charles A. Hale ha llamado “el liberalismo como mito político unificador”. El ministro, el tribuno y el jurista estarían condenados a no tener mayor certeza que el día presente.

En otro ámbito existía una potencia de la reconstrucción nacional que requería -en la misma medida que la política- de las voluntades más nobles de la Patria para continuar su desenvolvimiento, a saber, la fundación literaria. Toda vez que los escritores de esta época asumieron la responsabilidad de consolidar el comienzo del archivo de la literatura nacional, tanto los líderes como sus epígonos tuvieron como consigna la búsqueda de un ideario común, lejano de las pasiones políticas, que durante medio siglo habían sido tan ineludibles como fecundas en su caldo de cultivo de lo nacional.

Después de transcurridas tertulias de trascendencia histórica como las Veladas y la Bohemia literarias (1867-1868), Ignacio Manuel Altamirano y otros autores, de distintas tendencias tanto estéticas como políticas, deciden fundar una revista literaria en la que tuvieran cabida las obras de las más conspicuas o noveles plumas de la nación, sin considerar ideologías ni discrepancias creativas. Mientras esto ocurría en el transcurso de 1869 -bajo el velo protector de Calíope, Clío y Erato- casi al mismo tiempo, ante la tenacidad de un enemigo tan vehemente como pertinaz (la Sociedad Católica y su órgano de comunicación La Voz de México), algunos de los escritores liberales que formaron parte del campo intelectual que integró las tertulias literarias y la redacción de El Renacimiento fundaron el 5 de mayo de 1870 -ocho años después de la gesta heroica de Puebla- la Sociedad de Libres Pensadores y su órgano difusor El Libre Pensador.

La Sociedad Católica, agrupación que daba presencia al Partido Conservador, recientemente vencido, ante la sociedad mexicana, tomando legítima ventaja de la ley de Amnistía que se debatía en el Congreso, había comenzado a intervenir de manera jurídica y ostensible en la ciencia aristotélica colectiva con varias publicaciones, desde abril de 1870 mediante La Voz de México. Este diario se propuso criticar y combatir algunas de las deficiencias del régimen liberal. La tendencia de La Voz, así como de la sociedad que lo publicaba, osciló entre el conservadurismo moderado y el clerical. Por ello, El Libre Pensador fue formado con objeto de dejar en claro a la Sociedad Católica qué partido había sido el vencedor en las guerras de Reforma y de Intervención.

El propósito del presente trabajo es exponer cuán alejados se encontraron los periódicos liberales El Renacimiento y El Libre Pensador en cuanto a sus objetivos conciliatorios y combativos, respectivamente. Asimismo, se propone el aserto que sostiene que el ámbito del arte y las bellas letras constituía para la intelligentsia republicana un espacio para poner en práctica lo que resultaba quizá mucho más arduo -aunque nunca imposible- en la política: la confraternidad en un país en pleno proceso de consolidación. Así como en la arena pública, donde se trataba de conservar el poder e imponer la ideología que se había defendido con la propia vida, la confrontación y la hostilidad eran inevitables, la fundación literaria también ofrecía su dosis de resistencia.

Nicole Giron, investigadora de origen francés que acaso ha disertado con mayor precisión y acuciosidad que muchos estudiosos mexicanos sobre nuestra centuria decimonona, advierte con una reflexión preclara que la revista literaria El Renacimiento representa no el inicio de una tradición nacional, sino la consolidación de un proceso iniciado medio siglo antes por los autores ilustrados y entusiastas de la Independencia:

Pero no debería ser considerada ya como el punto de arranque del propósito nacionalista de atribuir la prioridad a las temáticas mexicanas en las obras literarias generadas en el país. En efecto, los progresos de la investigación en México durante los últimos 20 años han llevado a revisar opiniones que eran predominantes hacia la década de los setenta del siglo XX, y han mostrado que el afán de crear una literatura propia en la nueva entidad política… debe ubicarse mucho antes en el tiempo. […] Sin olvidar los primeros intentos gubernamentales por crear instituciones enfocadas a la transmisión del saber y a la promoción de la cultura que estaban condenados al fracaso, por prematuros.6

Uno de los esfuerzos culturales emprendidos en las primeras décadas del México independiente fue la formación de una de las asociaciones literarias precursoras de todo un movimiento cultural que sobrevendría durante el resto del siglo XIX: la Academia de San Juan de Letrán. El mural que Diego Rivera tituló, más de una centuria más tarde, en 1947, Sueño de una tarde dominical en la Alameda central presenta entre sus personajes históricos a Ignacio Ramírez el Nigromante presidiendo la Academia de Letrán en 1836. Se sabe que su notable discurso de ese año negaba la existencia de Dios, en aras de potencias físicamente reconocibles de la naturaleza. Asimismo, los mexicanos que deseamos entablar un diálogo franco y sin ambages con nuestro origen cultural percibimos en la Academia presidida por don Andrés Quintana Roo un íncipit de la cultura mexicana, mientras que sabemos que el Liceo Hidalgo y la revista El Renacimiento constituyeron más adelante productos afinados de la soberanía cultural que, a la par que la política, nunca ha dejado de representar, en cierta medida, una quimera.

El Renacimiento de las letras cimentaría la concordia de la patria

El Renacimiento. Periódico Literario comenzó a publicarse en 1869, bajo la dirección de Ignacio Manuel Altamirano y Gonzalo A. Esteva. En este emprendimiento participaron un gran número de escritores que cultivaban todos los géneros y profesaban todas las ideologías existentes entonces en nuestra cultura poscolonial. Nicole Giron apunta sobre el espíritu de pluralidad cultural e ideológica de esta revista literaria fundamental:

La respuesta positiva que los más reservaron a esta invitación dio un carácter excepcional a El Renacimiento, que representa -en opinión de José Luis Martínez- una de las contadas experiencias de convivencia política pacífica habida en México entre los hombres de letras, tan dados a dividirse en grupos y grupúsculos enemigos al menor pretexto ideológico. El carácter plural que la revista deseaba adoptar se ponía de manifiesto al enumerar los personajes que habían aceptado sumarse a la empresa que se iniciaba.7

Por su parte, un joven que recién se había iniciado en la vida literaria capitalina con su participación en las Veladas literarias de 1868, Justo Sierra, consideró que con esta publicación periódica había comenzado la paulatina emancipación de México de la cultura europea. Algunos de sus principales redactores y colaboradores fueron este entonces joven poeta campechano y el coahuilense Manuel Acuña, así como la poeta española Isabel Prieto de Landázuri. Éstos y sus cofrades provenían de la disolución de las Veladas literarias, las cuales hacía un año habían derivado en meros festines que desterraron a las musas.

Hesiquio Iriarte fue el litógrafo de la publicación, que pugnó por la creación de una conciencia cívica nacionalista y por dar a conocer las creaciones de los compatriotas en todos los ámbitos del arte. Un ejemplo de estos esfuerzos fue la difusión de la ópera Ildegonda del célebre compositor Melesio Morales, aunque El Renacimiento no pudo apartar del gusto popular el cancán y la zarzuela. En esta época se bosquejaron importantes retratos de la capital en la “Crónica de la Semana” a cargo de Altamirano, quien publicó allí por primera vez la novela Clemencia. El Renacimiento concluyó en 1869, junto con la vida de uno de sus más entusiastas impulsores: el gran combatiente liberal Francisco Zarco.8

El principal animador y figura literaria de la revista fue el maestro Altamirano; el sostén financiero corrió por cuenta de Gonzalo A. Esteva, a la sazón funcionario del Ministerio de Relaciones. La parte crítica estuvo a cargo de Francisco Pimentel, José María Roa Bárcena y en ocasiones de Altamirano. La narrativa publicada era de corte romántico y sus principales exponentes fueron Santiago y Justo Sierra, al igual que José Tomás de Cuéllar. La poesía romántica la cultivaron Manuel Acuña y José Rosas Moreno.9 Huberto Batis, en su estudio introductorio a la edición facsimilar de El Renacimiento, escribe sobre la importancia fundamental de esta revista en el devenir de la literatura nacional:

