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“De paseo por México y por la Historia, de la mano de Guillermo Prieto”


“A Promenade through Mexico and History, in the Company of Guillermo Prieto”

Luz América Viveros Anaya*

* Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Filológicas, ameviveros@hotmail.com

Guillermo Prieto. Vida cotidiana y crónicas viajeras. Selección, prólogo y notas de Vieyra Sánchez L. Clásicos Mexicanos. México: Penguin Random House / Universidad Nacional Autónoma de México, 2018, 288 pp. ISBN: 978-607-31-6109-1

Recepción: 03.09.18 / Aceptación: 13.09.18


Palabras clave: Guillermo Prieto, crónica, vida cotidiana, México, siglo XIX.
Keywords: Guillermo Prieto, chronicles, daily life, Mexico, 19th Century.

La colección Clásicos Mexicanos, ideada por Wendolín Perla, editora literaria de Penguin Random House, surgió a imitación de Clásicos Españoles, que a su vez derivaba de la intención prístina de la matriz londinense por ofrecer al gran público ediciones “de autor”, esto es, pulcramente editadas, tomadas de la mejor versión existente, avalada por académicos especialistas en el tema. Actualmente forman esa biblioteca 10 volúmenes: el Popol Vuh, sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruiz de Alarcón, Manuel Payno, Ignacio Manuel Altamirano, José T. de Cuéllar, Manuel Gutiérrez Nájera, Ángel de Campo, Amado Nervo y Guillermo Prieto. Aquí me referiré a este último.

El rescate novedosísimo que hiciera Lilia Vieyra -en la imprescindible colección Ida y Regreso al Siglo XIX que dirige Vicente Quirarte- de un conjunto de cuadros de costumbres y crónicas que había quedado fuera de los más de 30 volúmenes que reúnen las hasta entonces consideradas Obras completas de Guillermo Prieto (me refiero a los “San Lunes de Fidel” y el “Cuchicheo Semanario”), permitió a esta investigadora la selección y edición de los textos del volumen de Fidel, seudónimo de Prieto. Aunque hubiera sido ideal incluir también algo de su obra poética -pues su “Musa callejera” y su “Romancero…” son hoy una fuente de disfrute léxico y popular-, era reto suficiente pensar tan sólo en la selección de prosa.

Difícil tarea habrá sido elegir, entre lo mucho que escribió Prieto, una pequeña muestra que diera cuenta de la prosa del autor, por lo cual el criterio de Lilia Vieyra -mezcla de intuición y amplio conocimiento- de reunir algo de la crónica viajera, de los cuadros de costumbres y de las memorias de la vida cotidiana, produjo este volumen tan completo, bien articulado y cerrado en sí mismo, que cumple a cabalidad con la tarea de ofrecer una primera imagen de las virtudes prosísticas de Fidel.

El sugerente poder de la palabra crónica y la comprensión de la personalidad histórica de Prieto hicieron posible la creación de una de las más hermosas portadas de la colección, que resulta poética en su forma de evocar el tiempo, y aunque cada quien pueda ver lo que guste, personalmente veo una cápsula republicana que atesora el tiempo suspendido que muestra el origen, el comienzo, las raíces…

La imagen es una metáfora de la crónica que aspiró a congelar en la escritura un recorrido, un gesto, una inflexión, un pensamiento ocurridos hace más de cien años, y que hoy habría fracasado en su intento si el papel periódico donde los artículos fueron publicados hubiera ido a envolver habas, animar el fuego o limpiar vidrios, según el destino más común de ese impreso. Este libro resulta una muestra del valor de una hemeroteca, de la importancia del trato constante y cercano con el pasado, y de la sensibilidad de la editora Lilia Vieyra para recoger lo más representativo de un autor que, como las raíces de la imagen encapsulada, es imposible de acotar, poner en orden, seguir un solo hilo, pues se desborda por todas partes con una fogosidad persuasiva que él mismo figura en sus Memorias.

