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“Visitas a las casas de los impresos”


“Visiting Prints Houses”

Miguel Ángel Castro*

* Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, casmemi@hotmail.com

Estantes para los impresos. Espacios para los lectores. Siglos XVIII-XIX. Suárez de la Torre L. , coord. Historia Social y Cultural. México: Instituto Mora, 2017, 375pp. ISBN: 978-607-94-7557-4

Recepción: 27.07.18 / Aceptación: 14.09.18


Palabras clave: Bibliotecas, impresos, lectores, siglo XVIII, siglo XIX.
Keywords: Libraries, prints, readers, 18th Century, 19th Century.

Temas selectos de impresos y lecturas

¿Quién no siente fascinación por las bibliotecas y los libros cuando los contempla en pinturas, grabados, fotografías y películas? Las imágenes actuales de imponentes edificios, de pacientes estantes repletos de maravillas sospechosamente uniformadas, y las vistas de magníficas salas de lectura nos asombran y cautivan. Las bibliotecas que recreamos gracias a su descripción en los mitos de Alejandría y otras ciudades de la Antigüedad, así como en infinidad de relatos de Grecia y Roma, de la Edad Media y el Renacimiento, despiertan nuestra admiración y curiosidad. De esa manera creemos que son posibles los estantes voladores del colegio Hogwarts, los libros que dialogan con Hermione y Harry Potter, y los místicos libreros de la gran biblioteca de Westeros, en la Citadel, donde se forman los maestres de los siete reinos y se conservan las genealogías de las casas que participan en el Game of Thrones.

No cabe duda de que el mundo de las bibliotecas es maravilloso por ser utópico y verdadero, como los versos de Jorge Luis Borges, que las descubren como el único paraíso posible. La lectura es la llave que permite acceder a esos frondosos jardines silenciosos. Para conocer algunos aspectos de la historia de esa magia y sus depósitos en este país, el Instituto de Investigaciones Dr. José María Luis Mora publicó el libro Estantes para los impresos. Espacios para los lectores. Siglos XVIII-XIX, bajo la coordinación deLaura Suárez de la Torre .

Se trata de una obra colectiva que reúne 11 trabajos de 10 especialistas en el estudio de los impresos y la formación de bibliotecas. El conjunto nos introduce a la actividad editorial que tuvo lugar en la Ciudad de México cuando múltiples ideas surgidas del conjunto de conocimientos identificados como la Ilustración habían ya diseminado diversos conceptos por medio de las publicaciones. La educación cobró importancia y, por ende, el saber leer y escribir fue primordial, como lo consideraron en el siglo XVIII las academias y asociaciones literarias que promovieron las ciencias y las bellas letras.

El interés de los autores por explorar temas relacionados con la producción, edición y comercialización de impresos y libros, su circulación, organización en bibliotecas así como los procesos de lectura y apropiación, los condujo a revisar la historia de imprentas, librerías y gabinetes de lectura para investigar la llegada de la modernidad a esos espacios en donde se formaban las nuevas obras y observar los lugares en donde se coleccionaban para difundir las influencias culturales que procedían de Europa, principalmente. De este modo el libro reseñado se divide en dos partes: I. Espacios de producción y venta de impresos y II. Espacios para los lectores. Convencidos de que la materia de sus estudios no ha sido suficientemente tratada, los autores abordan diversos asuntos.

Acerca del comercio del libro, Olivia Moreno Gamboa, a partir de un expediente que se conserva en el Archivo General de la Nación sobre un pleito entre mercaderes ocurrido hacia 1790, analiza los procedimientos legales y judiciales que involucraban el negocio de venta de libros y concluye, entre otras cosas, que el “negocio de librería no se reducía pues a la posesión de una tienda ni a la relación propietario librero-cliente lector. De ahí que debamos ampliar nuestra noción, limitada hasta hace poco al establecimiento comercial abierto al público, por la de un conjunto de espacios, agentes y prácticas diversas -así tradicionales y novedosas- que intervienen en la comercialización de impresos, sean libros, folletos o estampas”. Al respecto podemos considerar los trabajos que han emprendido diversos investigadores sobre los catálogos de librerías y testamentos de personajes que incluyen bibliotecas privadas.