A poco más de un siglo de la restauración de la República liberal, justo es recordar la labor de los intelectuales y literatos que dejando las armas que habían trocado por la pluma cuando lo consideraron su deber, volvieron al magisterio de las aulas y de la letra impresa, y a la participación política cuando el país se los demandó. Con profusión y entusiasmo que se ha visto en muy pocos momentos de nuestra historia, fueron produciéndose desde los primeros momentos de paz obras valiosas en las artes y las ciencias, las cuales se apresuró a recoger la gran visión del maestro Ignacio Manuel Altamirano para formar con ellas, piedra a piedra, el “monumento” ­-como supo llamarlo­- de su revista semanaria El Renacimiento, en la que hoy, conforme a su intención, podemos examinar el sorprendente florecimiento cultural del tiempo.10

Durante casi medio siglo el más grave conflicto del México independiente fue la discordia política y civil -que hoy atesoramos como edificante e inevitable-, y que en su momento provocaba la constante interrupción de los trabajos científicos, artísticos y literarios de las distintas agrupaciones que luchaban por mantener viva la llama del saber y el progreso. Estas Arcadias, siempre bajo el fuego de la artillería, tuvieron que sufrir el asedio de la ineludible barbarie bélica durante años. En julio de 1867 parecía finalmente posible que la violencia y el caos imprescindibles en todo alumbramiento abrieran paso a la paz y consolidación nacionales, incluida la fundación cultural por medio del arte y las bellas letras.

En su estudio preliminar Batis enfatiza la empresa descomunal que representaba, para los escritores mexicanos, el comenzar a fijar y sistematizar el (siglos atrás iniciado) archivo de la literatura nacional. Después de décadas de caos social y dominio de la Iglesia -emanados de un régimen virreinal- en el espacio público cotidiano, ante la incomprensión de los postulados liberales por parte de una comunidad nacional desdibujada, los liberales concibieron la literatura como el factótum de la cohesión republicana. Escribe Batis:

Esta encomiable labor de los hombres que con Altamirano hicieron El Renacimiento cobra relieve si se considera que se enfrentaron a un pueblo que acababa de salir de la guerra y de recuperar su independencia, indisciplinado en la inseguridad económica, inmaduro todavía para adherirse a las instituciones liberales reimplantadas. Como teóricos contribuyeron a definir la idea nacional y a reunir una sociedad fragmentada que debía reacomodar su existencia democrática. Altamirano supo recoger lo mejor del liberalismo en El Renacimiento: el equilibrio, la escuela de moderación, la concordia o conciliación de fuerzas, la tolerancia y el cosmopolitismo.11

En la “Introducción” al periódico literario El Renacimiento, Ignacio Manuel Altamirano pone de relieve el hecho de que el fin de las guerras, tanto de Reforma como de Intervención, al igual que el nuevo anhelo de paz y concordia, tendrían en la creación literaria su máxima concreción posible: “Cesó la lucha, volvieron a encontrarse en el hogar los antiguos amigos, los hermanos, y natural era que bajo el cielo sereno y hermoso de la patria, ya libres de cuidados, volviesen a cultivar sus queridos estudios y a entonar sus cantos armoniosos”.12 En este mismo sentido se expresa Huberto Batis respecto al papel fundacional y rector de las masas populares que los liberales reformistas se atribuyeron a sí mismos. Es así como el editor del suplemento Sábado de Unomásuno advierte la presencia del pensamiento conservador en las páginas de El Renacimiento, tanto como la de un liberalismo creyente en la visión católica ­-Lamartine, Chateaubriand, Víctor Hugo­- de la revolución social en Europa:

La generación intelectual de El Renacimiento tuvo figuras que pudieron definirse y caracterizarse; entre ellos había “conservatistas”, pero también precursores del futuro. Estudiaron, buscaron un estilo propio, y apoyaron la Reforma en sus líneas de justicia y fraternidad liberales. Como educadores cumplieron con su misión; fue una generación grave y moralista, cargada de responsabilidades que ellos mismos quisieron arrogarse. Su arte romántico se volvió en sus manos medio y no finalidad, pues resolvieron interesarse en los problemas de su tiempo (crítica de abusos, denuncia de miserias, enseñanzas y prédicas). Ellos presintieron el advenimiento de una edad dorada (tal como se empeñaron en soñarla y en planearla los mejores románticos europeos) y creyeron con optimismo en su nación.13

A nombre de la Redacción de El Renacimiento, Altamirano concluye su texto introductorio con las siguientes líneas:

Nada nos queda ya que decir, si no es que fieles a los principios que hemos establecido en nuestro prospecto, llamamos a nuestras filas a los amantes de las bellas letras de todas las comuniones políticas, y aceptaremos su auxilio con agradecimiento y con cariño. Muy felices seríamos si lográsemos por este medio apagar completamente los rencores que dividen todavía por desgracia a los hijos de la madre común.14

Acaso se tratara de reminiscencias del pensamiento mágico precortesiano o del providencialismo católico español por parte de los liberales reformistas, lo cierto es que atribuyeron a la literatura -antes que a la ciencia política- el poder de cimentar la fundación nacional, eliminar las rencillas políticas, atenuar los rencores que provocaban las desigualdades, erigirse en agente de morigeración social y, en fin, constituir todo un afluente que conduciría a la cohesión de una comunidad nacional en proceso de formación. Mediante conjuros poéticos y tratados sesudos sobre la patria, pretendían estos idealistas bien intencionados borrar tres siglos de opresión colonial, supremacía peninsular, heterogeneidad étnica y social, “pigmentocracia”,15 así como medio siglo de caos político, crisis económica, derramamiento de sangre y ambiciones imperialistas por parte de las potencias extranjeras.

Expectativas ciertamente desmesuradas pusieron los escritores republicanos en las facultades conciliadoras de una revista literaria. No obstante, fue una realidad el hecho de que entre los redactores y colaboradores de El Renacimiento se convocó a algunas de las plumas más destacadas (mujeres, hombres, jóvenes) de ambos bandos de la política nacional, además de algunos personajes de la ciencia y las letras que -en muchos casos, por razones ajenas a su ideología- les resultó conveniente colaborar con el gobierno de Maximiliano de Habsburgo. Tal fue el caso, por ejemplo, del gran bibliógrafo Manuel Orozco y Berra. Victoriano Agüeros, en su galería de Escritores mexicanos contemporáneos (1880), refiere que Orozco y Berra, imposibilitado para integrarse a la comitiva del presidente Juárez hacia Paso del Norte, se vio obligado a permanecer en la capital. Al establecerse el gobierno imperial, aceptó de parte de Maximiliano los cargos de director del Museo Nacional, miembro de la Academia de Ciencias y Literatura y consejero de Estado, también fue nombrado oficial de la Orden del Águila Mexicana.16 Nada de esto obstó para que el autor de Materiales para una cartografía mexicana se hallara entre los redactores del tomo II de El Renacimiento.

En el mismo sentido, uno de los miembros más prominentes del Partido Conservador, José María Roa Bárcena -quien había formado parte de la Junta de Notables que ofreció el trono de México al archiduque austriaco- publicó colaboraciones en El Renacimiento. Después de la instauración del Imperio, Roa Bárcena se negó a colaborar en él debido a la política liberal del monarca europeo. Por ello, algunos republicanos obraron a favor de su exoneración, al hallarse preso como traidor a la patria. Hilarión Frías y Soto escribe sobre este personaje conservador en El Siglo Diez y Nueve un cuarto de siglo más tarde: “militó frente a mis filas, contra mi partido, y como un rudo y terrible adversario de los principios republicanos. […] Católico sincero y conservador intransigente, ni retorció su conciencia para amoldarse a la política seudo-liberal de Maximiliano, ni rebajó su dignidad, sacrificando por interés sus convicciones a las exigencias de la intervención”.17

Roa Bárcena publicó en El Renacimiento su traducción del “Mazeppa” de Lord Byron, poema romántico de ambivalencia moral donde se exalta al héroe eslavo homónimo por su entrega a una pasión ilegítima, aunque también enfatiza el castigo severo a su osadía e impulsividad. El poeta conservador había expresado en varios de sus escritos anteriores el poder de seducción que ejerció en él ­-sobre todo en su edad moza­- la poesía de corte romántico. Era la expresión impetuosa del sentimiento la que había atraído su estro hacia la sensibilidad de Werther; no obstante, asignaba a este horizonte literario el rasgo de inmoral, debido a sus excesos e influencia perniciosa sobre la juventud. De Byron exaltaba don José María su agudo ingenio, su alta inteligencia e idealismo; mas deploraba su impiedad y su materialismo sensual, tanto como su escepticismo y sarcasmo. Lo hubiera considerado el poeta de su siglo si el egregio inglés hubiese mostrado respeto por lo sagrado y preocupación por la influencia social de su poesía.