Es esa la pose elegida para la epifanía de su vocación literaria, y que aquí cito para poner en escena al personaje que nos ocupa. Dice Fidel:

La Alameda fue mi gran gimnasio poético. Las juntas cívicas para el 16 de septiembre tenían como costumbre disponer, además del templete y los adornos suntuosos de las fuentes, que se escribiesen octavas y sonetos en las puertas […]. Yo aprendía de memoria un pie de soneto u octava y corría glosándolo en otro soneto hasta la puerta siguiente; allí tomaba un pie de una octava y seguía en mi tarea, dando así ocho o diez vueltas a la Alameda, con espantoso detrimento de mi mal pelaje, olvido de todo deber y adquiriendo reputación de loco por mi hablar recio, mi gesticular y mi ensimismamiento, cosa que no puedo dejar de hacer siempre que hilvano versos (Memorias de mis tiempos, 1906).

Esta imagen del poeta caótico y genial pide ser evocada siempre en espejo con aquella cincelada en Guadalajara cuando se interpuso entre un pelotón y Benito Juárez, salvándole la vida. Sin embargo, no son las escenas heroicas -esas que tendrían que imprimirse en letras de oro- las que enfoca Lilia Vieyra en su selección, sino la crónica que da cuenta de la vida cotidiana en la Ciudad de México y en diferentes puntos de la República, en un tiempo irrecuperable al que parece que somos convocados como fantasmas. Los textos antologados ofrecen distintos momentos escriturales de Prieto: sus colaboraciones en la columna “San Lunes de Fidel”, de 1878; los viajes realizados por Zacatecas, en 1844 y 1849; a Cuernavaca, en 1845; a Querétaro, en 1853 y a Perote, en 1875, así como el periplo por Estados Unidos en 1877. Completan la selección fragmentos de las Memorias de mis tiempos (publicada póstumamente en 1906).

Los textos están ordenados con un criterio combinado: cronológico y topográfico. Este ordenamiento resulta muy útil porque permite ver la transformación tanto en la mirada del cronista como en las costumbres que señala, durante una época determinada de nuestra historia. Se hace una excepción con los fragmentos que abren la antología, pues fueron redactados en los últimos años de vida de Fidel; sin embargo, su ubicación al inicio es pertinente por el rango temporal que enfoca: entre los años 1828 y 1853 en la Ciudad de México.

La selección muestra distintas caras del cronista: el que rememora su niñez y las costumbres de la gente; el que recorre los caminos de la República preso y exiliado por Santa Anna, huyendo de banderías políticas o comisionado por el ministerio al que sirve; el que hace la crónica de la vida de las clases pobres, obreras y trabajadoras; el que deleita los alimentos y antojitos de la cocina mexicana, en fin, el que retrata la vida costumbrista del México del siglo XIX.

Como ha visto atinadamente Vicente Quirarte, la imagen que Prieto construye de su niñez es uno de los relatos más bellos y deslumbrantes a los sentidos. Una narración auténticamente sabrosa, según se verá en las siguientes líneas, incluidas en el volumen:

Al despertar nos esperaba, si no es que iba a sorprendernos en la cama el suculento chocolate, en agua o en leche, sin que pudieran darse por excluidos los atoles, como el champurrado, el antón parado, el chile atole, ni el simple atole blanco acompañado de la panocha amelcochada o el acitrón.
Almorzábase a las diez asado de carnero o de pollo, rabo de mestiza, manchamanteles, calabacitas, adobo o estofado, o uno de los muchos moles o de las muchas tortas del repertorio de la cocinera, y frijoles.
Veces había que aparecía en la mesa una circular o empedernida tortilla de huevos; eran como de lance los huevos estrellados o revueltos, y los tibios solían recomendarse a los enfermos o a los caminantes.
Fungían como bebidas, para gente muy principal, el vino tinto cascarrón; para el común de mártires, el pulque, y para la plebe infantil, el pulque o el agua.
La comida entre una y dos de la tarde se componía de caldo, con limón exprimido y chile verde estrujado; sopas de arroz o fideo, tortilla, puchero con todos sus adminículos, es decir: coles y nabos, garbanzos, ejotes, jamón y espaldilla, etcétera, etcétera.
Un chocolate entre cuatro y cinco de la tarde engañaba el apetito; algo de merienda servía como de refrigerio después del santo rosario, y la cena a las diez de la noche despedía a la gula con el indispensable asado con ensalada y el mole de pecho tradicional (Memorias de mis tiempos, 1906).