El capítulo “Alejandro Valdés: un impresor-librero virreinal de cara al México republicano (1810-1833)”, redactado por Ana Cecilia Montiel, Manuel Suárez Rivera y Olivia Moreno, fija la atención en Alejandro Valdés, segundo hijo del famoso editor de la Gazeta de México Manuel Antonio Valdés, con objeto de conocer el proceso de sustitución de prácticas tipográficas del viejo al nuevo régimen. En la opinión de los autores, la trayectoria del impresor criollo ilustra el afán de adaptar el negocio de la imprenta a un nuevo escenario legal y político. Privilegios obtenidos para hacer impresos religiosos como novenas, estampas y tarjetas, más la compra de la imprenta de la familia de los Jáuregui en 1817, favorecieron el éxito de Valdés, de cuyo taller salieron los volúmenes de El Periquillo Sarniento, La Quijotita y su prima, Noches tristes y día alegre, al igual que múltiples folletos de José Joaquín Fernández de Lizardi.

Para seguir la pista de ese proceso histórico en el México independiente, Manuel Suárez Rivera se ocupa de la imprenta de Luis Abadiano y Valdés, a quien considera olvidado por los historiadores. Sobrino de Alejandro Valdés, Abadiano conocía el oficio y el negocio de hacer impresos y libros. Gracias al archivo de Abadiano que conserva la Sutro Branch Library en San Francisco, Suárez ha confirmado la importancia de su labor durante poco más de dos décadas, de 1836 a 1854. El papel que jugó Abadiano en aquellos años, cuando compite con Mariano Galván, Ignacio Cumplido, Vicente García Torres y José Mariano Lara, es más importante de lo que se ha creído. El archivo de la imprenta de Abadiano es una “mina casi inagotable de papeles que permiten una reconstrucción puntual de las actividades administrativas de una imprenta”, advierte Manuel Suárez, y lo demuestra con la reproducción del contenido de algunos documentos que, a la distancia, nos parecen simpáticos. Conocer el tipo de impresos producidos por impresores como Abadiano favorece la identificación de la sociedad que los consumía.

Por esa senda transita el artículo de Áurea Maya, “El comercio de partituras musicales en la Ciudad de México durante la guerra con Estados Unidos (1845-1848)”, cuya conclusión confirma el interés que ha tenido la población por la música, al observar que aun en tiempos de guerra había un número considerable de habitantes de la capital que adquiría partituras y, por tanto, que los establecimientos que las producían y distribuían no interrumpieron sus actividades.

María Eugenia Chaoul, estudiosa de temas relacionados con la educación, descubre “El negocio redondo de los libros de textos gratuitos” y lo que fue la gestión educativa del Ayuntamiento de México entre 1867 y 1887. Una gestión infructuosa, porque los manuales y libros editados no siempre llegaban a las manos de los educandos. Interesa la mención de autores y obras como Juan M. Balbontín y sus 98 máximas filosóficas y morales, impresa por Francisco Díaz de León; Manuel Ruiz Dávila y sus Lecciones de ortología, epítome moral y cálculo decimal; e Ildefonso Estrada y Zenea con su Mapa enciclopédico y un modelo de Cajas enciclopédicas. En este contexto Chaoul nos recuerda la importancia que tuvieron los periódicos infantiles como La Niñez Ilustrada, El Correo de los Niños y El Periquito.