Durante el siglo XIX quedó inmortalizado el personaje de Mazeppa (protagonista del poema narrativo en cuestión) por la pluma de Byron, en las partituras de Liszt y el pincel de Delacroix, entre otras representaciones trascendentales. En el relato popular del noble cosaco que sucumbe ante su pasión por la esposa de un aristócrata polaco ­-quien le inflige la severa pena de atarlo desnudo al lomo de un corcel salvaje, que lo lleva finalmente de vuelta a su aldea natal­- Roa percibe, por parte de la voz poética, el amor impoluto e inmarcesible de Mazeppa por María, al igual que un arrojo temerario ante el juicio del mundo y su sentencia implacable.

He aquí, en la tendencia estética de don José María y en su traducción de esta obra del bardo inglés, un ejemplo señalado de la ambigüedad implícita en el binomio “liberal-romántico” y “conservador-neoclásico” -criterio simplista hoy superado-, así como de la respetabilidad que se granjeaba ante sus adversarios políticos un auténtico ideólogo de la Reacción que daba muestras de una aguda sensibilidad estética, además de una apertura honesta y congruente hacia un campo literario común en El Renacimiento, durante los primeros años de la República Restaurada.

En su estudio biográfico de 1895, el doctor Frías y Soto dice rendir pleito homenaje a Roa Bárcena,

al erudito y correcto combatiente, al poeta, al hábil prosista y al concienzudo historiador: hasta como partidario merece mis simpatías, puesto que católico sincero y conservador intransigente, ni retorció su conciencia para amoldarse a la política seudo-liberal de Maximiliano, ni rebajó su dignidad, sacrificando por interés sus convicciones a las exigencias de la intervención francesa.18

Otra prueba irrefutable del espíritu ecuménico de El Renacimiento es el caso del poeta Casimiro del Collado, también colaborador de esta revista literaria. Hombre ecléctico en cuanto a su credo político y estético, español de nacimiento y mexicano por elección, fue autor de la “Oda a Méjico”, que dedicó a José María Roa Bárcena y en la cual deplora la debacle de su segunda patria, así como la decadencia del criollismo independentista. Al igual que en el caso del traductor de “Mazeppa”, don Casimiro había sido formado en la tradición clásica, pero en su juventud fue cooptado por el sabio hastío de Fausto.

Hilarión Frías y Soto escribe en uno de sus textos críticos de 1895 sobre Del Collado: “Aquella honda tristeza, aquel desencanto de la existencia, aquel dolor tenaz y punzante que respiraba la poesía romántica […] pero nuestro poeta llevaba a la escuela imperante su enseñanza severa y clásica […] ¿Es clásico el Sr. Collado en cuanto ha producido en los últimos años? Sí, pero clásico moderno”.19 Breves líneas, no obstante significativas; aquí el doctor Frías se apegaba a los postulados estéticos de Johann Wolfgang von Goethe, quien -hacia el final de su vida- equiparó rotundamente el Romanticismo con la enfermedad y el Clasicismo con la salud. Asimismo, es presumible que con los adjetivos “clásico” y “moderno” el queretano se haya referido a una forma expresiva mesurada que, elevada sobre el amaneramiento superficial dieciochesco, hiciera alusión a la gran búsqueda del siglo por parte de los liberales, es decir, la morigeración social a través de una suerte de literatura ejemplar que cimentara la integridad moral del pueblo.

Más adelante añade a su estudio literario el vehemente Portero del Liceo Hidalgo: “Y tendría que insertar aquí sus dos composiciones, Laurus nobiles, con que envió plantas de laurel a Guillermo Prieto y al Sr. Pagaza, como Petrarca plantó un laurel en la tumba de Virgilio […] y no podría emitir sus versos a la memoria del Sr. García Icazbalceta”.20 Es de hacer notar aquí que Del Collado dedicara algunos de sus postreros poemas al imprescindible cantor de La musa callejera, tanto como al sacerdote y árcade Clearco Meonio y al gran bibliófilo mexicano y peninsular.

Su inclusión en El Renacimiento apunta hacia el alineamiento de una pléyade de notable eclecticismo; jamás en nuestras letras hubo mayor fecundidad en un humus más heterogéneo: amor a dos patrias, inclinación aleatoria por dos poéticas, filiación a dos ideologías, lealtad y tributo hacia cofrades tan dispares.

En contrasentido a la concepción griega clásica de la juventud y feminidad -en la que éstas eran conformadas por seres humanos inferiores debido a su estado de imperfección-, para los impulsores de El Renacimiento estos sectores de la sociedad tuvieron una relevancia fundamental a causa de su potencial creativo, maleabilidad y conductibilidad inherentes en aquel estadio histórico. El oro de los jóvenes liberales destacados como Justo Sierra había tenido participación en las Veladas literarias. Éste recordaba que en la residencia de Manuel Payno se había rozado con la élite intelectual de la nación: “¡Qué hombres había allí, la nobleza, la alta nobleza de las letras de la patria!”.21

Por su parte, Juan de Dios Peza recuerda en sus Memorias la velada en casa de Rafael Martínez de la Torre, cuando él contaba apenas con 15 años de edad. Cita las palabras de Altamirano, quien le dijo: “Ahora sí, hijo mío, a estudiar mucho y a escribir sin miedo, ha renacido la literatura nacional y hay que cantar a la patria libre y unida”.22 Poco tiempo después -en su semanario Lunes- Peza escribía sobre el poeta y periodista Rafael de Zayas Enríquez que se trataba de un joven exiliado durante el Segundo Imperio, de prominente familia veracruzana con ascendencia teutona, de filiación liberal y romántica, pero tendencia filosófica abstracta y dura, que recién había hecho su aparición en la escena de las letras nacionales.

Hilarión Frías y Soto escribe un cuarto de siglo después que Zayas entonces “tenía 20 años, y entraba, neófito laureado ya, a la escuela de Altamirano, a los grupos literarios que reconstruían un renacimiento intelectual, disipada la noche de sangre y duelo que tendieron sobre la Patria la traición y el imperio”.23

El autodenominado Portero del Liceo Hidalgo ofrece de nuevo aquí un cuadro representativo de su tiempo y de su ortodoxia política. Da cuenta del liderazgo unánime de Ignacio Manuel, a la vez que le adjudica el encabezamiento de la “Reforma intelectual” y la concordia política, además de atribuir de forma maniquea la debacle nacional al conservadurismo monarquista. Más adelante, en el mismo artículo, escribe Frías que “fue también cuando [Zayas] se filió en esa secta de abnegados que llenos de fe, de amor a la patria y de adoración por el arte, sin estímulo ni aliciente, echaron los cimientos de nuestra literatura nacional moderna”.24 Con toda seguridad se refiere Frías aquí a sus recuerdos de los esfuerzos emprendidos para construir la concordia intelectual y la fundación literaria en El Renacimiento en 1869.

Dentro de este común horizonte ecuménico, autoras conspicuas de la época, como Isabel Prieto de Landázuri y Esther Tapia de Castellanos, tuvieron también cabida en la célebre publicación literaria, que sentó un importante precedente de apertura al talento literario femenino.

