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De Pérgamo a la nube. Nuevos acercamientos y perspectivas a las edades del libro


Tadeo P. Stein*

* Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Ciudad de México, México, tadeo@unam.mx

Godinas L, Garone Gravier M, Galina Russell I (eds.). De Pérgamo a la nube. Nuevos acercamientos y perspectivas a las edades del libro. Colección Banquete. México: UNAM, Instituto de Investigaciones Bibliográficas, Dirección General de Publicaciones y Fomento Editorial, 2017, 600 pp. ISBN: 978-607-02-9000-8.

Recepción: 14.02.18 / Aceptación: 16.02.18



Organizado en tres secciones que guardan un estricto orden cronológico, De Pérgamo a la nube recopila 26 artículos que esbozan un multiforme panorama sobre la historia del libro y la lectura desde distintos enfoques metodológicos, privando el método descriptivo más que el analítico. La sección más nutrida corresponde al libro impreso, no en vano es el centro físico del volumen, quedando el libro manuscrito y el electrónico en ambas orillas. Esta dispositio manifiesta, consciente o inconscientemente, la centralidad histórica que tiene la imprenta en el desarrollo de la modernidad occidental. En cuanto a las secciones en sí, cada una aborda problemáticas propias, lo cual no significa que sean secciones cerradas. De hecho, conforme avanza la lectura, notamos que ciertos puntos tratados en el libro manuscrito se proyectan sobre el libro electrónico y el libro impreso, o viceversa. Nada extraño, a fin de cuentas, De Pérgamo a la nube habla sobre libros a través del tiempo.

Los cuatro artículos dedicados al libro manuscrito ponen de relieve un punto que muchas veces se nos escapa: la vigencia que tiene la cultura manuscrita hasta bien entrado el siglo XIX, aunque en verdad debiera decir hasta la actualidad ―pensemos en los manuscritos de Borges que se acaban de publicar, por ejemplo―. Leonardo Funes centra su punzante trabajo en el manuscrito histórico por excelencia, el códice medieval, examinando su transmisión y difusión a través del tiempo. La densidad histórica de esta transmisión, asible en parte, adquiere una complejidad insospechada cuando se trata de manifestarla mediante una edición crítica y filológica del texto que es, de hecho, el segundo aspecto que expone Funes, discutiendo abiertamente los embates que ha recibido el método filológico a partir de los potenciales recursos que ofrecería Internet. La postura de Funes a favor de la crítica textual no se agota en los manuscritos medievales, en la medida que nos invita a reflexionar sobre la pertinencia y la metodología de las ediciones críticas en general.

Andrés Íñigo y Laurette Godinas se enfocan en manuscritos novohispanos de los siglos XVII y XVIII, respectivamente. Mientras que el primero indaga sobre las misceláneas que los letrados novohispanos elaboraron para tener su repertorio de temas y motivos, Godinas revisita los manuscritos de Eguiara y Eguren, describiendo la forma como se confeccionaron. Los artículos se complementan en más de un sentido, puesto que podríamos muy bien imaginar a Eguiara buscando en sus propias polianteas los exempla para sus sermones. Dicho de otro modo, Íñigo apunta hacia las prácticas de lectura y Godinas a las de escritura, temas poco estudiados en el caso novohispano. En este orden, podríamos añadir que la dispositio que Eguiara dio a sus cuadernos nos enfrenta con el dilema tema-cronología que signa a más de una edición crítica (pienso sobre todo en las de Góngora y sor Juana). La pregunta sería: ¿si vamos a editar los sermones de Eguiara, privilegiaríamos un orden cronológico que dé cuenta de su desarrollo como escritor, o el orden temático que él dejó dispuesto, donde la cronología pareciera ser secundaria? En otras palabras: ¿qué leemos cuando leemos un manuscrito editado modernamente?

Por último, Guillermo Jiménez analiza los modelos caligráficos en documentos oficiales del último tercio del siglo XIX y examina los distintos tipos caligráficos que se enseñaron en México, al igual que sus posibles aportaciones al recóndito mundo de la caligrafía. Asimismo, destaca la trascendencia que tenían los estudios caligráficos para conseguir trabajo, dando cuenta de los manuales que se usaban, donde se indican, por caso, las posturas que deben adoptarse para conseguir un tipo de letra determinado.

La sección dedicada al libro impreso se concentra sobre todo en el siglo XIX. Comienza con un lúcido artículo de Luz María Rangel y Enric Tormo sobre la importancia del punzón en la invención de la imprenta. La hipótesis central replantea que la imprenta no fue una invención ex nihilo ni Gutenberg un iluminado, sino que responde a una etapa del desarrollo tecnológico del occidente cristiano, donde estaban dadas las condiciones objetivas para que surgiera. En este orden, los autores analizan el funcionamiento de una ceca de moneda similar a la de Maguncia donde trabajaba Gutenberg padre, sugiriendo que el hijo estaba por demás familiarizado con la acuñación de monedas, proceso que estaría sobre la base del molde manual de fundición.