Celebro una vez más la revisión y estudio que Freja I. Cervantes ha llevado a cabo de la Editorial Cvltura que, entre 1916 y 1923, sacó a la luz una colección de cuadernillos-libros (87 títulos en 15 tomos), bajo la consigna de publicar una “selección de buenos autores, antiguos y modernos”. Los directores fueron Agustín Loera y Chávez y Julio Torri. Los números tienen un “valor visual y documental inestimable” porque “sus portadas o cubiertas representan uno de los periodos de mayor experimentación gráfica en la primera mitad del siglo XX”, advierte la investigadora, ya que fueron ilustrados con trabajos de artistas como Julio Ruelas, Saturnino Herrán, Jorge Enciso, Salomón de la Selva y Roberto Montenegro. La información que ofrece este capítulo del libro que comentamos permite identificar autores y títulos significativos, conocer la historia de aquella “aspiración intelectual” colectiva de difusión literaria, así como apreciar la construcción de la biblioteca formativa más exitosa de aquellos complicados años. No podía ser de otra forma en la medida en que, concluye Freja Cervantes, “Cvltura fue una expresión más que se distinguió porque sus miembros y socios editoriales fueron bibliófilos, escritores, intelectuales, bibliotecarios, artistas, jóvenes profesores y funcionarios, que se congregaron alrededor de la producción del libro para definir los usos y funciones de la literatura dirigida a instruir y crear público”.

Las bibliotecas son espacios para fomentar la lectura y la instrucción, tal y como lo entendieron las autoridades de la Academia de San Carlos en 1785, pues gracias a las reformas borbónicas impulsadas por Fernando VI y Carlos III la ilustración de los súbditos y futuros ciudadanos era ya identificada como una necesidad que había que atender para tener una sociedad moderna y progresista. Kenya Bello examina el contexto de creación de la biblioteca de la Academia de San Carlos y la formación de sus colecciones, al tiempo que destaca algunos de los valiosos ejemplares que conserva, como los tratados de Vitrubio, Leonardo da Vinci y Giorgio Vasari, la Iconografía de Cesare Ripa, la Anatomía de Andrea Vesalio e incontables tesoros. Bello abunda sobre el funcionamiento y usos de la biblioteca desde su establecimiento hasta 1843, para insistir en la importancia que ha tenido en la formación de artistas e historiadores del arte.

El gabinete de lectura como espacio público y negocio llegó a México en el siglo XIX procedente de Francia, como la voz misma, que designa un espacio o local, en principio más pequeño que la sala y privado, para guardar colecciones o determinados objetos. El gabinete de lectura fue concebido en su origen como una pequeña biblioteca pública y gratuita para promover la instrucción, y luego devino en un negocio de particulares que invertían su dinero en una colección de obras de interés literario o en novedades editoriales que rentaban para leer en el local o fuera de él por un determinado tiempo a un precio accesible. Sus antecedentes son ilustrados, los conoció Fernández de Lizardi y promovió el primero de ellos, sin mayor fortuna. Laura Suárez hace un repaso sobre los antecedentes y expectativas que generaron estos lugares de sociabilidad y que no lograron tener el éxito deseado en el país sino hasta que llegó el francés Isidore Devaux, quien instaló el primer gabinete que funcionó, de acuerdo con la investigadora, entre 1845 y 1869, en la calle de San José del Real (Isabel la Católica) y luego en San Francisco (Madero). El anuncio que apareció en el diario El Siglo Diez y Nueve en 1845, me lleva a pensar que su espíritu permanece hasta nuestros días en los cafés que rentan equipos, ofrecen juegos y acceso a Internet:

La lectura se paga a razón de dos pesos mensuales; y para que todos participen de las grandes ventajas que ofrece el Gabinete de lectura, las obras sueltas se alquilan por un real el tomo. La lectura en el mismo gabinete, en el cual se encuentran todos los periódicos de México y de la república, con sus colecciones completas, se paga a razón de un real, sea cual fuere el tiempo que el lector permanezca en el establecimiento.