Para finalizar este apartado, resulta relevante apuntar que algunos ministros del culto católico como el padre Ignacio M. Montes de Oca y Obregón -quien firmaba sus obras como el poeta neoclásico Ipando Acaico, árcade ajeno al supuesto credo romántico liberal- también participaron en las columnas de El Renacimiento. Es notable, asimismo, el hecho de que en este semanario se haya publicado (por primera vez y por entregas) la novela Clemencia de Ignacio Manuel Altamirano, relato en que el maestro fija su postura ideológica con respecto a la Intervención francesa.

Clemencia (la Patria), joven obnubilada y engañada por falso oropel (la belleza apolínea de Enrique Flores), desdeña el amor honesto e inquebrantable de Fernando Valle, héroe byroniano de palidez y fealdad viril ostensibles, a quien -en su ceguera frívola­- envía al patíbulo irrevocablemente. El argumento de esta novela ha sido considerado maniqueo por todo un sesquicentenario de crítica. Esto se debe a que la élite conservadora in illo tempore había trabajado arduamente por una nueva forma de emulación de Europa, antes que por la intrincada búsqueda de nuestra autodeterminación nacional, y la novela puede ser interpretada como un manifiesto por la unidad nacional en la amnistía y la mutua comprensión entre ambos sectores polarizados de la sociedad mexicana.

La paz o la pérdida de la patria

El pensamiento político de una de las mentes más preclaras de nuestra centuria decimonónica, el literato y periodista duranguense Francisco Zarco (fallecido justo el año en que se editaba El Renacimiento), es retomado por Daniel Cosío Villegas en su Historia moderna de México, cuando lo cita para exponer que en los primeros años de la República Restaurada ya se iba forjando de manera incipiente la concepción del liberalismo nacional como el “mito político unificador” que propone Charles A. Hale en su iluminadora obra La transformación del liberalismo en México a fines del siglo XIX.25 Es decir, en el siguiente párrafo ­-de la autoría de Zarco­- se percibe de manera objetiva la transición de un estadio histórico de caudillos oportunistas y confrontación ideológica abstracta hacia otro donde comienza a pergeñarse una práctica estadística cuantitativa y cualitativa que se traduce en el positivismo porfiriano:

El país, aleccionado por la experiencia, no tiene ya fe en los pronunciamientos, ni en los generales en jefe investidos de facultades omnímodas, ni en los planes regeneradores, ni en los ejércitos restauradores de las garantías, ni en las juntas de notables, ni, en fin, en las promesas revolucionarias. Muchas veces ha andado ese camino, y bien sabe que conduce a insondables abismos, que trae consigo la devastación, la ruina y la miseria, que engendra odios entre hermanos, que hace imposible toda mejora, que recarga el gravamen del impuesto sin que se salve ningún principio, sin que se dé un solo paso en la vida del progreso, y sin que entren en calma los elementos sociales cuya armonía debe ser fuente de abundante prosperidad.26

Por otra parte, el primer director y organizador de los acervos de nuestra Biblioteca Nacional en el extemplo de San Agustín, y figura señera en el camino de nuestra disciplina bibliográfica, José María Vigil, con las siguientes líneas ofrece una idea muy clara del hartazgo popular ante la serie interminable de conflictos civiles que se suceden durante la centuria, así como del conocido lema porfiriano de “poca política y mucha administración”. Cita Cosío Villegas al erudito Vigil respecto a la implementación de postulados pragmáticos como nueva divisa de Estado: “conforme con el espíritu que hoy domina la opinión, el Ejecutivo se ocupa muy poco de la política, y fija de preferencia sus miras sobre cuestiones administrativas y de interés material, las cuales están llamadas a ejercer una influencia benéfica y permanente sobre la nación mexicana”.27

En el mismo sentido, el fundador del Fondo de Cultura Económica recoge el pensamiento de un joven Justo Sierra que, ya durante la República Restaurada, se perfilaba como una de las voces preeminentes del periodismo nacional y uno de los futuros ideólogos del cientificismo porfiriano:

Sabe bien el país que sin la paz toda solución de nuestros problemas económicos, que son hoy los que nos deben preocupar de toda preferencia, queda indefinidamente aplazada; sabe que su pobreza se convierte en la miseria, en la ruina y en la muerte en cuanto el soplo revolucionario incendia sus humildes campos de labranza; entre la leva, el préstamo forzoso y el pillaje, los hijos humildes del trabajo perecen en silencio.28

En este orden de ideas, es pertinente introducir aquí la interpretación que Cosío Villegas hace de las ideas del gran revolucionario cubano José Martí, quien vivió años en nuestro país, aportando su pensamiento estético y político a la sociedad mexicana de su tiempo desde las trincheras de la prensa nacional:

Martí no creía, por supuesto, que la paz y la tranquilidad vendrían solamente de un entendimiento mejor del papel de la prensa y de la oposición, ni tampoco de un poder coercitivo del Estado capaz de aplastar una guerra que, como la cristera, “arrastra la cruz por las cenizas de los míseros pueblos que quema, roba y tala”, sino que veía el final afianzamiento de la democracia mexicana en una lenta labor educativa, por una parte, y, por otra, en las grandes reformas económicas que dieran animación y bienestar al pueblo.29

El proceso de configuración del Estado liberal durante la República Restaurada es complejo. Resulta fundamental reconocer que tanto la élite política como todos los sectores de la población deseaban que llegara por fin la paz, al igual que el progreso de todas las actividades que no habían tenido oportunidad de avanzar estable y sostenidamente durante cinco décadas. Es evidente, entonces, que en una época cuando el pueblo apoyaba el discurso antibélico y la clase dirigente lo promovía, el clamor unánime de la opinión pública en la prensa se manifestara por el cese de las hostilidades entre los partidos.

Como se disertó al comienzo de este trabajo, la oposición a Juárez y el poder que habían adquirido algunos caudillos durante las guerras de Reforma e Intervención constituyeron importantes trabas al proceso de pacificación del país. Un hecho fortuito de la naturaleza contribuyó a dar sentido al cauce de la política nacional. El 18 de julio de 1872 el presidente Juárez murió en su habitación del Palacio Nacional, dando paso con su deceso al comienzo de su memoria broncínea. De modo que tanto las facciones antagónicas liberales como las conservadoras en cierta medida se alinearon bajo el “mito político unificador” de un Benemérito que representaba el cierre dignificado de una era de férreas ideologías y enemistad intransigente.

La nueva era debía tener un fundamento diferente; debía poner en práctica una filosofía de Estado que tuviera por objeto la administración provechosa de éste, y dejar de lado las filiaciones políticas que pretendían dejar sentado el código moral de nuestra sociedad en formación. Fue así como se perfiló el advenimiento del Estado positivista del Porfiriato. Y aunque el periodo presidencial de Sebastián Lerdo de Tejada (1872-1876) mostró una marcada intolerancia hacia el clero, continuó la obra jurídica de Juárez para cimentar un estado de derecho que garantizara la paz y el desarrollo, los cuales se concretarían, a costa de la democracia, a lo largo de la dictadura porfirista.

La Sociedad de Libres Pensadores. Temor fundado ante la reacción de la Reacción

El gobierno republicano, desde estos espinosos tiempos de reconstrucción nacional, hubo de ver con cierta indulgencia la recuperación de espacios en la vida pública por parte del clero y sus allegados conservadores. Los ideólogos más vehementes del liberalismo mexicano, cuyo blasón en la contienda fue el progreso de las clases medias y las masas populares, emprendieron constantes esfuerzos para alejar de éstas lo que ellos consideraban la perniciosa influencia de un clero manipulador que sólo velaba por sus propios intereses. Uno de estos esfuerzos, que pretendía además contrarrestar el empoderamiento de la Sociedad Católica -debido a su gran influencia sobre la población-, lo constituyó la fundación de la Sociedad de Libres Pensadores en 1870. En el seno de esta agrupación se pugnó por el progreso intelectual de México, por el combate a la “superchería y el embrutecimiento del pueblo”; se disertó y discutió sobre historia de las religiones, monoteísmo, mesianismo, protestantismo y libre examen, contra la infalibilidad del pontífice, etcétera.