También se relacionan con el desarrollo de la imprenta, en este caso en México, los trabajos de Marcela Gómez y Marina Garone. El primero hace una rápida historia de la imprenta meridana de José Dolores Espinosa, señalando que fue decisiva para divulgar el conocimiento y la ideología dominante en la ciudad de Mérida durante 150 años. El segundo examina, desde la bibliografía material y el estudio de fuentes, el recientemente descubierto “Arte de Ymprenta” de Alejandro Valdez, primer manual compuesto en México y que se debió usar como guía práctica en la propia imprenta de Valdez. El tratado es una traducción o, si se prefiere, una adaptación de otro francés que Garone tuvo a bien identificar y que pudo llegar a manos de Valdez a través de Antonio de Sancha. Esta última hipótesis abre un camino para explorar las rutas que recorre el pensamiento ilustrado en su carrera hacia México, toda vez que la imprenta de Sancha fue una de las grandes promotoras del famoso buen gusto literario. A su manera, el artículo de Nelson Schapochnik también aporta información sobre el desarrollo de la imprenta, ahora en Brasil; siendo más preciso, resume las disputas que hubo a finales del siglo XIX entre los escritores y encargados de formar tipográficamente los libros, a quienes los primeros acusaban de introducir y perpetuar toda una serie de errores. Schapochnik, al tiempo que analiza los enojos de Machado de Asís y de Mira de Amescua, comenta cómo se trabaja en los talleres. De modo complementario, toca el tema de las impresiones de libros de autores brasileños en centros tipográficos extranjeros (Francia), y de las ediciones piratas.

En este sentido, el artículo hace juego con el de César Manrique Figueroa y el de Arnulfo Uriel de Santiago Gómez. Manrique examina las estrategias que los centros tipográficos no españoles desarrollaron para importar libros a la península a partir de 1540, cuando el comercio del libro empieza a regularse y aparecen los primero índices. Santiago, por su parte, se detiene en la librería española, esto es, en aquellos libros en español impresos en Francia durante el siglo XIX. Ambos artículos dan cuenta así de la centralidad que tiene el mercado español e hispanoamericano para las grandes editoriales e imprentas europeas. Por lo demás, Figueroa y Santiago dan cuenta, aunque no lo desarrollen, al menos no aquí, del papel que históricamente desempeña la desigualdad tecnológica en la relación centro-periferia.

Si los dos artículos anteriores trazan el camino del centro a la periferia, el de Juan David Murillo propone el camino inverso: de la periferia al centro. Para ello, registra la presencia de libros latinoamericanos en las ferias internacionales de la segunda mitad del siglo XIX y, a partir del caso chileno, señala que el libro se presentaba como fiel testimonio del desarrollo cultural de los pueblos americanos, demostración que nos remite a la Bibliotheca de Eguiara y al desdén característico de respetados personajes del mundo intelectual europeo, como hace años nos enseñó Gerbi.

Un testimonio ejemplar de ese desdén aparece, por cierto, en el artículo de Lilia Vieyra sobre el libro de Adolfo Llanos intitulado No vengáis a América, escrito para disuadir a los españoles que pretendían trasladarse a México, y que responde a los intereses de empresarios españoles allí afincados. Además de aclarar aspectos bibliográficos sobre la edición, Vieyra devela la estrategia discursiva de Llanos, quien para hablar mal del país recurre a notas publicadas en la prensa periódica.

Pablo Mora, por su parte, se enfrenta al gran problema del canon mediante la recuperación de cuatro ediciones mexicanas raras y curiosas del siglo decimonónico. Destaca así la importancia que tienen la bibliografía y la historia de la edición para replantear la historia de la literatura, en la medida que esas obras se producen en otro ámbito y con otros fines, donde el trabajo más o menos artesanal aporta información relevante sobre el desarrollo de la literatura mexicana.

Hay cuatro artículos que en principio pueden parecer extraños porque estudian publicaciones más o menos periódicas. En verdad, no lo son tanto si pensamos que los números sueltos luego se podían llevar a un taller de imprenta a encuadernarse como volumen. Dos de estos artículos están dedicados a gacetas mexicanas del siglo XVIII, los otros dos, a revistas del siglo XIX y principios del XX. Jonathan Moncayo se detiene en el efímero Mercurio Volante de Bartolache para señalar su importancia en la gestación de un nuevo público lector tan anhelante por recibir nuevos conocimientos como también dispuesto a discutirlos. Dalia Valdez Garza, en cambio, ofrece un artículo estrictamente metodológico donde plantea la pertinencia de recurrir al circuito de comunicación de Darnton, con el propósito de analizar desde la bibliografía material la Gazeta de Literatura de México, de Alzate. Si extendiéramos su propuesta, acaso podríamos tener una visión más completa del Mercurio de Bartolache, o bien de publicaciones similares que aparecieron en el último tercio del siglo XVIII.