El trabajo de Javier Rodríguez Piña es una interesante aportación al tema de los llamados conservadores mexicanos; no podía ser de otro modo, pues es una materia que lo ha ocupado durante muchos años. La exploración que Rodríguez hace de la biblioteca particular de Lucas Alamán revela la formación intelectual del personaje y ayuda a identificar algunas de las lecturas que influyeron en las generaciones a las cuales les tocó vivir la anarquía de la primera mitad del siglo XIX. El avalúo de la biblioteca de Alamán que se conserva en la Universidad de Texas asienta que su acervo estaba formado por 1 807 títulos, pero de acuerdo con Rodríguez son más (1 966), que corresponden a 4 809 volúmenes. Se trata de una colección escogida por un lector ilustrado bien informado. El documento del avalúo permite reconstruir el orden que guardaban los ejemplares en los estantes de la biblioteca de este escritor, en su casa de San Cosme 23. El análisis de los títulos por materias y sus cantidades dan una idea muy clara de los intereses e inquietudes del historiador, político y hombre de negocios que fue Lucas Alamán.

El año de 1861 debe recordarse como uno de los más tristes de la historia de la Ciudad de México, a pesar de ser el año en el que las leyes de Reforma se pusieron en marcha con el triunfo de los liberales y el regreso de Benito Juárez. Othón Nava recuerda que José María Vigil justificaba las acciones del gobierno, ya que se trataba de una revolución política y social profunda, por lo cual era necesario “destruir y luego organizar”. De esta manera tuvo lugar la nacionalización de las bibliotecas conventuales, para crear la Biblioteca Nacional de México. Nava recoge información útil sobre las órdenes mendicantes que se establecieron en el país y las bibliotecas que formaron desde el siglo XVI; destaca el papel que jugaron fray Juan de Zumárraga, Juan de Palafox y Mendoza y los canónigos Torres en la construcción de sendas bibliotecas eclesiásticas, y considera la importancia de las colecciones de la Universidad, de los Colegios religiosos como el de San Gregorio, San Juan de Letrán y San Ildefonso, de la Academia de San Carlos y de las bibliotecas particulares de distinguidos amantes de los libros como sor Juana Inés de la Cruz y Carlos de Sigüenza y Góngora. Nava reseña los proyectos de creación de la Biblioteca Nacional a partir de 1833, y sugiere que la interpretación que se le dio a las leyes de Reforma en 1861 precipitó el proceso de nacionalización de las bibliotecas eclesiásticas, con graves pérdidas de esa riqueza acumulada durante los años novohispanos. La imagen procede de una nota publicada por El Siglo Diez y Nueve el 7 de marzo de 1861:

Se nos ha informado que las bibliotecas de algunos conventos de religiosos exclaustrados, están enteramente abandonadas, y sus puertas, así como de los mismos conventos, abiertas y los libros y manuscritos a merced de todo aquel que quiera llevárselos. Uno de nuestros colaboradores ha estado ayer en el convento de San Agustín, ha visto que su biblioteca se encuentra en ese estado, multitud de libros destrozados, esparcidos por los claustros y celdas otros tirados en el suelo de la biblioteca, en el más completo desorden y toda ella en un estado tal, que manifiesta claramente que está entregada al pillaje.

El proyecto fue suspendido y debió esperar a la restauración de la República para contener la pérdida de aquellos tesoros.

Por último, Ana Cecilia Montiel reflexiona sobre la Biblioteca Pública del Estado de México y sus vínculos con el histórico Instituto Literario de Toluca; destaca el papel de Lorenzo de Zavala como promotor de esos establecimientos donde se formaron liberales como Ignacio Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano. A la autora le parece que el proyecto tuvo un “inicio romántico”, ya que pretendía forjar patria mediante el cultivo de las ciencias y las artes, y “en realidad se trató de una empresa de pocos, de los líderes políticos e intelectuales, los ilustrados que apostaban a los beneficios de la lectura para instruir y educar a la población, pero sus afanes no se correspondieron a las circunstancias socioculturales de los mexiquenses, mayoritariamente pobres y analfabetos”. No obstante, se trata de una biblioteca valiosa y digna de tomar en cuenta en nuestros días.