La Sociedad de Libres Pensadores fue fundada -con significativo simbolismo- el 5 de mayo de 1870, presidida por Ignacio Manuel Altamirano y de forma honoraria por el vate de Francia Víctor Hugo. Entre sus miembros más destacados estaban Justo y Santiago Sierra, Agustín F. Cuenca, Gustavo Gostkowski, Francisco Bulnes, Luis G. Ortiz, Manuel Acuña, Manuel Martínez de Castro, Joaquín Baranda, José G. Zamora, Gustavo Baz y muchos otros. José Batiza fue el redactor en jefe de su órgano de difusión, El Libre Pensador. El gobierno del presidente Juárez brindó apoyo político y económico a esta agrupación, cuya némesis fue la Sociedad Católica, sustentada con recursos de los sectores más poderosos del clero y del bando conservador, y cuyo órgano de expresión fue el periódico La Voz de México.

El periódico La Iberia informó que El Libre Pensador aparecería todos los domingos, con 16 páginas impresas a dos columnas. Esta publicación contó con colaboraciones de Santiago Sierra (Eleutheros), Agustín F. Cuenca, Gustavo Gostkowski, José Patricio Nicoli y Manuel Acuña, así como reproducciones de artículos de José María Vigil. Son numerosos entre las páginas de El Libre Pensador los trabajos dedicados a la memoria del mártir liberal Melchor Ocampo, por ser considerado un estandarte de la lucha en contra de los principios reaccionarios. Los librepensadores creían que ante la reciente alta traición en la que consideraban había incurrido el Partido Conservador al invocar y sostener la aventura imperial de Maximiliano de Habsburgo, resultaba intolerable que frente a los ojos de la República recobrara nichos de poder sociopolítico mediante el ejercicio de las libertades de asociación, expresión e imprenta consagradas por la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma, aquellas que los propios conservadores habían combatido con denuedo.

Los librepensadores pugnaron por el avance de la instrucción pública, la prevalencia de la razón y de su producto, el conocimiento científico; por la libertad de conciencia y la libre interpretación de la Biblia. Combatieron el fanatismo y sus efectos perniciosos en la vida de las masas populares, así como el dogma de la infalibilidad papal. Propusieron el protestantismo como una vía religiosa más útil para el desarrollo de las naciones, realizando un estudio histórico comparativo entre los avances materiales y sociales de España e Inglaterra, y considerando a esta última victoriosa en el camino del progreso. Asimismo, publicaron novelas de George Sand, Eduardo Baltzer, Francisco Bouvet y Luis G. Ortiz.30

Es notable, por ejemplo, el hecho de que los librepensadores hayan publicado en su periódico la novela Mademoiselle de la Quintinie, de la narradora francesa George Sand. Se trata de una muestra más de la apertura de la élite liberal a favor del reconocimiento del talento literario femenino, tanto como de la paridad intelectual entre el hombre y la mujer. La novela de Sand narra la historia amorosa entre dos jóvenes educados en religiones y doctrinas distintas, reconociendo así la libertad e igualdad en el matrimonio, percibido no sólo como un sacramento dogmático ni como un frío contrato social desprovisto de auténtica expresión erótica e intenso amor humano.

Por otra parte, la “Introducción” de El Libre Pensador manifestaba con tono beligerante:

Victoriosos en el campo de los hechos, lucharemos todavía en el campo de las ideas y en él con la razón, con la historia, con el buen sentido, venceremos también. […] Venimos con este periódico a levantar de nuevo la bandera del progreso y de la libertad de conciencia, esa bandera saludada ya por el mundo como la más gloriosa de las enseñas y que ondea por todas partes sobre los derruidos muros de las antiguas torres del fanatismo. La plantamos y llamamos en su derredor a todos los apóstoles del porvenir. La juventud, sí, la verdadera juventud, estamos seguros, acudirá a nuestro llamamiento.31

La Sociedad de Libres Pensadores expresaba en las páginas de su publicación que como agrupación no poseía credo alguno, mas sus integrantes -como individuos- profesaban aquel que cada uno de ellos libremente eligiese. Uno de sus miembros, el polaco Gustavo de Gosdawa, barón de Gostkowski, publicó en el primer número del semanario un artículo donde comparaba la situación histórica de Francia con la de México, en 1830 y 1867 respectivamente, fechas en las que la causa libertaria había triunfado y la institución eclesiástica había guardado luto por sus privilegios, conculcados junto con la derrota de las facciones conservadoras del poder. De tal modo que el autor polaco condenaba la postura de la Iglesia mexicana, la cual deploraba el triunfo de la República, por ende, de la independencia política de la nación.

Muchos de los escritores liberales de la época sostenían la pureza del cristianismo primigenio y veían en el curato de aldea un auténtico apostolado de la doctrina del nazareno; por el contrario, veían en la Iglesia católica, y su contubernio con las élites conservadoras, una desviación espuria del cristianismo. En la “Introducción” a su periódico, los librepensadores increparon a la Sociedad Católica de esta manera:

Muchos, si no todos los libres pensadores, creemos que vosotros no profesáis la religión establecida por Cristo, sino la compuesta en Roma con el objeto de dominar al mundo y de explotarlo en su provecho; creemos que vuestros dogmas son absurdos y que a nada conducen; creemos que vuestras prácticas religiosas en su mayor parte son ridículas; sin embargo, las respetamos y las respetaremos mientras no ataquéis en su nombre a la sociedad. Creed en buena hora que tres es lo mismo que uno, contradiciendo la más exacta de las ciencias. Imaginaos que el pan puede por medio de ciertas palabras convertirse en cuerpo humano, declaraos antropófagos devorando a vuestro hombre-Dios; nosotros nada tenemos que ver con eso, y os dejamos en paz admirando vuestras tragaderas.32

Uno de los fundadores de la Sociedad de Libres Pensadores, inteligencia notable de fin de siglo y espíritu iconoclasta que combatió con su pluma la figura marmórea del impasible zapoteco, en Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma ­-una de sus obras más polémicas­- da cuenta del proceso por el cual el personaje estrictamente histórico da paso al héroe nacional a quien Charles A. Hale asigna la categoría de “mito político unificador”. Francisco Bulnes contrasta la incipiente apertura ideológica de la Iglesia de su tiempo para reconocer su derecho de existencia a las posturas opuestas a sus dogmas, con la cerrazón por parte de los corifeos del Partido Liberal de proscribir toda actitud crítica hacia la Reforma y su -para Bulnes- cuestionable adalid:

El catolicismo ha progresado en México como en todo el mundo; la Iglesia, dogmáticamente, no acepta la libertad de pensar, pero la reconoce como un hecho indestructible, universal, sociológicamente necesario, políticamente tolerable, humanamente soberano. No hay periódico clerical que al defender el catolicismo niegue a sus adversarios el derecho de no ser católicos; no hay órgano en la prensa clerical ni católico autorizado por el Papa o sus prelados para insultar a los no católicos; la Iglesia sólo autoriza a sus escritores a que la defiendan con razones.33

Tal como lo expresa Bulnes, los editores de La Voz de México defendieron la religión católica mediante el pensamiento de los más destacados conservadores mexicanos. Entre sus redactores y colaboradores más conspicuos estaban José Joaquín Arriaga, Ignacio Aguilar y Marocho -miembro de la Junta de Notables que llamó a Fernando Maximiliano a gobernar nuestro país-, el periodista español Niceto de Zamacois -coautor de la importante obra costumbrista Los mexicanos pintados por sí mismos-, José Sebastián Segura -que fue también colaborador de El Renacimiento- y el propio José María Roa Bárcena.

Desde sus columnas La Voz de México procuró combatir los problemas sociales más preocupantes de su tiempo: la embriaguez, los duelos, el suicidio (inclusive aprovechó para advertir sobre el caso de Manuel Acuña, cuyo deceso atribuyó a la nociva influencia de las publicaciones literarias liberales y su lejanía de los valores católicos), la empleomanía en el gobierno republicano, el nepotismo y las altas cargas tributarias impuestas a los gobernados.