Entre Manuel Payno y Guillermo Prieto podemos recrear las costumbres y platillos que comían en distintas regiones los mexicanos de hace casi dos siglos, aunque actualmente a nadie le daría tiempo de hacer seis comidas, entre platos fuertes y colaciones, como las que evoca Fidel, ni a la “plebe infantil” hoy podría dársele pulque.

Guillermo Prieto cruzó por el cuerpo de la nación: a pie, en diligencia, en ferrocarril, exiliado, elevado en brazos, sus versos en boca del pueblo todo. Bajo el nombre de pluma de Fidel, caminó por su siglo recorriendo el cuerpo de la patria y fundó, con su palabra poética e histórica, calles, plazas, templos, teatros. Su perspectiva pretende ser, simultáneamente, testimonio y creación, pues concibió su palabra en términos al mismo tiempo históricos y literarios, y esto es, me parece, lo que cautivó a la editora Lilia Vieyra al seleccionar los textos, pues la lectura de la antología nos devuelve la imagen de un viajero -por placer, por negocios o por “Orden Suprema”, es decir, exiliado- que recorre con singular asombro lo mismo templos que mercados ambulantes, y que describe mesones imposibles para dormir, aunque incomparables con las delicias de ir dando tumbos en la diligencia.

Prieto también recrea los cambios de costumbres en los espacios interiores, con una fuerza descriptiva que agradecemos los curiosos de la vida cotidiana. En el prólogo, la editora comenta el valor histórico y literario de los artículos que diera el autor a la prensa periódica. La prosa de Prieto nos devuelve una vida secreta de nuestro pueblo; con curiosidad -casi con voyerismo retroactivo- entramos a los sitios y las sedes donde se fraguaron nuestras costumbres actuales, donde se explican nuestros usos y hasta nuestros tabúes como sociedad. En su ameno prólogo Lilia Vieyra va proponiendo una forma de mirar los textos que reúne en su antología; las preocupaciones de un cronista nacido en la Nueva España -hace dos siglos- que vio nacer a la Patria y que vivió para transformar su suerte.

Una peculiaridad se agradece en la selección de Lilia Vieyra, me refiero a que su mirada de historiadora y su sensibilidad para la literatura la hicieron privilegiar un género que sólo recientemente ha cobrado fuerza propia en los estudios literarios: el relato de viajes, género caracterizado por el cambio de lugares, por la mirada en movimiento que retrata los paisajes y las costumbres, al tiempo en que inscribe en la narración los acontecimientos ocurridos al viajero, mezcla de peripecias, opiniones, anécdotas y vivencias en los espacios. En el prólogo, la editora subraya la importancia de la visión de los Otros en los espacios recorridos por Fidel, e incluso la anécdota del diálogo entre Guillermo Prieto y su hijo Manuel frente a la estatua de William Jenkins Worth -militar que participó en la invasión norteamericana a nuestro país y sustituyó, en Palacio Nacional, nuestra bandera por la de las barras y las estrellas-, resulta ilustrativa de la conciencia del narrador sobre la distinta forma de percibir e interpretar según la edad, la formación y las experiencias de vida de cada quien.

En la cronología final, la editora muestra la vida de Guillermo Prieto en relación con el ambiente cultural y político en el que le tocó vivir. De conjunto, el volumen entrega un autor entrañable, un imprescindible en el Parnaso de los clásicos mexicanos.