Martha Isabel Gómez Guacaneme parte de presupuestos semiológicos para examinar la función que tienen los colores en los nombres de periódicos, abriendo así otras vías para indagar las estrategias de venta, o bien los presupuestos ideológicos que desplegaron las publicaciones periódicas. El cuarto artículo dedicado a la prensa es el de Sandra M. Szir, centrado en la prensa ilustrada argentina entre 1860 y 1900. Es un puntual recorrido histórico donde se examina la importancia del desarrollo tecnológico (desde el grabado hasta la linotipia) en las distintas propuestas visuales que aparecen en los respectivos periódicos. Asimismo, repara en el estrecho lazo que existía entre linotipistas, grabadores e impresores, al igual que los modos donde la letra se articula con la imagen, o la independencia progresiva que adquiere la segunda en publicaciones como Caras y Caretas.

La relación palabra-imagen no se agota en el trabajo de Szir; de hecho, es uno de los temas que recorren De Pérgamo a la nube. Javiera Barrientos señala su antecedente más significativo: el Emblematum liber de Alciato y su proyección en los libros de emblemática hispanos. Chris de Azevedo y Eliane Peres hacen un salto en el tiempo y nos traen de regreso al mundo actual al analizar la función orientadora que tienen las imágenes en las ediciones infantiles de la Bella y la Bestia. Este aspecto orientador gana en profundidad con el trabajo de Nelly Palafox, quien revisita los manuales que utilizaban los maestros para enseñar las primeras letras en regiones veracruzanas a finales del siglo XIX y principios del XX. La autora señala sus distintas portadas, la cantidad de ediciones y la casa editora que más sobresale: Ch. Bouret, casa franco-mexicana, lo cual nos resitúa en la problemática relación que los centros tipográficos franceses establecen con Hispanoamérica.

Y por último, llegamos al libro electrónico. A diferencia de los artículos precedentes, los cinco que integran esta sección se caracterizan por indagar y problematizar el destino de las ediciones digitales. Sofía de la Mora Campos y Edgar Valencia proponen articular una política nacional que guíe la producción del libro académico. Asimismo, señalan que la edición electrónica académica permitiría no depender de modo exclusivo de los sistemas de estímulos ni del criterio comercial que predomina en las grandes casas editoras. Ana Elena González Treviño puntualiza las ventajas que ofrecen los grandes proyectos de digitalización de libros antiguos, en concreto los libros y manuscritos relacionados con la ilustración inglesa. Señala, por ejemplo, las ventajas que tienen para la investigación los motores de búsqueda. Y, en una defensa de la demonizada lectura fragmentaria -¿todos y todas leen de cabo a robo los libros que citan?-, propone incorporar el concepto de lectura selectiva, el cual vendría a complementar los de lectura intensiva y extensiva y sería uno de los signos de la nueva era del conocimiento. Guadalupe Curiel y Miguel Ángel García reparan en una de las paradojas que enfrenta la historia moderna: la coexistencia de un sistema de información en tiempo real que vehiculizan las redes sociales y luego de un tiempo desaparecen, no quedando un registro para los historiadores del futuro inmediato. Recuerdan así la importancia y trascendencia del libro impreso como repositorio de la memoria y la historia. Élika Ortega Guzmán explora las supuestas maravillas del libro electrónico Between Page and Screen. Por un lado, existe una postura a favor de las múltiples opciones de lectura que ofrece el objeto en cuestión; por otro, nada nos dice de su posible valor literario, al punto que los poemas son lo menos importante. Lo que leo entre líneas en el artículo de Ortega me inquieta por otra razón: Between Page and Screen se presenta como una revolución en el desarrollo del libro electrónico y, por tanto, en el modelo a seguir, el cual ―¡oh, fatal casualidad!― proviene del norte. Por fortuna, Isabel Galina aborda esta problemática desde otro paradigma, resaltando el deseado rigor académico de un conjunto de ediciones digitales hechas en y desde México, a las cuales podríamos sumar otras experiencias latinoamericanas.

Para terminar: una idea que aparece con cierta insistencia en la obra reseñada afirma que los autores no escriben libros. Confieso que no comparto semejante afirmación. En todo caso, de lo que estoy completamente seguro es del contenido intelectual de un libro, el cual se materializa con mayor o menor fortuna seleccionando y combinando signos en el eje sintagmático. Estudiar y asimilar ese contenido es una tarea irrenunciable porque allí reside nuestro conocimiento. En general, De Pérgamo a la nube. Nuevos acercamientos y perspectivas a las edades del libro invita a practicar dicho ejercicio.

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