Sus principales puntos de desacuerdo con el proyecto liberal de nación fueron la instauración de la libertad de cultos -que atentaba contra la cohesión social, identidad y ser histórico que aportaba el catolicismo al pueblo mexicano-, la superioridad de la Constitución de 1857 por encima del derecho natural divino (una especie de fas34 islámico transpuesto hacia Occidente que debería regir sobre la sociedad) y la apertura a doctrinas antagónicas como el protestantismo y el socialismo.35

Las polémicas que sostuvieron ambas sociedades, por medio de sus órganos de expresión, se presentaron en el tono más hostil e irónico posible en la prensa de la época. La Voz de México dio a la luz un editorial titulado “Preliminares del torneo” en el que los miembros de la publicación se aprestaban a una contienda ideológico-intelectual, a la que los librepensadores daban la bienvenida con las siguientes palabras:

Los redactores del periódico La Voz de México encabezan con este lema un artículo que dirigen a los libres pensadores. El expresado título y el estilo que reina en su editorial, muestran un desenfado y una alegría tales que parece que la lid a que se preparan les causa verdadero regocijo. Nosotros estamos encantados de su aire marcial, contento y belicoso, y deseamos que abandonando para siempre el estilo feroz, sentencioso y amenazador, propio del clero y de sus sectarios, entren como hoy en la discusión, sin afligirnos con siniestros presagios y sin perturbar nuestra razón con las amenazas del infierno; porque a decir verdad, la sola idea de que hemos de arder por toda una eternidad, nos entristece y horripila.36

Otras veces los editorialistas de El Libre Pensador adoptaban una postura más solemne, con la cual daban a conocer sus postulados más firmes respecto a la filosofía y religión vigentes en su tiempo. Era posible sostener argumentos sólidos y bien fundados en conocimientos teóricos; sin embargo, a estas facciones enemigas quizá les resultaba ineludible el tono visceral que generaba la inquina de la reciente contienda bélica y la tensión política imperante. Esto llevó, en ocasiones, a que los librepensadores pusieran gran énfasis en los sectores intelectualmente menos privilegiados y más susceptibles de manipulación ideológica, que favorecían a la Iglesia y a la Reacción con sus arcas, su trabajo entusiasta y devoto o con sus rezos y confesiones:

A los libres pensadores de todos los tiempos se debe el que la filosofía haya mantenido el imperio de la razón y vivo el espíritu de la libertad. A los libres pensadores, presididos por Lutero y Calvino, les debe gran parte del mundo el haberse libertado de la tiranía que en nombre de la religión ejerció Roma. Los libres pensadores Voltaire, Rousseau, D’Alembert, Diderot y Marmontel, hicieron caer la venda que cubría los ojos de los pueblos, destruyeron para siempre los sofísticos argumentos en que el clero fundaba su dominio, favorecido por la ignorancia, el fanatismo y la superstición en que yacían los pueblos. A los libres pensadores de este siglo les está reservado el golpe de gracia que matará para siempre vuestros proyectos de dominación. Vosotros lo conocéis bien, y sabéis perfectamente que, a pesar del ruido que queréis meter en el mundo, no quedan a vuestro rededor sino viejas sotanas, lechuguinas perfumadas e ignorantes y estúpidas decrépitas.37

Las denostaciones no cesan en cada número. Como respuesta a un texto titulado “El cuento de la hereja” que La Voz de México había publicado en sus páginas, El Libre Pensador responde: “ya sabíamos que los católicos tienen un repertorio grande de cuentos de cochero, de los que generalmente sacan asunto para los milagros de sus santos. De la sacristía a la taberna no hay más que un paso”.38 Aleatoriamente, los artículos socarrones, irónicos, satíricos, jocoserios, los textos argumentativos y los ensayos eruditos se suceden con profusión. Uno de los sustentos filosóficos e ideológicos más poderosos que contiene entre sus páginas la publicación liberal se encuentra en estas líneas:

Combatimos la fe porque es ciega: rechazamos la venda que se quiere poner ante nuestros ojos. Los ojos sirven para ver la luz; y lo que no se contempla a los rayos del sol, no puede menos que ser indigno y misterioso. La sombra es un mal ropaje. El misterio es la peor de las torturas. La ciencia enseña al hombre con toda exactitud que tres son tres; el misterio le obliga a creer que tres son uno. La verdad está escrita en la naturaleza.39

Por otra parte, no dejemos en estado de indefensión a la Sociedad Católica y La Voz de México; ambas consignaron en sus producciones de aquel 1870 los fundamentos ideológicos y el programa político que habían de guiar sus esfuerzos. Con equivalente agudeza e ingenio, la agrupación conservadora y su órgano de expresión responden a los embates de los librepensadores, quienes -hay que recordar- son los campeones de la última gran contienda bélica. A continuación, un ejemplo de la articulación coherente de sus ideas y de su estilo ácido para sostenerlas:

Para ellos [los librepensadores] la ley es como un freno que el despotismo y el fanatismo han hecho tascar a la ignorancia, y que es fuerza romper para poder marchar adelante, siempre adelante, sea un paraíso, sea un abismo el que nos espera […] que al fin vamos adelante, y adelante es la consigna de la humanidad. Estacionarse en un punto, quedarse atrás es de almas y de espíritus apocados. Precipitémonos como el torrente que se despeña del monte a la llanura: no abramos ni los ojos, no sea que nos asusten los obstáculos, y el retrógrado instinto de la conservación nos obligue a suspender nuestra carrera.40

Cuando líneas arriba se señalaba que la Sociedad de Libres Pensadores en su colectividad no profesaba religión alguna, y que en la individualidad, aquella que conviniese a cada uno, la Sociedad Católica respondió así:

¡Muy buen provecho!... ¡bravo!... ¡por muchos años! Pero a este rasgo de encantadora ingenuidad, que por sí solo basta para formar una reputación, nos parece que hubiera sido mejor darle el primer lugar entre los principios. No tener por principio de cuentas religión, es muy buen principio. La cuestión no es más que de orden, en lo demás estamos de acuerdo. Una sociedad que, o tiene el carácter de religiosa, o no tiene ninguno, y que declara no profesar religión alguna, es un fenómeno aristotélicamente lógico.41

A pesar de nuestra quizá inerte tendencia a honrar y adherirnos a nuestros cimientos republicanos y liberales; pese a algunos ejemplos recientes en el ejercicio retrógrado de la política conservadora, podríamos encomiar el valor civil de los miembros de una facción derrotada que decidió recuperar los espacios públicos que por derecho le correspondían, y que además obedecían al cauce lógico de las fuerzas políticas existentes en nuestro país y exigían libertad de expresión. Al mismo tiempo, es encomiable la vocación democrática de un gobierno emanado de la guerra, la persecución y la inopia, que respetó las libertades del enemigo irreconciliable. No siendo posible la tolerancia absoluta entre individuos ni colectividades -y menos aún entre enemigos viscerales- La Voz de México expresó lo siguiente en relación con algunas arbitrariedades cometidas por el gobierno liberal de la ciudad de Oaxaca en 1870:

Se asegura que somos los hombres del fanatismo y las tinieblas, anacronismos vivientes donde se anidan el espíritu sombrío de Felipe II y la sangrienta dureza del Duque de Alba. Sí, nos reprochan que somos intolerantes como los califas de Bagdad y supersticiosos como los fetiches; que odiamos el progreso cuya rápida corriente queremos detener con nuestros esfuerzos tan estériles como insensatos, y que entre las sombras agazapados como chacales, preparamos asaltos alevosos a la libertad.42

El 6 de mayo de 1870, en la ciudad de Oaxaca fue disuelto el cabildo eclesiástico, se cerró el templo católico de San Francisco -el más concurrido de la población- y prohibieron que saliera en carruaje el sacerdote que llevaba el viático. Con todas estas libertades de culto conculcadas -aunque esto obedeciera a los comprensibles tiempos de encono que corrían- La Voz de México sentenció:

Éstos, y otros semejantes, son los hechos que ha ejecutado el libre pensamiento actor, y ese mismo libre pensamiento espectador ha aplaudido. ¿Cómo no fue convidado a las sangrientas fiestas de Domiciano, el libre pensamiento? Mereció sentarse en el Circo cerca de Calígula. […] ¡En nombre de la nación y a la faz de ella, los condenamos solemnemente a no pronunciar jamás la palabra… Libertad!43

Lilia Vieyra Sánchez, autora del libro La Voz de México (1870-1875). La prensa católica y la reorganización conservadora, acuciosa historiadora del periodismo mexicano del siglo XIX, refiere en su estudio sobre esta publicación conservadora que el bisemanal y jacobino La Orquesta acaso magnificó en sus columnas el peligro que la Sociedad Católica representaba para la débil y titubeante República Restaurada:

Por su parte, La Orquesta señaló que la fundación de La Voz de México era peligrosa, ya que la Sociedad Católica podía ser un club político en el que se conspiraba un posible levantamiento revolucionario al que debía temerse porque estaba cerca el periodo electoral. Al mismo tiempo el periódico satírico dejó ver, a través de sus caricaturas, que Lerdo de Tejada mostraba una actitud mediadora entre liberales, representados por El Libre Pensador, y conservadores, respaldados por La Voz de México. Los liberales vislumbraron en la aparición de La Voz de México el interés partidista de los conservadores.44

Conclusiones

Lo que el Arte ha unido... que no lo separe la política...

La portada del periódico literario El Renacimiento de 1869 muestra una litografía por demás bella y significativa, impresa en el taller de F. Díaz de León y Santiago White. Nicole Giron la describe con estas palabras:

La portada de nuestro “periódico literario” ostentaba una primorosa litografía -su “imagen identitaria” visual- que se debía al talento del grabador Hesiquio Iriarte y fue muy celebrada por su elegancia. En la franja superior, dominada por un paisaje acuático y urbano, figuración de una perspectiva lacustre de la ciudad capital, que entonces conservaba su íntima conexión con el sistema hidrográfico del Valle de México, se abrían a modo de aurora triunfal los rayos de un sol matutino que ascendía tras un horizonte de montañas, mientras que en un cartucho central, en la parte inferior de la composición, se veía al ave fénix renacer de sus cenizas, elevándose entre las llamas y el humo de una hoguera.45

La autora francomexicana, quien fue lúcida analista de la cultura literaria y política de México en el siglo XIX, pone de relieve en su écfrasis de esta obra gráfica el gran valor simbólico de los elementos ensamblados por Iriarte, dando preeminencia a la identidad que pugnaba por dar a la patria mexicana bajo la influencia clásica de Europa. En el grabado en cuestión una cornucopia renacentista está enmarcada por pilastras corintias. En el flanco inferior derecho altiva reposa el arte de la Pintura, mientras que en su lado opuesto descansa indolente la Música. Arriba, sobre un basamento que parece reminiscencia de la piel de Quetzalcóatl, se erige una bella dama armada de madera y buril que representa al arte del Grabado. En el flanco superior derecho, en simétrica postura se yergue y la mira -con inocente complicidad, papiro y pluma en manos- el arte de la Palabra. En la parte superior central contribuye a enmarcar y dar remate una alegoría femenina del pueblo que (cual sedente discípulo de Horacio) se deleita e instruye con libros mientras se apoya sobre un mascarón de Tláloc. Es decir, las artes, cuyo vehículo de entrega al pueblo sería el periódico, renacerían como el ave fénix después de medio siglo del fuego de la guerra fratricida. Asimismo, el Renacimiento clásico -venerado por tirios y troyanos de una patria común- sería reivindicado por el mundo prehispánico, esa edad de oro entonces tan desconocida como idolatrada, en un México independiente que superaría tres siglos de “oscurantismo” virreinal.

Sería el propio dios del agua quien (en sereno idilio con las artes renacentistas) llevaría la fecundidad del saber y el progreso a un Anáhuac -sinécdoque de la nación- donde alumbraría el sol del oriente sobre cúpulas, torreones, humildes azoteas, campos de labranza, solares, baldíos, ríos, lagunas, canales, cerros y montañas.

El contraste ideológico entre las dos publicaciones analizadas queda evidentemente expuesto. Mientras que los redactores de El Renacimiento buscaban animar el cultivo de las bellas letras desde todas las trincheras posibles de la realidad nacional, los fundadores de la Sociedad de Libres Pensadores perseguían con su periódico la difusión de su ideología político-religiosa, opuesta al canon de la iglesia católica mexicana y de sus aliados conservadores.

Mientras que en la redacción de El Renacimiento se pensaba en la reconciliación nacional como fin último de la creación literaria y su divulgación en las publicaciones periódicas, en la mesa de El Libre Pensador se buscaba hacer frente a los embates de la prensa confesional contra toda forma de religiosidad fuera del catolicismo oficial, mediante fundamentos filosóficos contenidos en los textos publicados. En tanto que El Renacimiento fue erigido con base en la concurrencia de las Veladas literarias y con participación de redactores y colaboradores de todas las procedencias sociales e ideológicas, El Libre Pensador se fundó en la fecha simbólica -sobre todo por su carácter bélico- del 5 de mayo y aglutinaba en sus filas a los miembros más conspicuos del Partido Liberal y la intelectualidad republicana.

En calidad de animador, redactor y colaborador de ambas publicaciones, Ignacio Manuel Altamirano ejerció dos facetas muy disímiles de su personalidad como figura pública de su tiempo. Con El Renacimiento deseaba encabezar la restauración de los trabajos literarios en una nación que renacía de su resquebrajamiento político y social. Advertía la intensa renovación de las labores intelectuales desde la emblemática fecha de julio de 1867 y encomiaba, aun pese a su filiación republicana, la brillantez de quienes habían logrado publicar textos sobresalientes durante los años de la Intervención. Daba breve cuenta del espíritu de confraternidad política y literaria que había reinado en las Veladas literarias entre 1867 y 1868, así como de los innumerables y novedosos libros que las imprentas daban a luz desde que la paz reinaba en la capital de la República. Manifestaba su intención de combatir la injusta imagen de barbarie que los escritores franceses -en su despecho- esparcían por el orbe sobre México. Apuntalaba a El Renacimiento como bastión del entusiasmo literario juvenil de la nación, al tiempo que proponía una “severidad saludable” respecto a la crítica de las obras literarias producidas en el país.

Por otra parte, de la redacción de El Libre Pensador asomaban de Altamirano el levantisco indígena chontal y el coronel de la milicia republicana que había sido durante la Intervención. Asimismo, en el sentido de su ideario político, al declarar la guerra a la prensa confesional de la época, estaba seguro de proclamar el evangelio de la razón sobre el anquilosado papismo de Roma y sus cómplices. Declaraba a México tierra enemiga de la tiranía, al tiempo que acusaba a la prensa conservadora de tomar ventaja de la tolerancia del gobierno liberal y de su influencia sobre la educación del pueblo para frenar el desarrollo de la Reforma.

En concordancia ideológica con su relato La Navidad en las montañas, Ignacio Manuel excitaba a las masas a oponerse a la ambición y avaricia de las altas jerarquías eclesiásticas, al tiempo que exaltaba la estirpe del cura de pueblo como auténtico apóstol de la cristiandad. Inclusive -en su alocución pronunciada durante la sesión solemne de instauración de la Sociedad- Altamirano proclamaba la doctrina pura de Jesús, a quien llamaba “ese Libre Pensador de los antiguos tiempos” que condenaba el comercio sacerdotal.

En este orden de ideas, es posible afirmar que los redactores de El Renacimiento pagaban al Arte y a la Patria el tributo que era de Dios, a la vez que daban -con El Libre Pensador- al Partido Liberal lo que era del César de la política. De manera que la portada de la segunda publicación presenta una tipografía decimonónica muy recurrente, con caracteres latinos simples y emanados de la imprenta dirigida por José Batiza. Enfatiza la creación de la Sociedad de Libres Pensadores el 5 de mayo de 1870, en un evidente orgullo de pertenencia al bando liberal, heroico vencedor de la gesta poblana.

Asimismo, El Libre Pensador desea representar la austeridad republicana, así como la sobriedad de sus páginas se traduce -quizá en una interpretación lato sensu- en una iconoclastia opuesta al santoral católico, al sincretismo pagano y al pensamiento mágico que implicaba la creencia en aquellas deidades de la ortodoxia o de la práctica cotidiana. El dios de El Libre Pensador era la Filosofía, y su estandarte la República. Su razón de ser era la lucha ideológica, su ánimo más ajeno la reconciliación.

El periódico literario El Renacimiento constituye un hito en los esfuerzos de conciliación política, acaso único en la historia de México. Sus redactores, quienes pugnaron por la fundación nacional mediante los primeros trazos de una silueta de la literatura nacional, honraron la paz y la bonhomía al tender la mano al enemigo vencido, conminándolo a integrarse a la obra de reconstrucción nacional.

La Sociedad de Libres Pensadores y sus polémicas con la Sociedad Católica, a través de sus respectivas publicaciones periódicas, representan uno de los innumerables ejemplos del debate de la cultura, la filosofía, la historia y las letras, desarrollado durante el siglo XIX entre mexicanos ilustres de los más diversos orígenes sociales y formaciones ideológicas. De El Libre Pensador asomó el brillo del acero, ya que en esa tierra de nadie que mediaba entre éste y La Voz de México se jugaba una supremacía política ganada con la sangre, el sudor y las lágrimas de una guardia republicana pundonorosa y tenaz en sus principios, que se opuso a una defensa conservadora vehemente y apegada a la moral de la época.


Notas al pie
1

[Hilarión Frías y Soto], “El discurso de la corona”, La Orquesta, 3a. época, t. I, núm. 49 (11 de diciembre de 1867): 1.

2

[Frías y Soto], “Jornada devota que hace el Ejecutivo llevando en su vientre el Divino Sol de Justicia”, La Orquesta, 3a. época, t. 1, núm. 52 (21 de diciembre de 1867): 1-2.

3

[Frías y Soto], “Traidores y traidorcillos”, La Orquesta, 3a. época, t. 1, núm. 53 (24 de diciembre de 1867): 2.

4

[Frías y Soto], “La toma de posesión”, La Orquesta, 3a. época, t. 1, núm. 54 (28 de diciembre de 1867): 1.

5

[Frías y Soto], “El 13 de noviembre de 1863”, La Orquesta, 3a. época, t. 1, núm. 67 (12 de febrero de 1868): 1.

6

Nicole Giron, “Ignacio Manuel Altamirano: el ‘campeón’ de la literatura nacional”, en La construcción del discurso nacional en México, un anhelo persistente (siglos XIX y XX), coord. de Nicole Giron, Historia Política (México: Instituto Mora, 2007).

7

Ibid., 231.

8

Véase Publicaciones periódicas mexicanas del siglo XIX: 1856-1876 (Parte I), coord. de Miguel Ángel Castro y Guadalupe Curiel, Al Siglo XIX Ida y Regreso (México: UNAM, Coordinación de Humanidades, Programa Editorial, 2003), 484-491.

9

Véase Alicia Perales Ojeda, Las asociaciones literarias mexicanas, I y II, Al Siglo XIX Ida y Regreso (México: UNAM, Coordinación de Humanidades, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, 2000), 115-116.

10

Huberto Batis, “El periódico literario El Renacimiento (1869)”, en El Renacimiento. Periódico Literario, ed. facs. (México: UNAM, IIFL, Centro de Estudios Literarios, 1979), VII.

11

Ibid., XXIII.

12

Ignacio Manuel Altamirano, Introducción a El Renacimiento. Periódico Literario, ed. facs. (México: UNAM, IIFL, Centro de Estudios Literarios, 1979), 4.

13

Batis, “El periódico literario…”, XXIV.

14

Altamirano, Introducción, 6.

15

Con este término me refiero a las creencias y prácticas sociales de superioridad por parte de los sectores peninsular y criollo de la población por encima de las diversas castas, tanto durante el virreinato como en el México independiente.

16

Véase Victoriano Agüeros, Escritores mexicanos contemporáneos (México: Imprenta de Ignacio Escalante, 1880), 143-161.

17

El Portero del Liceo Hidalgo [Hilarión Frías y Soto], “Los de ayer. José María Roa Bárcena. I”, El Siglo Diez y Nueve, 9a. época, año 54, t. 107, núm. 18047 (16 de febrero de 1895): 1.

18

Ibid.

19

El Portero del Liceo Hidalgo [Hilarión Frías y Soto], “Por la Academia. Casimiro del Collado”, El Siglo Diez y Nueve, 9a. época, año 54, t. 108, núm. 17283 (3 de agosto de 1895): 1.

20

Ibid. El énfasis es mío.

21

Véase Justo Sierra, Obras completas. Crítica y artículos literarios, ed. y notas de José Luis Martínez (México: Imprenta Universitaria, 1948), 380-386.

22

Juan de Dios Peza, De la gaveta íntima. Memorias, reliquias y retratos (París; México: Librería de la Viuda de Bouret, 1911), 234.

23

El Portero del Liceo Hidalgo [Hilarión Frías y Soto], “Nubes de gloria. Rafael de Zayas Enríquez. I”, El Siglo Diez y Nueve, año 53, t. 106, núm. 16963 (30 de junio de 1894): 1.

24

Ibid.

25

Véase Charles A. Hale, La transformación del liberalismo en México a fines del siglo XIX, trad. de Purificación Jiménez, La Reflexión (México: Vuelta, 1991), 399-400.

26

Francisco Zarco citado en Daniel Cosío Villegas, Historia moderna de México. La República Restaurada. La vida política, 2a. ed. (México: Hermes, 1959), 376.

27

José María Vigil citado en Cosío Villegas, ibid., 379.

28

Justo Sierra citado en Cosío Villegas, ibid., 383.

29

Cosío Villegas, ibid., 397.

30

Véase Publicaciones periódicas mexicanas del siglo XIX…, 361-363 y Perales Ojeda, Las asociaciones literarias…, 120.

31

Los Redactores, “Introducción”, El Libre Pensador 1 (1870): 5.

32

[Los Redactores], “Preliminares del torneo”, El Libre Pensador 1 (1870): 19.

33

Francisco Bulnes, Juárez y las revoluciones de Ayutla y de Reforma, 2a. ed. (México: H. T. Milenaria, 1967), 490.

34

Derecho positivo vigente emanado de la autoridad religiosa en el orbe musulmán.

35

Véase Lilia Vieyra Sánchez, La Voz de México (1870-1875). La prensa católica y la reorganización conservadora, pres. de Vicente Quirarte (México: UNAM, IIB / Conaculta / INAH, 2008), 111-151.

36

[Los Redactores], “Preliminares del torneo”, El Libre Pensador 1 (1870): 17.

37

Ibid., 18.

38

[Los Redactores], “El cuento de la hereja”, El Libre Pensador 1 (1870): 31.

39

[Los Redactores], “La fe”, El Libre Pensador 1 (1870): 49.

40

[José Joaquín Arriaga], “Editorial. Los libre-pensadores”, La Voz de México 1, núm. 19 (8 de mayo de 1870): 1.

41

[José Joaquín Arriaga], “Editorial. Ya en el torneo”, La Voz México 1, núm. 33 (25 de mayo de 1870): 1.

42

[José Joaquín Arriaga], “Editorial. La Libertad”, La Voz México 1, núm. 36 (28 de mayo de 1870): 1.

43

Ibid.

44

Vieyra Sánchez, La Voz de México…, 160.

45

Giron, “Ignacio Manuel Altamirano…”, 219-220.

Referencias
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[Arriaga, José Joaquín]. “Editorial. Los libre-pensadores”. La Voz de México 1, núm. 19 (8 de mayo de 1870).
[Arriaga, José Joaquín]. “Editorial. Ya en el torneo”. La Voz de México 1, núm. 33 (25 de mayo de 1870).
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